septiembre 14, 2010

Bicentenario sin ideología

Francisco Báez Rodríguez
fabaez@gmail.com
La Crónica de Hoy

El bicentenario nos alcanzó. Esta semana será de grandes fiestas en todo el país. Ojalá y sean memorables.

Celebrar los doscientos años de vida independiente ha sido útil, porque ha servido para repensar la historia, lo que significa repensarnos a nosotros mismos como nación. Entender y celebrar lo bueno del pasado para animarnos a construir un mejor futuro.

Ésta era una oportunidad para que los gobiernos, empezando por el federal, enviaran un mensaje a la población y a los actores políticos y sociales del país. Para que intentaran proyectar en la colectividad sus intenciones de fondo. Dicha oportunidad no fue aprovechada.

Hace cien años había una clara intención política: convertir las celebraciones del centenario en un homenaje al caudillo que había traído “paz y progreso”. La historia nacional desembocaba y encontraba su cúspide en Porfirio Díaz. Como tales, las celebraciones fueron un éxito, aunque terminarían siendo el canto de cisne de un régimen que estaba carcomido y vivía el final de sus tiempos.

Ahora, la intención ha quedado oscurecida en la selva de la mercadotecnia y bajo las nubes del populismo y de la ineficiencia.

¿Cuáles han sido los mensajes más reiterados con motivo de esta efeméride? Del lado gubernamental, el concepto de “cumpleaños”, siempre causa de fiesta, la idea de que en la sonrisa del niño y en la cocina de la abuela está la patria, alguna referencia a los héroes

y el patriotismo más elemental: cantemos el himno y gritemos “¡Viva México!”. En otras palabras, la incapacidad para enviar un mensaje sobre la pertenencia a un pasado común y la necesidad de edificar un porvenir en común… u otro, menos veraz pero con más jiribilla política, acerca de cómo el país ya alcanzó la alternancia democrática.

En fin, como buen espejo de la realidad política que vivimos, se nos quiere vender un bicentenario sin ideología, neutro, superficial.

La organización de los festejos por parte del gobierno federal ha corrido con innumerables problemas. Por una parte, desde el sexenio anterior se dejó correr tiempo valioso. Por la otra, una mala concepción (la idea de un operador cultural en vez de un organizador) derivó en el cambio constante de los responsables, que tuvo su momento más bajo durante la gestión del historiador Villalpando.

Allí buena parte de las iniciativas fueron cedidas a un emprendedor australiano y se aprobaron chascos que perdurarán en la memoria colectiva como la famosa “Estela de Luz”. El principal símbolo material del Bicentenario fue aprobado sólo con base en un dibujo bonito —sin un estudio arquitectónico serio—, ubicado en el lugar más congestionado que se pudo imaginar y, además de rebasar con creces el presupuesto, no estará listo para estas fiestas. Vaya, ni siquiera limpiaron la refinería a tiempo, así que tampoco tendremos esta semana el Parque Bicentenario.

Del lado comercial, encontramos las imágenes genéricas de la naturaleza y supuestamente turísticas de cada estado de la República, con su respectiva modelo de Televisa en poses dizque sensuales (y en obvio pirateo al estilo de Gregory Colbert), y –al igual que los políticos– el bautizo de “bicentenario” a todo lo posible, desde el torneo de futbol a la nueva generación de La Academia, pasando por la edición especial de Coca-Colas.

Si la comercialización era inevitable, y las festividades populares una necesidad celebratoria que merecía mejor suerte, quedó al menos algo de espacio para discutir el país. Pero ese espacio fue ocupado esencialmente por académicos o personajes recientemente marginados de la política. Habría que preguntarse por qué.

Una posible respuesta es que los políticos activos están tan embebidos en la coyuntura, que pensar a largo plazo —hacia atrás y hacia delante— les resulta sumamente molesto. Es más fácil discutir de las alianzas electorales que de las razones que están detrás de la persistencia de rezagos (“históricos”, les dicen) y de las formas para superarlos (también allí se puede abrevar de la historia, aunque no sea de las gestas heroicas de los guerreros).

Pensar a largo plazo —hacia atrás y hacia delante— es fundamental en la construcción de las naciones. Ha sido ese tipo de pensamiento —la lucha por proyectos de nación— el que ha dado dinamismo a las colectividades modernas. México no llegó a los 200 años a partir de puras improvisaciones. Tampoco es lo que es, sólo merced a la capacidad catalizadora de héroes y caudillos.

Hay que celebrar esta obra colectiva realizada cotidianamente por millones de personas que a lo largo de los años han tenido fe en el futuro, que han apostado a algo, que han trabajado para convertirlo en realidad. Hay que estar orgullosos de nuestra pertenencia a esta obra. Y vale la pena festejarlo.

Pero también hay que entender que México inicia su tercer siglo en una situación que nos obliga a reflexionar sobre lo mucho que falta por hacer, sobre las muchas tareas que le quedan pendientes a esta generación y las siguientes. Para eso, no se vale querer identificar a la nación con las cosas más superficiales, ni pretender venderlas como espejitos. Menos se vale dar la espalda a los problemas y abocarse ciegamente, como en los peores momentos de nuestra historia, a la lucha del poder por el poder mismo. Vale revisar el pasado, para comprender de dónde venimos y adónde podemos ir juntos. También revisar el presente, para ver un poquito más allá de nuestras narices.

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