agosto 08, 2010

La guerra absurda de Calderón

Víctor Beltri
Académico
contacto@victorbeltri.com
twitter.com/vbeltri
Excélsior

Todos los días escuchamos hablar sobre la guerra absurda de Calderón. Los medios dan cuenta de las víctimas, que se cuentan por decenas de miles, y algunos incluso muestran fotografías verdaderamente espeluznantes. La lucha contra el crimen organizado acapara las conversaciones y, por momentos, parecería que no hay otros temas en México. Economía, desempleo, salud. Todo queda opacado por la que fue la bandera de este sexenio, y lo será aún más ahora, cuando comienza a hablarse sobre la posibilidad de debatir la legalización de algunas drogas.

Y es que estamos a punto de abrir el debate más bizantino de los últimos tiempos. Todo el mundo se sentirá con autoridad para opinar, y podemos esperar desde la opinión de expertos en farmacodependencia hasta la de sacerdotes y amas de casa. Abogados, médicos, economistas. Comunicadores, empresarios, políticos en campaña. Especialmente políticos en campaña.

Porque el debate sobre la legalización de las drogas es un campo perfecto para el lucimiento personal de nuestra clase política. Hoy en día cualquiera pontifica desde la trinchera de la modernidad y el progresismo, levantando la ceja y mirando con desprecio a aquellos que no coincidan con la "solución" de moda y bandera de la temporada. Todo sea con tal de diferenciarse de la administración actual. De "la guerra absurda de Calderón". Aunque no sepan explicar a ciencia cierta las repercusiones económicas, sociales, de salud y seguridad pública que podríamos esperar. Sin entender que, en un delito fruto de la codicia, la ambición de los criminales cambiaría drogas por secuestros, extorsiones, o tráfico de personas. Como ya está ocurriendo. La motivación del delincuente es el dinero fácil y rápido, y no el comercio en sí de algunas sustancias. No son apóstoles del consumo, sino gente dispuesta a cualquier cosa con tal de obtener una riqueza que el mismo sistema no les permite conseguir de manera legal.

Pero a algunos políticos en campaña lo que les interesa no es encontrar una solución real, sino un punto de comparación y una bandera que puedan utilizar para posicionarse en la mente del elector como una opción, aunque esta provenga de un silogismo falaz. Porque una eventual regulación, que no legalización, no arreglaría nada si seguimos con las mismas condiciones de desigualdad y falta de oportunidades. De educación deficiente y visión de corto plazo. De campañas políticas basadas en el odio y la estigmatización del adversario.

Por eso conviene preguntarnos, hoy, antes de comenzar con la locura de un debate que puede llenar los próximos dos años sin llevarnos a ningún lado, cuál es la motivación real de quien lo convoca y de quienes velan armas y preparan sus argumentos a favor y en contra. Si la motivación es encontrar una salida a una situación que cada día cuesta más vidas y acota progresivamente el espacio público, bienvenidos. No hay tiempo que perder. Y en paralelo al debate convendría despojarse de mezquindades y aprobar las reformas que tienen al país paralizado. Fomentar la creación de empleos. Modernizar la educación. Ejercer cabalmente el gasto público. Promover la igualdad y encontrar los puntos de acuerdo en un país que cada vez cree menos en sí mismo.

Pero si lo que les motiva es la búsqueda del poder por el poder, a pesar de los propios principios; la revancha de una elección "robada" por la "minoría rapaz"; o el tratar de encontrar un espacio inexistente hablando de "la guerra absurda de Calderón", sin darse cuenta de que en estos momentos la "guerra absurda" es un problema de todos nosotros, entonces, señores, el Zócalo los está esperando. Y ahí la democracia funciona a mano alzada.

No hay comentarios.: