agosto 20, 2010

Ya ni siquiera un monumento podemos construir…

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

México es un país de solemnidades, pompas, conmemoraciones y festejos celebrados bajo cualquier pretexto. Somos pueblo de retóricas inflamadas y feroces elocuencias patrióticas. La oratoria no florece solamente en los espacios oficiales sino que el anfitrión de la fiesta, el jefe del despacho, el padre de la novia o el patrón de la empresa esperan ansiosamente el momento de poder soltar un discurso de irreprimible cursilería a los comunes mortales que se encuentren por ahí. No hay obra pública, por pequeña e intrascendente que sea, que no merezca una ostentosa inauguración y no hay tampoco proyecto, esbozado apenas en el escritorio de un oscuro burócrata, que no amerite la consabida ceremonia para cacarearlo ante el respetable.

Imaginen ustedes, entonces, los colosales alcances de la efeméride que tenemos en puerta, ese bicentenario del comienzo de la revolución de independencia (el nacimiento propiamente dicho de la nación mexicana no ocurrió hasta 1821 y me pregunto, más allá del valor simbólico que tienen ciertas cifras, si no debiéramos festejar ese aniversario más que cualquier otro) y las grandiosas celebraciones que ha de concitar.

Pues bien, resulta que el Monumento del Bicentenario no estará terminado a tiempo. Por lo visto, en este México de tantas promesa quebrantadas y tantos proyectos abortados, ya no somos capaces ni de eso. El simbolismo de este fiasco no es cosa menor: estamos hablando de la capacidad de hacer las cosas a tiempo, de cumplir, de respetar los plazos y de saldar los compromisos. Cosas que, en un país serio, se dan por descontado. Parafraseando a Shakespeare: algo está muy podrido en el reino.

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