agosto 25, 2010

Seguridad pública y elecciones

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

El Partido Revolucionario Institucional no siempre es institucional, sino cuando le conviene y puede sacar provecho de ello.

El PRI quedó sumamente enojado con Felipe Calderón, pues éste avaló las coaliciones de su partido con el PRD, arrebatándole con ellas tres importantes entidades de la República. Primero le reclamó lo que consideró una especie de traición al pacto mediante el cual el PRI ayudó a Calderón a asumir la Presidencia. Evidentemente, los priistas consideraron que ese favor implicaría que Calderón no pondría trabas a su probable retorno a Los Pinos. Ante ese reclamo, el gobierno contestó -todavía a través de Fernando Gómez Mont- que Calderón había ganado con todas las de la ley, por lo cual no cabía cuestionar su triunfo, y que el PRI no hizo ningún favor político al respaldarlo, sino simplemente cumplió con su compromiso hacia las instituciones. En otras palabras, le dijo al PRI que gracias por sus buenas intenciones, pero que en realidad no necesitaba de él para que Calderón asumiera la Presidencia. Claro, eso a toro pasado, pero el PRI no siempre es institucional, sino cuando le conviene y puede sacar provecho de ello. Por ejemplo, en 2000 aceptó la alternancia porque era lo más conveniente para Ernesto Zedillo, quien maniobró muy bien para evitar que los duros del PRI intentaran un "plan B" ante su derrota. Pero muchos no hubieran querido aceptar la derrota y tildaron de traidor -hasta la fecha- a Zedillo, por haber simplemente acatado la ley, los resultados oficiales, la Constitución. Si el PRI avaló el triunfo de Calderón en 2006, no fue por institucionalidad, sino porque, habiendo quedado en tercer sitio, más le convenía vender el favor a Felipe, que declarar una elección de Estado, sumarse a la protesta del PRD y provocar la anulación de los comicios. Pudo haber hecho esto (Roberto Madrazo lo exploró), pero optó por lo primero esperando la gratitud de Calderón, que hoy -dicen los priistas- no existe.

Ahora el PRI es reticente a sentarse a conversar sobre la actual estrategia de seguridad pública (que ya también lo es, por agravamiento, de seguridad nacional). Los coordinadores legislativos priistas no quisieron asistir. Beatriz Paredes había ido antes, simplemente a decir, palabras más o menos, que no contaran con su partido, esencialmente por el uso electoral que se le venía dando a esa estrategia. ¿Ha habido uso electoral de la política calderonista? Así me lo parece, aunque no siempre con buenos resultados políticos. Todo indica que Calderón convocó a los Diálogos, menos con el ánimo de rectificar su estrategia y más con el de compartir los crecientes costos políticos entre otros partidos e instituciones. Si no buscó consensos al iniciar su estrategia, fue porque Calderón intentaba monopolizar la rentabilidad política, sin compartir los beneficios con otros. Y en efecto, al principio cosechó popularidad y respaldo de amplios sectores sociales, que vieron una actitud de Calderón valiente, determinada, decidida. Pero con el tiempo las ganancias se han ido tornando en pérdidas. Cada vez es más cuestionada la estrategia, cada vez genera más costos políticos y, eventualmente, electorales, cada vez menos ciudadanos creen que el gobierno mexicano va ganando esta guerra. Conviene, pues, distribuir lo más ampliamente posible los costos del fracaso (aunque oficialmente se insista en que es un triunfo). Y de seguir creciendo la narcoviolencia, como probablemente ocurrirá, los electores pueden cobrárselo al PAN en las urnas. En 2009, la estrategia de seguridad fue el eje de la campaña panista, por lo cual el fuerte descalabro de ese partido hubo de considerarse como un rechazo implícito a la política de seguridad del gobierno federal. Por eso renunció Germán Martínez. Desde luego, a partir de encuestas, el PAN se defendía señalando que esa campaña le evitó pérdidas mayores de las que tuvo: en mayo, 31% pensaba que el gobierno iba ganando la guerra; en julio ese porcentaje subió a 39% (Parametría, julio, 2009).

Pero en otros comicios, como los de este año, en dos de las entidades más afectadas por el narco (Chihuahua y Tamaulipas) ganó el PRI.

Dos posibles razones de eso (que no son excluyentes): a) la enorme abstención provocada por la inseguridad permite un amplio margen de maniobra al voto duro del PRI; b) la población responsabiliza de la violencia al gobierno federal, no a los locales. En todo caso, al PRI le conviene, electoralmente, que los costos del cada vez más evidente fracaso los asuman sólo el gobierno y su partido; para muchos electores podría ser un motivo suficiente para votar de nuevo por el PRI en 2012.

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