agosto 18, 2010

Los merolicos

Sergio Aguayo Quezada
twitter.com/sergioaguayo
Reforma

Parecemos gansos franceses. En la escuela nos ceban con alimentos chatarra y de adultos nos engañan vendiéndonos por televisión y radio productos milagrosos que curan las dolencias causadas por el sobrepeso.

En Francia se tortura cada año a unos 30 millones de gansos y patos. Los inmovilizan y con un tubo los van retacando de alimento para que su hígado enferme y crezca hasta casi 10 veces el tamaño normal; de ahí viene el foie gras. Cada año en México unos 25 millones de estudiantes de preescolar a secundaria son alimentados con comida chatarra. Los secretarios de Educación Pública y Salud, Alonso Lujambio y José Ángel Córdova, se propusieron emancipar a la niñez del nocivo bolo alimenticio pero doblaron la cerviz ante los empresarios. Estamos ante un patrón.

Los adultos de este país padecen sobrepeso, diabetes y traumas asociados. Para "rescatarlos" han proliferado las curas y mercancías que se promueven masivamente por radio y televisión. La representación del Colegio Médico de México en el Distrito Federal envió una carta al secretario de Salud, el 20 de marzo de este año, para inconformarse por esas campañas orientadas a la venta de "productos milagro". Por eso, dicen los galenos, aumentan la autoprescripción y las complicaciones secundarias. Ante la "clara ausencia de vigilancia sanitaria" preguntaron a Córdova Villalobos: "¿En dónde está la autoridad responsable de vigilar la publicidad de los insumos de la salud?".

El destinatario es el correcto. La Comi- sión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) es un órgano desconcentrado supervisado por la Secretaría de Salud. El 12 de julio la Cofepris respondió a los quejosos. Reconoce de entrada que le corresponde "autorizar y vigilar la publicidad de los productos o servicios que se difundan en los medios de comunicación, a fin de evitar que lleguen a la población mensajes que puedan inducir a conductas, prácticas o hábitos nocivos para la salud". Después saca el pecho y se compromete con esas palabras que las novias embarazadas esperan del amado al cual le dieron una prueba de su amor: "la Cofepris, sí cumple".

Más tarde se les diluye la enjundia y les dan la siguiente explicación a los médicos. "Por diversos factores externos (entre ellos no contar con datos de localización del anunciante, falta de cooperación oportuna por parte de los diferentes medios de comunicación, páginas web sitiadas [sic] en otros países, etc.) no imputables a esta Autoridad, dificultan y en muchos de los casos, imposibilitan para que esta Autoridad dicte medidas de seguridad y en su caso sancione a los presuntos infractores". Traduciendo a un lenguaje coloquial lo que quieren decir es: o sea, lo hubiéramos hecho pero, psss, a veces no se puede porque, no están ustedes para saberlo, pero fíjense que...

Los titubeos duran poco y la Cofepris recupera la solemnidad e insiste en escribir con mayúscula autoridad, e insta a los médicos quejosos a "que en lo sucesivo y en correlación a su obligación de auxiliar a la administración pública, coadyuven con esta Autoridad sanitaria en el sentido de proporcionar en sus posteriores escritos mayores datos". ¡Que las víctimas y los quejosos se empeñen más y mejor! Esta "autoridad" patito nos costará este año 744 millones de pesos y se comporta como los funcionarios que combaten la inseguridad recomendándonos que mejor no salgamos a la calle ni vayamos al banco.

El comisionado de la Cofepris, Miguel Ángel Toscano, se embolsa más de 3 millones de pesos al año. No es médico pero sí panista y amigo de Felipe Calderón. Tuvo su momento de gloria cuando, como diputado federal, denunció, en 2005, a otros legisladores por recibir sobornos de tabacaleras para que rechazaran el impuesto al tabaco. No cuida la salud del teleauditorio, pero sí rescata la mexicana tradición de los merolicos que vendían con gran ingenio, en plazas y mercados, productos como el fósforo vitacal que, según el pregón, servía para expulsar lombrices, cicatrizar almorranas y aliviar el mal de amores. Mexicanidad rima con obesidad e impunidad.

LA MISCELÁNEA

La Supervía Poniente ha cercenado el compromiso con la transparencia del gobierno de Marcelo Ebrard. Mientras los buldóceres tumban árboles y los camiones materialistas escupen columnas de humo negro, se desgranan las promesas y los discursos oficiales y se difunden "encuestas" ¡pagadas por vecinos! deseosos de que el mundo sepa del desbordante entusiasmo chilango por ese camino de cuota. Ésos y otros portentos se suceden mientras los vecinos de San Jerónimo seguimos sin conocer el proyecto ejecutivo que nos permita saber por dónde demonios van a pasar los 79 mil 220 coches que, según la empresa, se sumarán cada día al tráfico de la avenida Luis Cabrera.


Las cartas de médicos, de Cofepris y comentarios en www.sergioaguayo.org. Esta columna nace de una nota publicada por Sara Cantera (Reforma, 10 de agosto de 2010), agradezco su colaboración y la de Rodrigo Peña González en la localización de datos.

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