agosto 25, 2010

¿Trae ánimo festivo?

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

Yo no. A sólo una semana de que inicie el esperado septiembre del 2010, aniversario de la Independencia y de la Revolución Mexicana, nada indica que estemos a punto de vivir una gran conmemoración que reafirme en cada uno de nosotros el sentimiento de pertenencia a una comunidad que nos trasciende y da identidad. Y sin embargo el pretexto es inmejorable, 200 años de existencia como nación y a 100 de una tremenda revolución que marcó nuestra historia y carácter. Pero el ánimo festivo parece haber fallado a la histórica cita.

¿Por qué? Muchos responderán airados que la situación por la que atravesamos es más que suficiente para explicarlo. Y es cierto, objetivamente vivimos tiempos muy difíciles: crisis económica, pocos empleos, violencia del narco, inseguridad en las calles. Y, sin embargo, la pobreza ha aumentado, pero el país ha sido mucho más pobre en otras épocas, la educación es mala pero ha sido mucho peor, la violencia agobia y aterroriza en ciertas regiones y ciudades, pero en otras se goza de niveles de seguridad muy aceptables y tampoco ahí se respira ningún ánimo festivo. ¿Qué es lo nuevo? Las razones pueden ser muchas, pero me atrevo a avanzar una hipótesis. No hemos perdido un trabajo sino la esperanza de encontrar uno, no sólo padecemos la violencia sino la certeza de que esta situación no se va a resolver en mucho tiempo, quisiéramos imaginar que juntos somos capaces de resolverlo, pero estamos más divididos que nunca. El 2006 dejó entre nosotros huellas difíciles de borrar. La polarización tenazmente alimentada desde las élites políticas durante el foxiato sigue marcando y determinando nuestra vida pública. Como nunca en esta década se sembró la desconfianza y el rencor entre nosotros.

La desastrosa organización de festejos por parte del gobierno federal no ayuda sino confirma en muchos ese ánimo fatalista de que nada nos puede, les puede, salir bien. Cada vez escucho a más mexicanos de diferentes niveles socioeconómicos pensando en salidas individuales. Emigrar con o sin dinero, con o sin la familia, aislarse o buscar refugio en zonas todavía tranquilas.

Los esfuerzos por recordarnos que hay mexicanos valientes y capaces, auténticos héroes, por verdaderos e inspiradores que sean, no parecen pesar lo suficiente en la construcción del ánimo colectivo.

No hay esperanza y sí mucha decepción: de la clase política, de los empresarios, de los futbolistas, de los periodistas, finalmente de nosotros todos.

Necesitamos una terapia de triunfos. Una serie de varios éxitos consecutivos, individuales y colectivos, que nos devuelvan la fe.

Ojalá sea pronto y que cada quien le eche ganas para conseguirlo.

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