agosto 02, 2010

Por una verdadera televisión pública

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Una televisora gubernamental no es una televisión pública. La diferencia fundamental es la autonomía: ambas pueden vivir de recursos fiscales y tener contenidos educativos y culturales, pero la primera se subordina a los lineamientos del gobierno mientras que la segunda es manejada por un consejo autónomo.

En México hemos volado sin escalas del estatismo a la privatolatría. Es decir, el péndulo pasó del extremo del "Estado cabaretero" al del "Estado teporocho": desde el absurdo del control estatal de más de mil corporaciones -incluidas algunas rescatadas de la quiebra que entre otras cosas se dedicaban al negocio de esparcimiento nocturno- nos lanzamos de golpe a la aberración de pauperizar la función estatal y de vender a la iniciativa privada empresas que no debieron ser vendidas. Un buen ejemplo es el de Imevisión, la televisora del gobierno que se convirtió en TV Azteca. A mi juicio, en vez de vender Canal 13, se debieron haber concesionado dos nuevas cadenas nacionales privadas y se debió haber transformado Imevisión en una red de televisión pública.

Una televisora gubernamental no es una televisión pública. La diferencia fundamental es la autonomía: ambas pueden vivir de recursos fiscales y tener contenidos educativos y culturales, pero la primera se subordina a los lineamientos del gobierno mientras que la segunda es manejada por un consejo autónomo que trasciende los intereses partidistas y cuyos criterios responden a la sociedad políticamente organizada. México requiere, a no dudarlo, una cadena nacional de televisión de carácter público. Felipe Calderón ha anunciado su creación, pero tengo serias dudas de que el proyecto para crearla a partir de Once TV llegue a buen puerto. Permítaseme explicarme.

El Once es un gran canal. Con pocos recursos ha logrado producir contenidos de alta calidad y ofrecer una estupenda programación. Yo tuve el privilegio de trabajar ahí durante año y medio, en el programa de análisis "Primer Plano", y puedo dar testimonio de sus bondades. Pero también sé que sus directores consultan muchas cosas con los presidentes de la República, quienes tienen la última palabra en las decisiones que juzgan importantes. Y eso lo hace una televisión gubernamental. Algo parecido puede decirse del Canal 22, cuyos titulares reportan indirectamente a la Presidencia. El presidente en turno, pues, tiene poder de veto. Y esa práctica, lejos de terminar, se entronizará con el nuevo Organismo Promotor de Medios Audiovisuales, que está en la órbita de Gobernación.

El paradigma global de la televisión y la radio públicas es la BBC. Es, para mí y para muchísima gente, la mejor televisora del mundo. Sus programas culturales, sus series históricas y cómicas, sus noticieros, sus películas, sus talk shows y hasta sus reality shows son de una calidad extraordinaria. Si hemos de tener un modelo, ahí está. Existen otros, desde luego, como el PBS de Estados Unidos, que es una magnífica institución pero que no ha alcanzado los niveles de excelencia de su homóloga británica. Obviamente, nuestra sociedad tiene una gran desventaja frente a la del Reino Unido. Allá fue la BBC la que educó a televidentes de por sí educados, porque fue su primera y durante mucho tiempo su única opción televisiva, mientras que acá una población con bajos niveles educativos creció con Telesistema Mexicano. Y por más producciones plausibles que en el ámbito de la comicidad llegó a tener Televisa -las de Kleiff/Manzano/Cuenca, Roberto Gómez Bolaños, Mauricio Garcés y Héctor Suárez, por citar algunas-, las empresas que privilegian el rating y el lucro no pueden distinguirse por estimular intelectualmente a su auditorio. El contraste es elocuente: cuando en Londres empezó a operar la televisión privada, tuvo que producir espléndidos programas culturales para competir con la BBC por la preferencia de un público ilustrado y exigente; cuando nuestro gobierno creó el Canal 13, tuvo que mimetizarlo con base en parámetros mercantiles y programar culebrones para ganar apenas una pequeña audiencia.

No desdeño la pertinencia de la amenidad televisiva ni estoy en contra de la televisión privada. Tampoco creo que la tele deba olvidarse de entretener y dedicarse únicamente a informar o a educar y difundir las altas manifestaciones de la cultura. Pero pienso que en las barras de entretenimiento debe caber la inteligencia, y que si todas las opciones del espectro sucumben al facilismo populista el resultado será el empobrecimiento mental colectivo. En México nos hace falta una tercera cadena privada, pero también necesitamos una cadena pública nacional, que surja no sólo del Once sino de la integración de éste con el 22 y con los demás canales del Estado, que se financie con algún impuesto específico como la BBC y que se distinga de las actuales televisoras gubernamentales en su autonomía y de Televisa y TV Azteca en sus contenidos. Ese no puede lograrse con un órgano como el que se propone, que puede acabar siendo otro campo de batalla entre la Presidencia y el Senado, como la Cofetel, que se ha dedicado a beneficiar a Televisa o a TV Azteca a cambio de apoyo a uno u otro bando político. En ese contexto, nos urge una televisión pública inteligente y no pedante, culta y no culterana, divertida y no aburrida, que informe con objetividad y que se abra a toda la sociedad.

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