agosto 09, 2010

Nuevas señales de Los Pinos

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

La casa presidencial ha empezado a trasmitir nuevas señales. Algunas son alentadoras. La elección intermedia significó un duro golpe al grupo presidencial, debilitando la posición del Ejecutivo frente a la legislatura. Tras la votación del 2009, aparecía, incluso, una nueva mayoría dentro de la Cámara de Diputados. Se anticipaba entonces que el largo fin de sexenio sería simplemente el preparativo para el retorno de los antiguos propietarios de la residencia presidencial. Hay que reconocer que las cosas no han seguido el libreto del cartucho quemado. En condiciones complejas, el Presidente se aferra a las riendas.

Merece destacarse que sigue ejerciendo el mando de su partido. La consecuencia más importante de las elecciones locales fue precisamente ésa: consolidó el liderazgo de Calderón dentro del PAN. El éxito de las alianzas dio a la posición presidencial fuerza al interior del PAN. Imaginemos lo que hubiera sucedido de haber sido un fiasco. De haber fracasado las alianzas, estaríamos hablando hoy de un gobierno en extremo débil que enfrenta una oposición cruenta desde dentro de su partido. El hecho es que Felipe Calderón sigue siendo el líder indiscutible de Acción Nacional. El Presidente ha reconstruido su equipo con el mismo criterio que ha empleado: la lealtad por encima de la experiencia; la lealtad por encima de la competencia; la lealtad por encima de cualquier cosa. Si la capacidad presidencial equivale a la competencia de su equipo, Felipe Calderón es el Presidente más limitado de la historia moderna de México. Dicho esto, debe subrayarse un cambio importante en el equipo del Presidente. Durante la década panista, los presidentes han convivido con un secretario de Hacienda de larga experiencia financiera y con peso político propio. Algunos hablaban de una especie de diarquía: el ministerio de finanzas como el reino independiente de la tecnocracia. Calderón tuvo la osadía de romper con ese tabú y colocar en esa posición a un hombre suyo. El cambio le da a su gobierno un instrumento con el que no había contado a plenitud hasta ahora.

Calderón prolonga su liderazgo dentro de su partido y fortalece su posición en el manejo de la política económica. También ha dado señales de apertura que merecen ser reconocidas. Desde el asesinato del candidato priista a la gubernatura de Tamaulipas, el presidente Calderón convocó a las fuerzas políticas del país a definir una política de unidad frente al crimen organizado. No lo hizo desde la arrogancia de quien exige la aceptación total de la línea gubernamental, sino abriéndose a la crítica, disponiéndose a incorporar visiones distintas. En días recientes, Felipe Calderón ha entablado diálogo con distintos sectores de la sociedad civil con el objeto de construir unidad nacional frente al crimen. Ha escuchado a representantes de las iglesias, a periodistas y empresarios de los medios, a expertos y opinadores. Lo más relevante de estos encuentros ha sido el tono del Presidente. Si hasta hace unas semanas escuchábamos cerrazón, hoy se percibe apertura. Hace poco se decía que las muertes eran auspiciosas. Se nos decía que la sangre que bañaba al país era signo de que la guerra contra el crimen organizado avanzaba. El gobierno no solamente defendía con tenacidad su estrategia sino que invalidaba cualquier crítica como si recomendara sumisión. Cualquier crítica era tachada de inmediato como invitación a la capitulación del Estado mexicano.

No hay más ruta que la nuestra, decían los voceros oficiales, de una u otra manera. Hoy el tono -subrayo: el tono- es muy distinto. El Presidente escucha a sus críticos, los interroga para comprender su lógica, se dispone a calibrar sugerencias. No se trata de un Presidente que esté en ánimo de inflar los logros y minimizar la gravedad del reto. El diagnóstico presentado públicamente por Guillermo Valdés, director del Cisen, nos muestra a un gobierno que no tiene la intención de azucarar las cosas ni taparse los ojos. La situación es crítica y la estrategia no está dando los resultados esperados. No hay propósito de encubrimiento ni intención de autoengaño. El Presidente parece estar en disposición de dar un giro a su estrategia contra el crimen organizado.

Calderón no está iniciando la despedida. Si bien se percibe en su política una obsesión por impedir a toda costa el retorno del PRI a la casa que habita y convertirse en el jefe de campaña de su partido, también se entreven señales de apertura y disposición autocrítica. Su legado estará ligado indefectiblemente a los resultados de su política de seguridad. Si se distrae de esa prioridad y subordina la recuperación de la tranquilidad pública a propósitos electorales, los resultados para el país pueden ser trágicos. Si, por el contrario, recupera el sentido de lo esencial y encauza al país en sendero para recuperar la paz, su Presidencia merecerá reconocimiento.

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