agosto 10, 2010

Legalización

Yuriria Sierra
Nudo Gordiano
Excélsior

Sucedería tarde o temprano: el debate sobre la legalización de las drogas tendría que darse, antes o después (o demasiado tarde). Lo que se ha hecho para ganarle al crimen organizado, si bien ha sido una empresa valiente (e impostergable) del Estado, hasta el momento no ha ofrecido los resultados que se habrían planteado en primera instancia. Parecería que el presidente Felipe Calderón se ha dado cuenta de ello o, al menos, intenta darle un nuevo enfoque a la guerra contra el narcotráfico y sus derivados.

La semana pasada, por primera vez en lo que va de su sexenio, habló sobre la posibilidad de legalizar las drogas y, aunque de inmediato aclaró que se refiere a abrir el diálogo y dejó asentado que de éste siempre ha estado y estará en contra, pero que el debate debe abrirse en el marco de nuestro sistema democrático. Con él, es el tercer mandatario mexicano que expresa esta idea, aunque el único que lo hace en funciones. En los últimos 12 meses han sido dos ex presidentes los que han expresado su opinión a favor de la legalización: tanto Ernesto Zedillo como Vicente Fox han hecho pública su posición al respecto (claro, ambos cuando ya no despachaan en Los Pinos). Claramente el peso que se carga a la espalda por hablar de esta posibilidad es menor cuando ya no se tiene al país en las manos y porque, evidentemente, la situación narco-política del país ha cambiado y urge hoy soluciones distintas a las que se le han intentado dar en los últimos dos sexenios. Y, ¡ojo!, al hablar de la necesidad de legalizar, ambos ex mandatarios, Fox y Zedillo, admiten -tácitamente- que sus políticas en la materia fueron insuficientes o francas equivocaciones.

La viabilidad de una posible legalización va más para el control que el susto: como se imagina por reflejo. Las ideas van más para el sentido común que el terror: la demanda de las drogas es altamente inelástica (quien las consuma lo seguirá haciendo siendo ellas legales o no), la prohibición de algo jamás ha sido el obstáculo único y necesario para impedir que ése algo se lleve a cabo. Y aquí interviene un criterio liberal: la opción de consumo es una decisión individual; no se puede pretender (sin pecar además de ingenuo) que el Estado puede regular una conducta tan íntimamente definida por el albedrío.

La legalización permitiría, además, la posibilidad de gravar con impuestos etiquetados a productores, a vendedores y a consumidores, lo que no sólo es una vía de control de las operaciones de compra-venta y de obtención de recursos, sino también una opción para meter en la formalidad económica a este (innegablemente) dinámico sector y detener los desequilibrios económicos que produce la salida de dinero "limpio" del producto interno bruto, y la dificultad de las operaciones de lavado, para regresarlo a circulación cuando se ha vuelto dinero sucio.

También es cierto que para hablar del tema habría que empaparnos todos de información necesaria para que haya un compromiso real del gobierno y se etiqueten en el presupuesto los recursos que el Estado obtenga de las actividades del narco: que se inviertan en educación, salud y rehabilitación de adictos.

Para quienes aseguran que no habría ningún narcotraficante dispuesto a entrar a la formalidad y a pagar impuestos al Estado, que les pregunten: los narcos saben que su esperanza de vida (y la de sus familias) es corta -35 años promedio-, que son los menos los que están en el "negocio" por la adrenalina y menos aun los que lo están por trastornos de personalidad (como sí sucede en el caso de los asesinos seriales). Los narcos son narcos por el dinero que genera su industria. Y estarían más que dispuestos a entrar en el marco de la regulación y el derecho si eso les garantiza que podrán seguir haciendo su negocio sin poner en riesgo sus vidas. Ellos aceptarían la legalización como una estrategia para lograr que la sangre deje de correr copiosamente en las calles -sobre todo si es la propia-.

Le sumaría a éstos, los puntos leídos ayer en la columna de mi querido Xavier Velasco en Milenio, quien habla de una legalización como la mejor posibilidad para enfrentar al narcotráfico, una vía libre de omisiones y culpas, pensada más hacía la utilidad que al prejuicio: "Por estrategia. Castigar el quehacer del narcotraficante es elevar el precio de su producto, y en tanto eso premiar su osadía con ganancias geométricas, y al cabo estratosféricas (.) Es obsceno que a la vista de tanta pobreza extrema y tan escasos medios para superarla, persista allí el magneto de ese negocio inmenso del que cualquiera puede obtener el acceso y ninguno el control. Si al Estado ya se le dificulta el trabajo de hacer crecer las oportunidades reales, tendría cuando menos que cercenar las falsas".

Aunque Felipe Calderón insistió en que éste no será un tema que respalde, sí es un paso importantísimo que se escuche sobre el tema desde Los Pinos, queda poco más de dos años del sexenio y éste debe ser un must para empezar a asentarse desde ya y que quien sea que ocupe la Presidencia en un futuro, le dé forma. Y es que ya es momento de no conformarnos con el miedo al diálogo como argumento para no entrarle a un tema que ya nos rebasó en todos los aspectos.

Es momento de repensar las opciones que se siguen contra el narco. La guerra no es la única opción. Y ya entrados en gastos, la verdad es que la "legalización-hormiga" ya comenzó en EU. Y seguirá en Europa. ¿Por qué México no tiene la valentía de ser quien dé el primer golpe maestro en la materia y aproveche la única, sí, la única ventaja comparativa que le queda para competir (al menos hoy en día) en el mundo globalizado?

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