agosto 03, 2010

Los 30 potentados

Ricardo Pascoe Pierce
Especialista en análisis político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

En vez de invocar la inteligencia, López Obrador convoca a la reacción más primitiva de cada ser: la emotividad irracional.

El discurso que pronunció Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo el domingo pasado devela muchas cosas importantes sobre su pensamiento político. No interesan, en este momento, las especulaciones en torno a su estrategia para obtener la candidatura presidencial, sus vericuetos y tramas. Lo interesante ahora es el contenido discursivo de este precandidato ante los problemas de México y sus propuestas de solución.

Un primer aspecto refiere a la necesaria utilización del objeto de odio que es congruente con el estilo y método de hacer política de López Obrador. Todo el peso argumentativo será puesto en juego para convertir a "30 potentados" en la amenaza que se cierne, según él, sobre la cabeza de toda la República. A su debido tiempo sabremos los nombres de los 30 potentados, aunque lleva años mencionando a algunos: Salinas, González, Servitje y Hernández, entre otros. Quien curiosamente nunca aparece mencionado es el más evidente de todos los potentados: Slim. He ahí la debilidad argumentativa de los 30 objetos de odio. No menciona a Slim, pues fue justamente López Obrador quien le entregó al empresario uno de los grandes negocios inmobiliarios de su administración. Todo el proyecto de la recuperación del Centro Histórico y el esfuerzo por rescatar bellos departamentos e impulsar la gentrification de esa zona de la ciudad, marcando una alianza empresarial y política entre ambos personajes. ¿Cómo podrá AMLO acusar a Slim de ser el "potentado de potentados" sin acusarse a sí mismo?

Lo importante del discurso presentado en el Zócalo es el intento por construir imágenes en el imaginario popular que le permitirán ganar la contienda en 2012. Como pieza central de su retórica, está el lugar que ocupan los objetos de odio, y su contrapunto que es oferta de algo positivo y constructivo. Sibilinamente recurre al discurso de paz y amor, de los besos y la amistad y de la necesidad de quererse los unos a los otros, como misionero y predicador, pero no, ciertamente, como convocatoria a la construcción de un nuevo Estado. En vez de invocar la inteligencia de la gente, convoca a la reacción más primitiva de cada ser: la emotividad irracional. Así, se distingue claramente su discurso del de Cuauhtémoc Cárdenas, quien llamaba a la gente a dar lo mejor de sí como entes pensantes, mientras la convocatoria obradorista llama a la emotividad reactiva sin ideas, lo cual haría de ese pueblo algo manipulable en el supuesto de que se instalara en el poder.

Por otro lado, se propone "ir solos", el pueblo con el pueblo. Sin aliados, sin medios de comunicación, sin recursos. Es la continuación del discurso mesiánico y del profeta sin tierra. Caminar solo, armado exclusivamente con el corazón y poseedor de verdades incontrovertibles. La estrategia es, al parecer, la de caminar por la ruta de todo profeta: la soledad, la justicia histórica, la verdad absoluta y la victimización como compañía de ruta.

Todo lo anterior sirve, también, para eliminar cualquier cuestionamiento al plan por parte de sus partidarios. La duda más sustantiva refiere a que no aparece, en ningún momento, una mención a la delincuencia organizada, al narcotráfico, a la guerra contra los cárteles, a la violencia que azota zonas del país, a las amenazas al Estado y el desmoronamiento de la autoridad que da cohesión a la sociedad. Debido a que López Obrador no tiene una visión de Estado, tampoco le inquieta demasiado protegerlo. Por tanto, todos los problemas no atendidos en su programa son remitidos, con facilismo intelectual, al renglón de la pobreza. La pobreza, reza el precandidato, es la causa de todos los males no catalogados. No dudo que diría que el narcotráfico y la capacidad de decapitar a una persona perteneciente a otro cártel proviene "de la pobreza".

En este contexto, postular que los 30 potentados son el origen del mal nacional, lo cual se resolvería no vendiendo petróleo en el mercado mundial y haciendo refinerías locales, promete una campaña repleta de reclamos basados en moralismo nacionalista.

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