agosto 28, 2010

Responder combatiendo o legalizando

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

La discusión acerca de la legalización se aviva de nuevo. Se supone que con abrir el mercado se abaratarán las drogas y se desactivará el factor económico del siniestro negocio.

La inseguridad que tiene a nuestro país en diaria zozobra es la repercusión de los miles de muertos que la guerra antidrogas ha cobrado. La terrible muerte que los 72 infelices inmigrantes latinoamericanos encontraron en Tamaulipas se relaciona con el tráfico de drogas. Esto constituye la más penosa vergüenza nacional, no sólo por enseñarles a los inmigrantes de Centro y Sudamérica nuestros tortuosos caminos hacia el norte, sino por el oprobio de ofrecérselos infestados de criminales asaltantes.

La discusión acerca de la legalización se aviva de nuevo. Se supone que con abrir el mercado se abaratarán las drogas y se desactivará el factor económico del siniestro negocio. El crimen que provoca se reduciría así a niveles policíacos manejables. Poniéndolas más al alcance de los adictos, éstos no tendrán que cometer actos ilícitos para costear su adicción. Lo que es seguro, empero, es que el consumo se multiplicaría.

No es necesariamente cierto que la legalización abarate la droga. Hay artículos que se mantienen artificialmente caros para asegurar exorbitantes ganancias al productor o comerciante. Es cuestión que depende de la amplitud del nicho de mercado y cuán "elástica" es la demanda. En el caso de los diamantes, por ejemplo, la clientela no es extensa comparada con la de los artículos de consumo, pero al contrario de éstos, el productor-vendedor no necesita reducir el precio para atraer clientes.

La demanda real de las drogas es extremadamente inelástica. Por obtener una dosis el comprador desesperado está dispuesto a los mayores esfuerzos siempre punibles. Al vendedor le interesa maximizar su ingreso manteniendo el precio tan alto como sea posible. Esto le permite asegurar anchos márgenes para cubrir costos de estructura, intermediarios, agentes, gratificaciones a funcionarios y armas.

Estando tan férreamente controlada la oferta de las drogas por las bandas mafiosas, también lo están sus precios. Un rival que pretendiera reducirlos para ampliar su mercado, se las tendría que ver con una inevitable reacción para eliminarlo. En adición a la guerra por ganar territorios que hoy presenciamos, tendremos la revancha sangrienta contra el que se atreviera a romper la estructura de precios prevaleciente.

Hablamos aquí especialmente de las drogas sintéticas y no de la mariguana que hoy está legalizada en algunos Estados de la Unión Americana y donde la producción doméstica se extiende cada vez con mayor sustento. La reglamentación de la hierba está realizándose a su propio paso en ese país que, con el tiempo, verá si esa promoción reduce o incrementa el nivel del crimen callejero. Podemos prever que la producción industrial de drogas como el éxtasis, hielo, crack, las metanfetaminas, etcétera, se irá concentrando en Estados Unidos, más cerca de su mercado. Las mafias actualmente presentes en sólo 200 ciudades norteamericanas, extenderán sus redes en ese país llevándoles la pavorosa violencia que ahora tenemos en México.

Nuestra guerra en México se encuentra en su punto más intenso. Hay que continuarla con milicias bien preparadas y armadas, una policía única, estricta disciplina administrativa, bloqueos financieros y una draconiana represión de la corrupción en las procuradurías, juzgados y servicios de gobierno. A medida que lo hagamos, transferiremos el horrendo problema a los vecinos del norte, ahí donde se originó el mal y donde corresponde padecerlo. Es éste el futuro que les espera al no reducir su consumo doméstico que es el principal motor del narcotráfico que arrastra no sólo a México, sino a muchos otros países.

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