agosto 03, 2010

Hoyos negros en la estrategia contra el narco (segunda parte)

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

En su artículo de este nombre, que puede leerse en la revista Nexos de agosto, Eduardo Guerrero ofrece una elocuente serie de mediciones sobre los resultados de la guerra contra el narco (www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=248547).

A una de las cifras más impresionantes me referí en este espacio hace dos semanas: es el mínimo esfuerzo hecho por muchos gobiernos estatales y municipales para mejorar sus fuerzas de seguridad (“El coche bomba de Juárez”, 19/7/2010).

Estados prácticamente tomados por la inseguridad como Chihuahua y Michoacán no han aumentado en nada sus policías estatales y municipales durante los últimos tres años.

En promedio, en estos años de violencia local, estados y municipios han aumentado sólo en 8.93 por ciento (%) las policías estatales y un 8.60 las municipales.

Entidades que parecen haber hecho esfuerzos para responder a su reto, sólo pueden citarse al Distrito Federal que es la entidad con más policías per cápita de la República, ocho o diez veces más que cualquier otra, y los estados de Sonora y Sinaloa, que aumentaron sus fuerzas estatales en 175% y 229%, aunque es verdad que de una base muy pequeña.

Las cifras de erradicación de amapola y mariguana no han crecido, a diferencia del número de usuarios de alguna droga, que creció en casi un millón de personas entre 2002 y 2008.

Han crecido enormemente en cambio los decomisos de armas, vehículos, y la detención de capos y jefes. El seguimiento de las consecuencias estadísticas de cada una de estas acciones hecho por Eduardo Guerrero arroja conclusiones que se antojan pie de cría para redefinir la estrategia de lucha contra el narco.

Las cifras de Guerrero dicen cosas como las siguientes:

Los decomisos de armas y dinero reducen la violencia subsecuente al decomiso.

Los decomisos de cargamentos de drogas aumentan la violencia subsecuente.

La captura o muerte de capos mayores aumenta por largo tiempo la violencia y aún la fractura entre las bandas en busca del subsecuente reparto del poder.

La captura o muerte de jefes de sicarios y de sus comandos, en cambio, disminuye la violencia pues deja a las organizaciones un tiempo sin sus brazos armados.

Una proyección de las cifras de ejecuciones según el ritmo alcanzado a mitad del año pone la cifra en las 11 mil, una cuota de sangre cuyos efectos de crispación y terror en la opinión pública puede llegar a ser intolerable.

Urge uno sólo cambiar la estrategia sino empezar a pensar el problema de otra manera.

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