agosto 06, 2010

Ruta crítica para reformar la política de drogas

Alejandro Madrazo Lajous
Profesor-investigador del CIDE
El Universal

En este espacio he sido duramente crítico de la política de drogas que ha seguido el presidente Calderón: timorato frente a las tabacaleras y beligerante frente a las drogas ilícitas. Hoy reconozco la importancia y valentía de su nueva actitud en el tema y respondo al llamado para proponer y no sólo criticar.

Va pues, una propuesta de ruta crítica que espero contribuya a un cambio serio en la actual política de drogas:

Etapa I, antes de iniciar: 1.- Abandonar la retórica de la guerra. Hablar de “guerra” y de “enemigos” en lugar de “criminales” politiza a los narcotraficantes, abriéndoles un espacio en que pueden legitimarse como opositores, dejando atrás su carácter de criminales. Nada más peligroso. 2.- Contra la violencia y las armas. Sin necesidad del Legislativo, el Presidente puede usar estratégicamente los recursos humanos y económicos con que cuenta, insuficientes para pelear todos los frentes a la vez.

Dos medidas concretas: (i) suspender la caza al contrabando de droga y en su lugar ir tras el contrabando de armas. Son las armas, no las drogas, las que han matado, cobrando casi 30 mil vidas en lo que va de la guerra. (ii) Concentrarse en las organizaciones delictivas más violentas, en lugar de los narcomenudistas. Entre más violencia usen, más prioritario se vuelve combatirlos. Ello incentivaría a los propios grupos delictivos a minimizar el uso de la violencia: el que sea menos violento con la ciudadanía, recibirá menos atención del Estado.

Etapa II, primero lo primero: 1.- Prevención, prevención, prevención. Se regulen o prohíban las drogas necesitamos priorizar la prevención. Hay que entrarle parejo al tabaquismo, alcoholismo y farmacodependencia. Esto le permitiría al Presidente tender puentes con sus opositores quienes han tomado la iniciativa en la materia (los diputados perredistas Jesús Zambrano y Estela Damián, se han acercado ya a especialistas en prevención de adicciones; el gobernador priísta Enrique Peña Nieto recién presentó dos iniciativas importantes de prevención de tabaquismo y de alcoholismo).

2.- Apliquemos los tratados internacionales. Los tratados internacionales sobre drogas señalan que los usos médicos y científicos de los estupefacientes deben estar garantizados, no prohibidos.

Además, explícitamente excluyen de la prohibición al cáñamo (cannabis) industrial. Sustraigamos del ámbito de lo penal el uso industrial de la cannabis y el uso médico de los estupefacientes en general. La ex diputada, Elsa Conde, presentó dos iniciativas en este sentido a la Legislatura pasada, hoy congeladas en la Comisión de Salud.

Etapa III, por un cambio gradual en la política de drogas. Prohibir es la peor política de salud: genera mercados clandestinos y mina la legitimidad del Estado; regular, en cambio, le permite controlar quién, cómo, dónde y cuándo se consume.

Hagámoslo bien: la receta debe ser gradualista. Necesitamos recorrer un camino de aprendizaje institucional para el que no hay atajos: desregular un mercado sin contar con las instituciones y normas adecuadas para regularlo, puede ser tan catastrófico como prohibirlo (remember Telmex, los bancos, las carreteras, etc.). Nada peor para un mercado que un monopolio privado, sea lícito o no. Regulemos gradualmente las distintas sustancias y sus usos.

Hemos aprendido mucho de la regulación del tabaco. Usemos nuestra experiencia acumulada para regular, primero, los usos médicos de la mariguana. Si encontramos éxito, regulemos sus usos lúdicos. Hay dos buenas iniciativas al respecto: una, del senador René Arce; otra, más reciente y pulida, del diputado Víctor Hugo Círigo.

Con base en los resultados, podremos decidir el camino futuro: ya sea continuar o virar. Lo intransitable es el camino en el que estamos. Por lo pronto, las declaraciones del presidente Calderón son un comienzo, tardío, pero comienzo al fin. ¡Enhorabuena, señor Presidente!


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