agosto 18, 2010

Las cinco variables y los siete modelos básicos

José Elías Romero Apis
Excélsior

La lucha contra los narcóticos no ha sido fácil para ningún pueblo. Muy particularmente ha sido una lucha difícil para México

La esperanza de la ciencia.

Hace muchos años el problema mexicano de narcóticos se centraba en el hecho de que México era un productor de mariguana y de algunos opiáceos derivados de la amapola, principalmente la heroína.

La goma de opio era transportada hacia los Estados Unidos en cuyos laboratorios se producía domésticamente, en competencia con la heroína proveniente de Asia, tanto por las rutas europeas y como por las de la costa californiana.

A su vez, la mariguana era consumida preferentemente por sectores juveniles y populares, en cuanto al destino doméstico y una importante proporción, exportada hacia el mercado norteamericano. Así, hasta que la capacidad tecnológica y productiva de Estados Unidos logró instalarlos en la plena autosuficiencia, resolviéndose el problema de la exportación mexicana.

Más tarde, el consumo masivo de cocaína, combinado con el monopolio productivo sudamericano, impuesto por la naturaleza geográfica, instaló a México en una incómoda posición de "lugar de paso" en las narcorutas que van del sur al norte del continente americano.

Es cierto que la mayor parte de este abasto se surte sin pasar por México, pero lo que de ello transita por vía mexicana ha sido una calamidad con visos de catástrofe.

De allí que la mejor esperanza para el futuro mexicano, en este sentido, es que la tecnología agropecuaria logre instalar a los países consumidores en su plena autosuficiencia y las rutas que pasan por México se conviertan en leyenda del pasado, tal y como sucedió con la mariguana.

No faltan, desde luego, los suspicaces que piensan que la tecnología ya ha triunfado sobre la naturaleza, pero aún no sobre la ambición y que, aunque ya se pueda producir cocaína en regiones no sudamericanas, ésta se sigue transportando porque es más lucrativo su acarreo que su simple suministro.

Así, prosiguen, cuando la distribución doméstica supere el lucro del tráfico internacional, la tecnología "saldrá del clóset" para avisar que triunfó y México se habrá remediado.

Planteamiento nuevo de un debate viejo.

Pero, mientras tanto, el problema subsiste y la solución tecnológica se antoja lejana, porque México ha dejado de ser solamente un país de tráfico para convertirse, adicionalmente, en un país de consumo de narcóticos.

Las razones son muy diversas. Pero, de nueva cuenta, surge la vieja polémica entre si lo que más nos conviene es la proscripción o la permisión de los narcóticos.

Por eso vale plantearlo con objetividad y, si se puede, con imparcialidad.

La lucha contra los narcóticos no ha sido fácil para ningún pueblo. Muy particularmente ha sido una lucha difícil para México. Ha sido complicada por nuestra posición geográfica. Ha sido cara en presupuestos públicos. Ha sido costosa en vidas humanas.

Ha sido incómoda en la relación con otros pueblos. Ha sido peligrosa para la seguridad pública. En fin, ha sido generatriz de sufrimiento y de conflicto.

Debemos resaltar que existe una fuerte demanda de la sociedad mexicana en favor de que apliquemos nuestros mayores y mejores esfuerzos para restituir los espacios de seguridad y de justicia que hemos perdido desde hace algunos años.

Nos hemos esforzado en ello. No es tan sólo una promesa y una esperanza. Ya se ubica en el campo de las realidades.

En lo que concierne a la procuración, desde muy diversos frentes, los mexicanos saludamos, con beneplácito, el trabajo desplegado y que ha fructificado en el decomiso de alarmantes estancos de droga y en el aseguramiento de una cantidad de criminales importantes, así como también de sicarios que, no por ser de baja estofa, son de menor peligrosidad.

Así, como muchos problemas esenciales, pueden llegar a producirse en un solo escritorio, en una sola decisión y, a veces en un solo discurso, la fractura generalizada de un sistema de justicia, por el contrario, nunca es obra de unos cuantos.

Por eso, la primera obligación que tenemos frente a la cuestión es aceptar, aunque sea sumamente doloroso y hasta traumático, que estamos en presencia de un problema mayor frente al cual tenemos que aplicarnos desde el gobierno y desde la sociedad civil.

En el ámbito gubernamental, la solución implicará acciones de política interior, de seguridad nacional, de presupuesto, de desarrollo económico, de empleo, de salario, de comunicación social, de educación, de culturización, de reorganización, de funcionamiento y de muchas otras cuestiones.

En el ámbito de la sociedad civil, implica acciones muy decididas y, desde luego, muy comprometidas de la familia, de la escuela, de la abogacía, de la comunicación, de los partidos, de la empresa, de las iglesias, de los sindicatos y de todas las formas de organización de la sociedad civil.

Pareciera una alternativa del diablo, diría Frederick Forsyth, los escenarios que se presentan para el porvenir frente a la proscripción o la permisión de los narcóticos, una cuestión que tiene y tendrá alto impacto en la conformación de la civilización contemporánea.

La polémica sobre el tema ha incluido, en uno y en otro bando, la más amplia gama de argumentos que van desde los jurídicos, políticos y sanitarios hasta los de orden económico, diplomático y cultural, pasando, en este largo itinerario, por los de naturaleza histórica, ejemplificativa, estratégica, subliminal, cinematográfica, moral, religiosa, presupuestaria, burocrática, étnica, geográfica, aspiracional y genética, sin descontar las ineludibles referencias comparativas con la ley seca y con las consecuencias gangsteriles de tan malhadada legislación.

Vale reflexionar sobre unos cuantos de los argumentos de cada bando, desde luego aquellos que han sido más recurrentes o que se apoyan en un basamento más sólido.

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