agosto 29, 2010

San Fernando: las razones de la violencia

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

La decapitación se ha vuelto una constante en la lucha entre los cárteles de la delincuencia organizada y los intentos de las fuerzas del orden por someterlos.

“Me dijo que me mataría si no le daba todo el marfil y me largaba del país, porque podía hacerlo y además le gustaba, y que no había nada en esta tierra que le impidiera matar a quien le diera a gana”.
Joseph Conrad, Corazón de tinieblas.

La primera vez que el crimen organizado recurrió a la decapitación y exhibición pública de la cabeza del asesinado para mandar un mensaje a rivales o autoridades fue en Acapulco, el 20 de abril de 2006.

Aquella vez, las cabezas de dos policías fueron dejadas frente a una oficina gubernamental de ese puerto con un letrero que no disimulaba la advertencia: "Para que aprendan a respetar".

Desde entonces, la decapitación se ha vuelto una constante en la lucha entre los cárteles de la delincuencia organizada y los intentos de las fuerzas del orden por someterlos.

Hemos perdido la cuenta de las cabezas cercenadas y el efecto horripilante que provocaron las primeras decapitaciones se ha desvanecido casi del todo. El umbral de la capacidad de sorpresa de la sociedad mexicana ha ido al alza, conforme se van sucediendo actos de violencia cada vez más despiadados.

De cortar cabezas, los criminales pasaron a colgar a sus enemigos en lugares públicos. Y como esto último se volvió también una práctica común, ahora la escalofriante moda es colgar cuerpos decapitados. En Cuernavaca, la semana pasada, amanecieron varios en un puente de la autopista México-Acapulco. Para mayor efecto, las víctimas habían sido castradas y presentaban huellas de otros terribles actos de tortura.

Como ha sido costumbre de este diario, esas imágenes no aparecieron en nuestras páginas. Está claro que aquella premisa de que la "prensa debe reflejar la realidad" es sólo un torpe pretexto para hacer sensacionalismo y someter a algunos lectores involuntarios de los periódicos —como los niños— a escenas imposibles de asimilar, y, al mismo tiempo, servir ingenuamente de caja de resonancia de los mensajes amenazantes de las bandas criminales.

Además de lo antiperiodístico que resulta prestarse a las estrategias de comunicación de los delincuentes, hay otras razones de peso para no publicar esas fotografías:

Un estudio reciente de la Escuela de Medicina de la Universidad de Indiana encontró que la exposición a imágenes de violencia puede conducir a actitudes agresivas, porque éstas afectan una parte del cerebro donde ocurre la toma de decisiones y el autocontrol.

Aun así, dudo que las mejores prácticas periodísticas sirvan para erradicar la saña con que actúan los delincuentes. Nada indica que la tortura y el asesinato dejen de ser métodos con los que los delincuentes sigan lidiando con enemigos y autoridades.

¿Cómo dejar de cubrir la noticia del fusilamiento de 72 migrantes de varios países, quienes aparentemente no querían someterse a la esclavitud que tenían prevista para ellos los Zetas?

Aun con toda la consideración que los medios quieran tener para las víctimas, era imposible que esa nota no recorriera el mundo y se convirtiera en un signo de vergüenza para el Estado mexicano, incapaz de aplicar la ley en su territorio, como se espera de cualquier Estado.

Si lo que quisieron hacer los Zetas, o quienes quiera que hayan perpetrado ese horrendo crimen, era —además de aleccionar a los desobedientes— exhibir al Estado mexicano ante la comunidad internacional, por su incapacidad de garantizar los derechos humanos de los migrantes indocumentados de Centroamérica y otras regiones, se tiene que reconocer, lamentablemente, que lo consiguieron.

En México, ahora lo sabe el mundo, campean figuras con el sadismo y el ánimo genocida del jefe militar serbiobosnio Ratko Mladic, el llamado Carnicero de Srebrenica, quien ordenó actos de limpieza étnica en los Balcanes y aún prófugo de la justicia internacional; o de Laurent Nkunda, el señor de la guerra tutsi congolés, responsable de atrocidades como la masacre de Kisangani, en 2002, y de haber usado el reclutamiento de niños soldado y la violación masiva de mujeres como formas de combate. La diferencia es que quizá no tengan aún la fama de aquéllos.

Por más que se insista en que México tiene niveles menores de homicidio que naciones como Colombia y Brasil, el tipo de violencia creciente que vemos en varias regiones del país sólo es comparable con la de algunos países africanos e, históricamente, con nuestra propia Guerra Cristera de la década de los 20 del siglo pasado.

Esa situación nos obliga a revisar los orígenes de la violencia que nos aqueja. ¿Qué lleva a un grupo a actuar con semejante salvajismo? ¿Acaso cualquier persona está preparada para decapitar, castrar y colgar a otro ser humano? ¿Un campo de la muerte como el rancho El Huizachal, donde se fusila a 72 personas desamparadas, previamente vendadas y atadas de manos, no nos habla de una profunda descomposición social?

Sabemos que la impunidad y la corrupción son ingredientes de la crisis de inseguridad en la que estamos metidos. Pero sin duda algo más mueve esta espiral de violencia incontenible. Algo más que la simple ambición de controlar una cifra millonaria de recursos de procedencia ilícita. ¿Cómo adentrarnos en nuestro propio Corazón de tinieblas?

En 1986, un grupo de prominentes científicos de las áreas de etología, biología antropológica, sicología, siquiatría, neurociencia, genética del comportamiento, sociología y bioquímica se reunieron en Sevilla —en el Sexto Coloquio Internacional sobre Cerebro y Agresión— para trazar una explicación de los orígenes de la violencia.

Concluyeron que no hay nada en la genética humana que predisponga a las personas a actuar con violencia. "Es científicamente incorrecto decir que en el curso de la evolución humana ha habido una predilección por el comportamiento agresivo sobre otro tipo de comportamiento... y que la guerra o cualquier otro comportamiento violento estén programados genéticamente en nuestra naturaleza".

Si la violencia —y, más aún la saña— no están en la naturaleza humana, ¿cómo explicar estos actos cada vez más salvajes?

El especialista Sunil Aggarwal, de la Universidad de Washington en Seattle, buscó una respuesta a esa pregunta en su estudio Geographies of Lethal and Non-Lethal Violence (2004).

Concluyó que el asesinato premeditado es una actitud aprendida, no una reacción instintiva del ser humano; que, en toda la historia de la humanidad, no más de 1% de quienes han habitado la Tierra, han participado en un asesinato; que la violencia estructural —la privación y la explotación que tienen un origen social e institucional— está "causalmente relacionada con la violencia directa", y que los peores actos de violencia siempre pasan por la cosificación del agredido.

¿Cómo alegar contra esto en el caso de los migrantes asesinados en un rancho del municipio de San Fernando, Tamaulipas? Eran pobres, sin papeles, víctimas de la violencia estructural en sus países de origen y en el territorio que atravesaban para llegar a lo que, confiaban, sería una vida mejor. Eran los blancos perfectos de la violencia directa, por parte de individuos para los que no eran más que una mercancía.

Hay que reconocer la violencia estructural que hace posible la violencia directa, cada vez más despiadada. Y a esta última no basta con describirla como brutal y salvaje. Hay que explicarla.

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