agosto 24, 2010

Malos compañeros de cama

Francisco Báez Rodríguez
fabaez@gmail.com
La Crónica de Hoy

La religión y la política son malos compañeros de cama. En todas partes hay ejemplos de ello.

Pongamos un caso no muy cercano a nosotros: el debate sobre la instalación de una mezquita a dos cuadras de la llamada “zona cero” de Manhattan. Si bien la mayoría de los neoyorquinos está de acuerdo, la mayor parte de sus compatriotas no piensa lo mismo, y se opone.

Distintos grupos —no todos conservadores— se han opuesto a esa construcción con el argumento emocional de que es una afrenta contra las víctimas del 11 de septiembre de 2001, muertos por un ataque de integristas musulmanes.

Algunos, incluso, han expresado que esa mezquita es una manera en la que los musulmanes celebran “su éxito militar” y la han llegado a comparar con “plantar una bandera japonesa en Pearl Harbor”. La derecha religiosa, que ve en la relación entre Estados Unidos y Oriente Medio una guerra de credos, ha atizado la hoguera… y encuestas recientes muestran que un altísimo 20 por ciento de estadunidenses cree que el presidente Barack Obama es musulmán.

Quienes se muestran a favor, señalan que la Constitución de Estados Unidos permite la libertad religiosa y se preguntan (el caso del alcalde Bloomberg) si el gobierno debe negar a los ciudadanos el derecho de construir un templo de su religión, en propiedad privada.

Recuerdan que en Estados Unidos, a diferencia de otras naciones, la libertad tiene preeminencia sobre la religión, y que no se puede discriminar basados en doctrinas religiosas. La idea de “plantar una bandera en un campo de batalla” pone a mil millones de musulmanes en el mismo paquete, como si el Islam y Al Qaeda fueran la misma cosa (en ese sentido, las reacciones paranoicas le estarían dando a Bin Laden una suerte de “victoria cultural”). Y una mezquita más —como otras decenas que hay en la ciudad de Nueva York— no va a cambiar nada.

En la medida en que triunfa la ideología neo-conservadora, que pretende —para sus propios fines— igualar “terrorismo” con “Islam”, se abre espacio una mayor intervención de la religión (cristiana, en este caso) en la política… y se difuminan las diferencias entre una democracia que permite la libertad de religión y un Estado confesional… como algunas teocracias musulmanas.

Lo más absurdo del caso es que varios políticos ya se subieron al carro del oportunismo, basados en que una mayoría de la opinión pública los apoya. En ese sentido, es muy válida la reflexión de Ron Paul, ex precandidato presidencial por el Partido Republicano (para que veamos que no todos ellos son iguales): “se afirma repetidamente que 64 por ciento de la gente, después de escuchar a los demagogos, no quiere que se construya la mezquita. ¿Qué haríamos si el 75 por ciento de la gente insiste en que ya no se construyan iglesias católicas en Nueva York? El punto es que las mayorías pueden ser opresoras de las minorías, así como dictadores individuales. Las estadísticas de apoyo son irrelevantes al propósito de un gobierno en una sociedad libre: proteger las libertades”.

Algo muy similar sucede con la reacción, en México, de la jerarquía católica, ante la decisión de la Suprema Corte de declarar constitucionales los matrimonios entre las personas del mismo sexo, así como las adopciones.

A los prelados, encabezados por el cardenal Sandoval Íñiguez y el vocero de la CEM, Hugo Valdemar, les parece que esa declaratoria de constitucionalidad es “una traición a México”, “más peligrosa que el narco” y resultado del “maiceo” a ministros corruptos. Con sus declaraciones, buscan el apoyo de la feligresía contra la SCJN, y ya hubo una manifestación a favor del cardenal en Guadalajara.

En este caso, los ministros de culto —muy a la mexicana— no están respetando las decisiones de Estado cuando no les gustan y, en vez de educar a sus feligreses a honrar las decisiones en el ámbito civil, los llaman a despreciarlas, así como lo hacen ellos, en medio de insultos.

Llama la atención que, a pesar de que ha sido un jerarca conocido por su conservadurismo y propensión a la confrontación quien inició la pugna, la respuesta del Episcopado haya sido de espíritu de cuerpo: están como un solo hombre detrás de Sandoval… y al diablo las instituciones.

Sandoval evidentemente acusó sin pruebas. ¿Por qué la Iglesia Católica se sube al bote de su defensa? ¿Por qué lanza esta ofensiva? Sólo me cabe una hipótesis: porque considera que en el gobierno federal no hay voluntad política para ponerle coto y se siente en la capacidad de avanzar en la erosión de la línea que separa a la Iglesia del Estado.

Ya lo ha hecho en algunas entidades de la República. En Guanajuato, donde la ofensiva contra el aborto ha llegado a enviar a la cárcel a jóvenes que sufrieron abortos espontáneos, o en Jalisco, donde el cardenal actúa como consejero áulico del góber piadoso y el dinero público se dedica a santuarios.

El embate, hay que hacerlo notar, no es sólo contra el Estado laico. Es también contra las leyes y contra los encargados de interpretarlas y de hacerlas valer. Es contra el concepto de igualdad que salvaguarda la Constitución (los católicos practicantes son más iguales que los demás, diríamos, parafraseando a Orwell) y contra la cultura de respetar las normas. No es casual ese lenguaje que compara desfavorablemente a los ministros de la Suprema Corte con los narcotraficantes. Nada casual y sí muy peligroso.

Lo paradójico de todo esto es que el gran beneficiado por el debate, Marcelo Ebrard, haya usado en su momento argumentos similares a los de Sandoval Íñiguez para descalificar resultados electorales que no le gustaron a su jefe López Obrador (recordemos que el de AMLO, de movimiento político pasó a congregación de creyentes). Sólo ahora que están con él, Marcelo no manda al diablo las instituciones. A ver si un día aprende a respetarlas tanto en las duras como en las maduras.

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