agosto 22, 2010

México y la Conferencia Mundial de la Juventud

Víctor Beltri
Politólogo
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Excélsior

Ser homosexual, negro o mujer ya no es, en la mayor parte del mundo occidental, motivo de discriminación.

Hace cuarenta años los jóvenes hicieron suya la bandera de la libertad. Lucharon por ella con toda su energía, en todos los frentes, y lo que entonces parecía una utopía se comenzó a traducir, poco a poco, en pequeñas victorias que ahora se dan por sentado: vivimos en un mundo en el que, a pesar de que aún hay muchas cosas por hacer, las minorías dejan de ser consideradas como tales y se integran paulatinamente a la sociedad, de pleno derecho. Ser homosexual, negro o mujer ya no es, en la mayor parte del mundo occidental, motivo de discriminación. Y en donde aún lo es, la sociedad misma promueve la desaparición de las políticas discriminatorias. Hace veinte años la bandera tomada por los jóvenes fue la de la democracia. Las conquistas llegaron, también, de manera contundente. Desde Berlín hasta América Central. Desde Moscú hasta la Ciudad de México. Cada vez son menos los países que viven fuera del sistema que, si no perfecto, permite tomar en cuenta la opinión de todos los ciudadanos, sin distinción, asignándoles el mismo valor.

Es un proceso que, visto hacia atrás, tiene una lógica apabullante. La búsqueda de la libertad, que reconoce igualdades en lo social, evolucionó hacia la búsqueda de la democracia, que reconoce igualdades en lo político. Tras haber sentado las bases de igualdad entre las personas, y entre las personas respecto al Estado, la siguiente búsqueda será, necesariamente, la de la igualdad de oportunidades. La búsqueda de la justicia.

Y eso es, precisamente, en lo que se están ocupando nuestros jóvenes. La Conferencia Mundial de la Juventud, que se celebrará del 23 al 27 de agosto, en León, Guanajuato, apuesta por ser un punto de encuentro entre gobiernos y sociedades, entrando de lleno al reto de revertir la desafortunada idea de que estamos ante una "generación perdida". La Conferencia será la ocasión perfecta para lograr que los objetivos de la juventud comulguen con los de los gobiernos, a través de políticas específicas concertadas entre los Estados. Fomentará el diálogo entre los diferentes actores alrededor de una juventud que, especialmente en México, tiene preocupaciones reales: igualdad de oportunidades en educación, en empleo, en desarrollo. Oportunidades para tener acceso a las nuevas tecnologías; acceso a la industria; acceso al gobierno.

México tendrá, en unos cuantos años, más jóvenes que en ningún otro momento de su historia moderna. El número de personas en edad económicamente activa duplicará, prácticamente, al número de personas en edad dependiente. Es una gran oportunidad, que debe de aprovecharse cabalmente: las políticas que sean planteadas, ahora, tendrán una repercusión importantísima para las siguientes generaciones, y podrán significar la diferencia entre prosperidad y pobreza para nuestro país, en el futuro cercano. Las decisiones que se tomen en estos momentos podrían definir, también, el papel de México en el ámbito internacional. El esfuerzo de un solo país no es suficiente, especialmente en un contexto en el que migración, costumbres, idiomas y medios de comunicación nos unen, antes que nada, con una región que abarca, por afinidades, más de un continente: Iberoamérica.

México recibe, con los brazos abiertos, a los países del mundo para discutir y reflexionar sobre el papel de los jóvenes en el presente, y sobre las acciones a tomar para garantizar el futuro. Es una ocasión extraordinaria para que nuestro país acepte, asuma, y garantice, la vocación de liderazgo iberoamericano de una juventud que, generosa, está dispuesta a demostrar que, más que generación perdida, es una generación de encuentros. Y, si tomamos las decisiones correctas, una generación que vivirá, indudablemente, tiempos mejores que los que nos tocaron a nosotros.

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