agosto 10, 2010

Legalizar

Federico Reyes Heroles
Reforma

¿Cuál es el límite? La cifra de mexicanos asesinados en enfrentamientos de bandas se aproxima a los 30 mil. Entre efectivos de las Fuerzas Armadas y policías podría haber otras 2 mil víctimas. El gobierno mexicano ha dejado en claro que está dispuesto a poner todos los recursos que estén a su alcance pero hay un límite, debe haberlo. Paradójicamente éste no se establece por una cifra tope de sacrificados en las calles porque no está en las manos del Estado fijarlo. La defensa institucional de las Fuerzas Armadas podría prolongarse no sin un alto costo y riesgos. ¿Cuál es el límite?

A pesar de los records en incautaciones y decomisos, a pesar de las extradiciones, a pesar de la caída de grandes capos como Nacho Coronel o Beltrán Leyva, pareciera que la lucha no tiene fin. Pero lo más grave radica en que la estrategia de terror, sumada a los irrefrenables actos violentos, ha traído una profunda alteración de la convivencia social y un severo deterioro de las autoridades en varias ciudades y regiones. El restablecimiento de las condiciones de gobernabilidad en ciertas áreas se ve opacado por los nuevos frentes. ¿Cuál es el límite? ¿Cuál es la salida? Las vencidas entre el Estado y el narco dejan claro que el Estado no puede ser vencido, pero también que el negocio es de tal magnitud, que las carretadas dinero atraen a cientos de miles de personas (se calculan 300 mil) que se encuentran en esa actividad. Es una opción riesgosa pero por lo visto muy atractiva, como lo son otras: descender a las profundidades del mar, salir a la estratosfera o hacer acrobacia sin red. Depende de la contraprestación, de la paga, y la droga paga muy bien.

¿Cuál es el límite? El límite es el sentido común, cuando éste se ve quebrado la lucha se convierte en un capricho y, como nos recuerda Antoine de Saint Exupéry, ningún gobernante puede exigir absurdos. Calderón no es la excepción. Va desde abajo. Las actividades de persecución, como lo ha documentado The Economist, aumentan el precio. Ello provoca el efecto perverso de elevar la remuneración. Legalizar bajaría sensiblemente el precio y disminuiría los incentivos. Además la persecución recibe un tratamiento muy diferenciado, hay países muy permisivos hacia el tráfico como Guatemala, Venezuela o Argentina. Allí los cárteles no representan un desafío al Estado, tampoco en Estados Unidos, principal consumidor por mucho.

En el otro extremo está la despenalización, legalización, del consumo medicinal en un creciente número de entidades de la Unión Americana acompañada de la producción legal para ese fin. Como anécdota quedará el arranque reciente de las actividades de la Universidad de la mariguana, también en California. En noviembre muy probablemente los "fines recreativos", sean éstos lo que sean, podrían justificar el consumo abierto y generalizado de esa droga. Ahora sí nos acercamos al límite. Será una afrenta al sentido común perder decenas de miles de vidas, sacrificar elementos militares y policiacos, perder gobernabilidad y lacerar el desarrollo de los mexicanos por una batalla en la cual lentamente nos quedamos solos. Nuestra verdadera batalla es la seguridad de los ciudadanos mexicanos y la defensa del Estado. Lo otro, el consumo en el vecino del norte, eso les corresponde a ellos regularlo y encauzarlo. Habrá tráfico si hay consumo sin producción. El consumo manda.

La propuesta del presidente Calderón de debatir la posible legalización de ciertas drogas es muy relevante y va en el sentido correcto. La gran mayoría de los ingresos de los cárteles mexicanos proviene de la producción y tráfico de mariguana. Su legalización disminuiría el precio y por lo tanto los incentivos perversos. La actividad productiva legal establecería un mercado con todos sus perfiles. Habría recaudación, lo cual no es un asunto menor. Pero sobre todo habría un tránsito de la ilegalidad a la legalidad en el quehacer de cientos de miles de mexicanos. El Estado mexicano saldría fortalecido de una terrible encrucijada en la cual la encomienda de perseguir un producto de consumo generalizado en Estados Unidos ha mellado las instituciones, la seguridad de los mexicanos y el desarrollo mismo. La aproximación moralista ha mostrado su inconsistencia e inutilidad. Es tiempo de buscar otras alternativas que vayan a la raíz.

México y en particular Calderón tienen en este momento la autoridad moral para convocar a una conferencia internacional sobre el tema. La solución es global y la coyuntura de los próximos meses es excelente para desnudar la doble o triple moral de algunas naciones y los costos concretos para los mexicanos. Incluso si California no aprueba los "fines recreativos", la marcha legalizadora de los usos medicinales y la producción difícilmente se detendrá. Llegamos al límite, debatir y en su caso legalizar implica la búsqueda para México de un camino viable entre el monstruoso y creciente consumo estadounidense y nuestra condición de cabús amenazado en esta historia.

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