agosto 13, 2010

Problema equivocado

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Twitter: @mschetti
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Uno de los más grandes errores que puede uno cometer es resolver el problema equivocado. Dedicar tiempo y recursos a resolver lo que no se necesitaba, mientras el verdadero problema queda sin atención, es un error doble. El debate sobre la legalización de las drogas es este tipo de error.

Permitir, bajo ciertas condiciones, que sean los ciudadanos los que deciden qué van a consumir, me parece muy buena idea. Lo importante son esas condiciones. Cuando ese consumo daña, o puede dañar, a otras personas, es importante limitarlo. Así ocurre con el alcohol y el tabaco, y así debe ser con otras sustancias. Determinar su riesgo y, con ello, establecer las limitantes al consumo, es prerrogativa de la sociedad.

Sin embargo, confundir el tema de la prohibición del consumo de drogas con la inseguridad y la violencia nos lleva a dedicar tiempo y recursos al problema equivocado. El problema en México no es, estrictamente hablando, el narcotráfico, sino la delincuencia organizada. Sin lugar a dudas, el negocio más rentable, por mucho, de esa delincuencia, es el tráfico de estupefacientes, pero no son sinónimos.

Lo primero que debe quedar claro es que ese negocio de tráfico depende del mercado estadounidense y no del mexicano. En consecuencia, la legalización tendrá un efecto relevante cuando ocurra en Estados Unidos, no en México. Si el país vecino decide que la mariguana puede consumirse y producirse con tanta libertad como el tabaco, su precio se desplomará, haciendo inviable el negocio criminal. Es muy probable que incluso Estados Unidos pueda ser autosuficiente en esa yerba. En cambio, si en México se legaliza el consumo y producción de mariguana, el impacto sobre la delincuencia organizada sería muy pequeño. Éste no es su mercado relevante.

Sin embargo, además de la mariguana existen otras drogas que pasan por México: cocaína, anfetaminas y derivados del opio. Es sumamente improbable que estas drogas puedan ser legalizadas para consumo general, y en varios casos, con justa razón. Estas drogas aportan menos efectivo a los cárteles, pero son de grandes márgenes, por lo que el incentivo para la delincuencia organizada no desaparecerá.

Discutir, entonces, la legalización, pensando que con ello se puede reducir la inseguridad y la violencia ,es un error doble, es resolver el problema equivocado. La inseguridad y la violencia en México tienen su origen en el gran mercado estadounidense, pero también en un Estado profundamente corrompido e incapaz. Y si bien la primera causa escapa a nuestro control, la segunda es responsabilidad sólo de nosotros.

No hemos querido reconocer y enfrentar el verdadero problema: el régimen corrupto y corruptor que gobernó México durante el siglo XX no sólo promovió el agotamiento del país para mantenerse en el poder, sino que construyó un tramado de relaciones para hacerse de los recursos de la ciudadanía. Empresarios, líderes sindicales, centrales campesinas, medios de comunicación y académicos, aceptaron formar parte de esas relaciones corruptas, sosteniendo el régimen a cambio de canonjías. La complicidad, sin embargo, no fue gratuita. Hoy, que los remanentes de ese viejo régimen, los gobernadores, resultan totalmente incapaces para darle a la ciudadanía el bien primordial del Estado, la seguridad, los cómplices no pueden exigir nada. ¿Cómo exigirle a quien nos dio contratos, espacios, recursos?

Y es que esas redes de complicidad también abarcaron el crimen organizado. El pago por “servicios a la patria” a quienes formaron parte de la Brigada Blanca que enfrentó a la subversión en la década de los 70, fue el control del crimen organizado. Con el cobijo del Estado creció la relación entre criminales y cuerpos de seguridad hasta perderse toda diferencia.

Lo que hoy vivimos no surgió de la nada. La inseguridad y violencia no es resultado de la decisión presidencial de enfrentar la delincuencia, sino del profundo deterioro del sistema político. Del país, si prefiere. Cuando el régimen de la Revolución se vino abajo en la segunda mitad de los 90, fuimos incapaces de construir un nuevo régimen. En parte, porque no hemos podido enfrentar el gran fracaso que fue México durante el siglo XX. Y sin reconocer el problema, es imposible resolverlo.

Hoy queremos nuevamente buscar una mágica solución: la legalización de las drogas. No perdamos el tiempo, y hagamos ya el balance, en serio, de lo que fueron los gobiernos de la Revolución y de lo que son hoy los gobernadores. Enfrentemos nuestros problemas y dejemos de culpar a los demás por nuestros errores.

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