septiembre 12, 2010

Bicentenario: otra narrativa

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Hoy ninguna fuerza política tiene, a no ser para sus simpatizantes más duros o menos cínicos, un aura de respetabilidad.

El problema empieza en las definiciones: por un lado, la discusión sobre si México es o está en vías de convertirse en un Estado fallido, y, por otro, la certeza de que el crimen actúa de manera organizada, que deriva no sólo de la existencia legal del término sino de que las autoridades se encargan de machacarlo todos los días en la sique de los mexicanos.

Luego viene la naturaleza suspicaz de esta sociedad, para la que gobierno y policía son comúnmente sinónimos de transa, corrupción, represión, conflicto de intereses, medias verdades o absolutas mentiras.

Se trata de una suspicacia con la que no pudo el proceso de alternancia. Hoy ninguna fuerza política tiene, a no ser para sus simpatizantes más duros o menos cínicos, un aura de respetabilidad.

En los tiempos del autoritarismo priista, la vieja oposición —de izquierda y derecha— tenía una narrativa que millones de mexicanos encontraban encomiable: su lucha era por la democracia, la libertad contra la opresión y la igualdad ante la ley. A partir de que logró tirar al PRI de la Presidencia de la República, esa antigua oposición tiró a la basura su discurso y se preocupó por incrementar sus posiciones de poder.

Así que los criminales ahora llenan el espectro de la oposición, en cuanto a que se han declarado en rebeldía contra la autoridad. Han invadido ese espacio del inconsciente colectivo que cree que todo aquel que lucha en contra del poder debe ser bueno. Al cabo que, del otro lado, no hay nada digno de crédito, nadie capaz de iluminar la imaginación popular y de convencer a los mexicanos que la redención y el éxito están a la vuelta del camino.

Junto con los partidos políticos, otras instancias intermedias han entrado en una crisis de reconocimiento, como los sindicatos y las iglesias. Lo mismo, muchas de las instituciones que en el pasado contaron con el respeto de los mexicanos, aunque formaran parte del ámbito estatal. Así le pasó al IFE, que entre su ciudadanización, en 1996, y la culminación de la alternancia, en 2000, vivió su momento de mayor gloria, pero desde entonces ha visto dilapidarse su capital de credibilidad.

Los mexicanos de fines del siglo pasado habían puesto su esperanza en la democracia. El día que ésta llegara, pensaban, se desatarían las capacidades creativas y productivas del país, aplacadas por un régimen ya incapaz de cumplir con el pacto de apoyo político a cambio de bienestar.

Sin embargo, llegó la alternancia y el resultado fue tan frustrante como las falsas expectativas de revolución que retrata de manera soberbia la banda de rock The Who en su sencillo de 1971 Won"t get fooled again: "Vengan a conocer al nuevo jefe. Es igualito que el viejo jefe".

No puede uno extrañarse, entonces, que una parte de la sociedad mexicana celebre el estilo de vida de los delincuentes. A éstos se les hacen corridos y se celebran sus acciones "intrépidas". Total, nuestra historia patria está llena de bandoleros y aquellos que pisaron la cárcel por oponerse al régimen y al estado de cosas, muchas veces salieron de ella convertidos en héroes y hasta en gobernantes. ¿Será casual que la playera con que fue detenido La Barbie sea un objeto de colección?

En una década de alternancia, México no ha encontrado la senda del crecimiento económico que le permita reducir su enorme brecha social. Sus programas asistencialistas apenas han podido mantener a flote a los más pobres sin cambiar su condición económica. A cambio, ha gastado enormes cantidades de recursos en subsidios que han terminado en la basura o en los bolsillos de algunos individuos privilegiados.

La ausencia del Estado se nota en la incapacidad de atender muchas de las necesidades más básicas de la población y en la indefinición de prioridades para insertar a México de manera competitiva en la globalización. Peor aún, el Estado mexicano parece no dar siquiera para organizar sin contratiempos su fiesta del Bicentenario, un aspecto ceremonial y de cohesión social que todos los Estados necesitan.

El retiro del Estado coincide con la exacerbación del individualismo. Vivimos una era de crisis de la colectividad. Lo que importan son las proezas personales y se trata de llegar a la meta en el menor tiempo posible. La meta es el dinero y, cuando lo importante es obtenerlo, los valores se vuelven estorbos. La criminalidad enseña que hay atajos para la acumulación de fortuna, y que todo es válido para alcanzarla, incluso descuartizar a quienes se interponen en el camino.

Hoy, en México, hay dos formas en que una persona sin experiencia puede ganar 10 mil pesos al mes (que es más que el salario promedio de quienes cotizan en el IMSS). La primera es reunir una serie de documentos, hacer largas colas en una oficina de contrataciones, esperar caerle bien al responsable de recursos humanos de la empresa y tener la suerte de que un candidato mejor no esté al frente de la fila. La otra, es ingresar como principiante en una organización criminal.

Deficiente en volver atractiva su propia narrativa, el Estado mexicano escribe el guión que conduce a miles de jóvenes a las fauces del crimen. Y no me refiero a su fracaso en la generación de empleos y oportunidades de desarrollo y recreación, sino a cosas más sencillas:

¿A qué vienen esos promocionales de la lucha contra el crimen organizado en las que se ensalzan las fechorías de los criminales, como sucede con la cuenta de todos los hombres que mataron y las imágenes de los fajos de dólares que lograron acumular? ¿No habrá alguien en la esfera oficial que piense que hacer eso es una mala idea?

Preguntémonos si la mejor forma de presentar a La Barbie detenido fue mediante un interrogatorio en video que parece una sesión con una sicoanalista, que se permite que el despiadado sicario aparezca ante la opinión pública como un tímido adolescente desorientado.

¿A quién se le habrá ocurrido que es una buena idea montar un museo sobre el narcotráfico, en el que se exhiben las armas automáticas bañadas de oro y con incrustaciones de diamantes?

Ante la imposibilidad de que los criminales levanten un museo en la sierra de Durango y muestren sus primeras armas —como se exhiben las espadas de José María Morelos y Vicente Guerrero en la muestra del México Bicentenario en Palacio Nacional—, alguien en la esfera oficial decidió que sería buena idea mostrarle a los mexicanos el glamour del mundo narco. ¿Cuál es el objeto de darle a una pistola con cacha de oro el tratamiento del Diamante Hope?

El Estado mexicano necesita urgentemente repensar su narrativa. Hace muchos años que sólo es reactivo ante las calamidades nacionales y mundiales que lo aquejan. Tiene que imaginar qué continuación daría a los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional. Tiene que definir su proyecto de desarrollo, que, en el actual mundo globalizado, pasa por saber qué le quiere vender a los demás países. Tiene que sacudirse la impresión de que corre el riesgo de ser un Estado fallido, por más exagerados que sean quienes propalan, con evidente interés propio, esta versión. Tiene que canalizar las esperanzas de los mexicanos de una vida mejor.

El Bicentenario era quizá la ocasión propicia para hacerlo. Por desgracia, la fiesta no dejará a México y al mundo con una sensación de fortaleza del Estado, pues éste no ha sido capaz siquiera de terminar las obras con que se propuso marcar la efeméride.

Aun así, nunca es tarde. Y más nos vale, a todos, emprender cuanto antes el trabajo de imaginar otro futuro para el país, uno distinto al que ofrece la delincuencia, muchas veces con el apoyo de autoridades ingenuas.

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