agosto 27, 2010

Los restos de don Porfirio

Carlos Tello Díaz
ctello@milenio.com
Carta de viaje
Milenio

En el año del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución habría que revalorar, al reflexionar sobre lo que somos, sobre lo que fuimos, los periodos de nuestra historia que han sido negados y renegados a pesar de su importancia, como la Colonia y el Porfiriato. Así lo ha querido hacer el gobierno, tímidamente, en el programa Discutamos México, aunque sin ir más lejos, sin revisar la historia que enseña en las escuelas de toda la República. Así también lo ha querido hacer la sociedad civil con algunas iniciativas que vale la pena comentar. En Oaxaca, por ejemplo, culmina mañana sábado una semana de conferencias dedicadas al general Díaz con la presentación del documental Porfirio Díaz: tan lejos de México, tan cerca de los Campos Elíseos, realizado por Fernando Aguirre con el apoyo de la Fundación Carmen Toscano. El ciclo de conferencias fue organizado por el propio Aguirre con el apoyo del Patronato para la Cultura y las Artes de Oaxaca, asociación civil presidida por Emilio García. El gobierno del estado no participó, salvo indirectamente por medio de sus espacios culturales: la Biblioteca Pública Central Margarita Maza de Juárez, la Universidad Vasconcelos, el Museo de las Culturas de Oaxaca, el Centro Cultural Santo Domingo.

A mediados de los 90, el Patronato para la Cultura y las Artes de Oaxaca tuvo la iniciativa de repatriar los restos de Díaz. En ella confluían varios intereses, entre ellos los de Televisa, pero la iniciativa no tuvo éxito, básicamente porque no contó con el apoyo del gobierno del presidente Zedillo. Así lo recuerda una nota ya vieja titulada “Los restos de Porfirio Díaz generan polémica” (MILENIO, 18-11-2008). “Más allá de la polémica”, dice, “que pueda suscitar la sugerencia que periódicamente resurge de la repatriación de los restos del presidente Porfirio Díaz, que descansan en el panteón de Montaparnasse, en París, algunos historiadores plantean que México debe reconciliarse con este personaje central en la historia del país”. La nota cita en ese sentido las opiniones de Andrés Lira, ex director del Colegio de México; Gisela von Wobeser, directora de la Academia Mexicana de la Historia; Cristina Torales, directora del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana. También menciona que en aquel patronato estaba entonces José Manuel Villalpando, quien “realizó los estudios históricos para sustentar el regreso del militar”.

Villalpando tiene, como es sabido, un interés profesional por los cadáveres. En los 80 exhumó en París los restos del general Almonte para ver si ahí yacían los de su padre, José María Morelos, que están desaparecidos (hay incluso un video donde aparece el cadáver bien embalsamado de Almonte, la piel morena, el bigote negro, el paño azul y los botones dorados de su uniforme de general, pero sin los restos de Morelos). Más tarde, en los 90, también en París, consiguió el acta de defunción de Díaz (por él conocí el parte médico de los doctores que trataron su cadáver con sales de alúmina, pues don Porfirio fue asimismo embalsamado, bajo su espada de general y la bandera de México). En París están también, por cierto, los restos de Limantour (en Montmartre) y Landa y Escandón (en Père Lachaise), y allá creo que también están (¿o en Biarritz?) los restos de otro ex presidente, Francisco León de la Barra.

Mi opinión es que todos están bien donde están, como también estaban bien los restos de los héroes de la Independencia, que han sido desplazados sinsentido por las calles de la capital de México. Importan sus vidas, no sus restos. Sus restos no agregan nada al conocimiento de sus vidas.

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