agosto 19, 2010

Las cinco variables y los siete modelos básicos

José Elías Romero Apis
Excélsior

El problema del narcotráfico enfrenta dos bandos con posiciones que se debaten para combatir el flagelo: permisivistas vs. proscriptores

Segunda de tres partes

Los permisivistas

Los voceros del grupo que llamaremos permisivo centran su argumentación en el hecho de que el desafío de la humanidad, en este sentido, no tiene precedente en la lucha contra el crimen. Este planteamiento es innegable e irrebatible. Nunca antes los hombres nos habíamos enfrentado a un fenómeno delincuencial que cuenta con capacidad organizativa para operar, simultáneamente, en todo un continente o en más de uno; con recursos que, cada vez con más frecuencia, superan las posibilidades financieras de los países en donde actúan; y con estrategias de penetración en las esferas del poder y del dinero, hasta ahora incomparables.

Las cifras, cálculos y tendencias que hoy día se manejan más abiertamente y desde muy diversas fuentes tienen un común denominador son verdaderamente atemorizantes.

Podrá decirse que es exagerado afirmar que el volumen de las transferencias financieras internacionales ilícitas supera al de las lícitas. Podrá decirse que es fantasioso hablar de que en México existen 400 mil delincuentes dedicados a esta tarea, lo que los constituiría en el grupo armado más numeroso del país.

Podrá decirse que es pura figuración que en el mundo actual los centros decisivos de poder: Estado, medios, partidos, empresa, sindicatos, iglesias, universidades, entre otros, están amenazados y, en ocasiones ya tripulados, por las fuerzas del gang.

Quisiera poder convencerme de que aquello es, efectivamente, exagerado. Que lo segundo es fantasioso. Que lo último es exclusivamente figurativo. Que son afirmaciones producto de un temor infundado o, en el peor de los casos, de una irresponsabilidad inocua.

Pero vayamos a datos más concretos y menos caprichosos. Hoy en día el gramo de oro vale 500 pesos. Hoy en día, el gramo de cocaína tiene un valor de 300 pesos. Esto significa que, por primera vez después de treinta siglos de búsqueda, los hombres han encontrado una piedra filosofal que les permite producir a voluntad algo que pueda valer más de la mitad de lo que vale el oro. Y eso, considerando que nunca el oro ha estado tan caro, porque hace diez años la cocaína valía el triple que el oro.

Esto ha comprometido esfuerzos de Estado donde se ha invertido tiempo, dinero y sufrimiento, con múltiples complejidades en lo que concierne a la producción, distribución y financiamiento de narcóticos.

Década y media fue suficiente para modificar el panorama del narcotráfico y la farmacodependencia en términos objetivamente alarmantes. Hacia 1980 el tráfico internacional de algunos narcóticos, como la cocaína, se contaba por gramos, se desplazaba en vehículos comerciales y oculto en la más variada sofisticación de artículos y prendas de uso común. Para 1995 ese microtráfico era historia olvidada y leyenda lejana ante el embate de un tráfico internacional que se cuantifica todos los días en toneladas, que se desplaza en vehículos propios y con la conspicuidad que da la tecnología asociada a la corrosión moral.

Dicen, también, que se ha generado una lucha cada vez más desigual y, por lo tanto, más estéril para las fuerzas del bien ya que, a pesar de los esfuerzos invertidos, la actividad ilícita ha crecido más que exponencialmente a la relación que guarda con los esfuerzos invertidos.

Hasta aquí la tesis central del grupo permisivista.

Los proscriptores

Frente a ello, el bando de los proscriptores, hoy dominante en el panorama mundial, aduce razones no particularmente contradictorias, sino de las que podríamos llamar oblicuas.

Dicen ellos que son ciertos los males que ha causado la proscripción. Pero que peores serían los males de la permisión y, para ejemplo, señalan dos fundamentales: el daño físico y el daño moral que produciría la venta indiscriminadamente permitida y, por lo tanto, accesiblemente barata para todos los consumidores.

En materia de salud, el argumento ya es añejo. Ya en 1990 pude presenciar en la Junta Cumbre sobre Cocaína, organizada por la ONU, en Londres, que la conclusión central fue la de sostener la proscripción bajo el argumento de que la permisividad es lo que convierte al consumo moderado de drogas prohibidas en el consumo inmoderado de drogas lícitas y que eso ha hecho que las drogas lícitas, como el alcohol y el tabaco, hayan cobrado, históricamente, muchísimas veces más vidas que todas las drogas ilícitas juntas.

No está por demás recordar, aunque es harina de otro costal, que las principales adicciones en México y en otros países de menor desarrollo relativo son precisamente a las substancias lícitas y altamente tóxicas: los solventes e inhalables.

Adicionan el argumento moral y hasta el pedagógico o formativo. En una sociedad donde se hubiere otorgado el beneplácito a los narcóticos, ¿puede una familia aislarse de esa cultura? ¿Puede el padre de familia hacer que su hija no sea cocainómana y que no tenga amigas, jefes, empleados, maestros ni condiscípulos que lo sean? ¿Qué recomendaciones o consejos puede darle a su hijo a efecto de que la nuera no combine la heroína con la gravidez?

¿Es valedero comparar la Ley Seca norteamericana con las leyes antinarcóticos actuales? ¿Son culturalmente símiles el narcótico y el vino? Desde luego que no lo son en Occidente. El hombre occidental tiene una historia asociada a la del vino. Es parte de su alimentación, de su economía y de su religión. Ha aprendido a consumirlo en lo que tiene de comestible y a temerle en lo que tiene de temible. Pero el consumo de los narcóticos no está en su cultura histórica ni sabe qué hacer con ellos.

Las diversas variables y los distintos modelos

Ahora bien, cuando se habla de “legalización” de las drogas se está hablando, necesariamente, de un abanico muy grande y muy complejo de permisividades. No existe una forma única de arribar a dicha permisión y referirse a ella como si se tratara de una opción única dentro del menú, es un grave error.

La legalización realmente se integra con diversas subposiciones que van desde aquellas que proponen la abolición plena de las restricciones a la producción y venta de narcóticos; las posiciones de tolerancia, donde está la del suministro estatal gratuito a los adictos; la venta controlada en farmacias del Estado; y hasta un consejo regulador de calidades y cantidades.

Por ello debe tenerse en cuenta que las diversas posibilidades se mueven en, por lo menos, cinco grandes variables las cuales darán por resultado, también por lo menos, siete modelos básicos de permisividad. Veámoslos con un poco de mayor acercamiento.

1.La primera de ellas se refiere a la penalización o no penalización. En efecto, el manejo de drogas puede implicar la aplicación de un castigo legal, como ahora sucede con algunos narcóticos, o puede realizarse sin la menor consecuencia punitiva, como también ya sucede con algunos fármacos.

2. La segunda variable se refiere al reconocimiento o la indiferencia oficial. Esto tiene que ver con algunos aspectos de despenalización que no necesariamente llevan a un reconocimiento por parte de la ley sino a su simple indiferencia.

3. Una tercera variable se mueve en el terreno de la prohibición o la permisión, propiamente dichas. Esto ya implica aspectos de acción por parte de la autoridad y no simplemente su posicionamiento marginal.

4. De lo anterior se infiere una cuarta variable referida a la intervención o no intervención del Estado, en materia de narcóticos.

5. Por último, la quinta variable tiene que ver con la restricción o liberalización en el manejo de las drogas o narcóticos.

Con todo lo anterior, estamos en posibilidad de asomarnos, aunque sea muy brevemente, a los modelos básicos de permisibilidad en materia de drogas.

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