agosto 15, 2010

La vieja historia

Rafael Pérez Gay
El Universal

Busqué entre el polvo de revistas viejas. Encontré un cordel. Si lo seguía llegaba a una parte del pasado. Así recordé que el debate sobre la legalización de las drogas echó raíces en México hace años, el asunto estaba en el aire, en el clima de la vida pública. Nada importante aparece de la noche a la mañana. Hace 15 años, en junio de 1995, Luis Miguel Aguilar se hizo cargo de la dirección de Nexos y yo de la subdirección editorial de la revista. El primer número de esa nueva época se llamaba “Viaje al país de las drogas” y la parte central la ocupaba un sondeo: “¿Legalizar o no?”. Un grupo de personajes respondían a la pregunta sobre la despenalización. Encabezaba la encuesta realizada por Néstor Ojeda el escritor José Agustín, desde luego a favor de la legalización, y podía leerse la respuesta de Gloria Trevi, que se oponía a la despenalización, ¿quién lo diría?, un año antes de los delitos probados que la llevaron a la prisión. El embajador del Vaticano en México era Girolamo Prigione y respondió así: “La droga no se debe legalizar. La droga es un mal y al mal no se le debe combatir con el mal, como lo consigna el Apocalipsis”.

Cuento esta vieja anécdota porque yo mismo había olvidado que al menos hace 15 años el narcotráfico era uno de los enemigos más organizados y poderosos de la sociedad mexicana, una presencia inevitable de la que desde ese entonces no podíamos librarnos. A través de los años he cambiado muchas veces de opinión acerca de tantas cosas que he olvidado cuáles, pero sostengo todavía que las drogas deben ser legalizadas. No soy ingenuo, sé que la despenalización no terminará de golpe y porrazo con el narcotráfico, pero evitará al menos criminalizar de la misma forma a un asesino y a quien ha decidido hacer con su salud un papalote. La alteración de la conciencia no es un delito.

Entre los mismos papeles viejos y amarillentos encontré un suplemento Crónica Cultural al que dediqué mis esfuerzos editoriales durante varios años. Corría el año 2000 y un colaborador me trajo a la mesa dos textos, uno de Milton Friedman y otro de George Soros, publicados en la revista El Malpensante que dirigía Andrés Hoyos. Para mí, Friedman y Soros eran unos cerdos capitalistas, dos bandidos que se habían enriquecido enseñando maldades económicas y robando al frente de empresas dudosas. Por lo menos en aquella ocasión tuve que tragarme mis palabras. Resultó que Friedman era mucho más libre e inteligente que los santones de la izquierda mexicana y que Soros mostraba ser menos rapaz y cerril que nuestros empresarios. Los dos personajes defendían la legalización. Hicimos una portada con esos textos: “¿Qué hacemos con las drogas?”.

Friedman afirmaba que si se despenalizaran las drogas, Estados Unidos tendría la mitad de prisiones, la mitad de reclusos, 10 mil homicidios menos al año, zonas urbanas marginales donde existiría alguna posibilidad de que los pobres vivieran sin temer por sus vidas, ciudadanos adictos que se harían respetables, que no tendrían que convertirse en delincuentes para conseguir drogas de cuya calidad nadie está seguro. Vuelvo a leer aquella entrevista y otra vez me parece una postura sensata. Friedman recordaba entonces el ensayo clásico de John Stuart Mill, Sobre la libertad, en el cual sostiene que cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad, escribió Stuart Mill, ganará más consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándolo a vivir a la manera de los demás.

En el mismo espacio, Soros sostenía esto que 10 años después y a la luz de nuestra realidad parece más convincente que la sola prohibición: “Hay indicios de que nuestras políticas prohibicionistas han aumentado las enfermedades y las muertes relacionadas con las drogas, y hay evidencias del impacto que han tenido sobre el índice de los delitos. Al concentrar los recursos de manera desproporcionada sobre la interdicción del suministro de drogas, se ignoran los principios básicos de la economía”.

Fui demasiado lejos y terminé lleno del polvo que guardan las publicaciones viejas. Como he dicho, estoy a favor de la despenalización. Mientras me lavo las manos en el sentido literal de las palabras considero que sé mejor que hace 10 o 15 años que nadie podrá salvarnos de nosotros mismos, como lo demuestran las adicciones.

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