septiembre 10, 2010

El Corán, el 11-S y un puñado de histéricos

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Al final, Dios no se dignó a entrar en contacto con Terry Jones, con la ilusión que le habría hecho al pastor causante de la última crisis internacional. Al final, quien evitó que se consumara mañana por la noche la quema del Corán fue alguien de verdad, el jefe del Pentágono Robert Gates. No sabemos si Gates lo hizo por las buenas o por las malas, pero ni siquiera a ese pastor extremista cristiano —que proclama sus mensajes de odio con la pistola bajo la sotana— le habría gustado que lo señalen como el responsable de la previsible oleada de ataques islamistas contra estadunidenses, que iba a ocurrir si hubiera ultrajado de la manera que pretendía el libro sagrado de los musulmanes.

En cualquier caso, el anuncio de Jones de que daba marcha atrás no elimina ni mucho menos el peligro de atentados de Al Qaeda o cualquier aspirante a convertirse en mártir del Islam por la terrible vía del terrorismo suicida. La hoguera donde iba a arder el Corán finalmente no se encenderá, pero la intención de ese pastor fue suficiente para incendiar de nuevo la ira de los musulmanes extremistas contra los “infieles” cristianos. Por su culpa están en peligro de muerte no sólo los soldados de EU en Afganistán o Irak, como alertó el Pentágono, sino cualquier estadunidense en un país musulmán, como advirtió el Departamento de Estado. Peor aún, Interpol teme aún que se produzcan atentados contra civiles en cualquier país occidental o contra las minorías cristianas en los países musulmanes; y todo por la locura de un fanático que se autoproclama pastor cristiano y la de un puñado de no más de 50 imbéciles, cuyo encefalograma plano sólo se estimula ante mensajes apocalípticos y cargados de odio, como proclamar que el Corán fue escrito por el mismísimo Diablo.

Independientemente de cómo reaccione el mundo musulmán tras la suspensión de la quema del Corán, lo ocurrido estos días es consecuencia directa de un fenómeno imparable en Estados Unidos desde que Obama llegó al poder: la radicalización de la derecha religiosa y la creciente histeria antimusulmana, especialmente tras la reciente decisión de la alcaldía de Nueva York de permitir la construcción de una mezquita a escasas cuadras de la “zona cero”.

En estos nueve años desde el derribo de las Torres Gemelas, el enemigo número uno sigue siendo, desde luego, Osama bin Laden y su red terrorista Al Qaeda, pero la extrema derecha —en especial sus predicadores en medios de comunicación, como algunas de las estrellas de Fox News— se ha encargado todo este tiempo de que en el imaginario popular estadunidense cale la idea de que cualquier persona con aspecto árabe (o aspecto hispano) o que profese la religión musulmana o incluso que simpatice con ella, es etiquetado automáticamente como sospechoso, como enemigo de los valores cristianos y tradicionales de EU. Por eso triunfan organizaciones xenófobas como Tea Party, racistas como el sheriff de Arizona Joe Arpaio o energúmenos como el pastor de Florida; por eso el mensaje radical de Sarah Palin encuentra tantos seguidores e incluso muchos estadunidenses están convencidos de que Obama es el Anticristo (o en su defecto, que es musulmán).

Estados Unidos está cocinando un peligroso caldo donde se mezclan supremacistas blancos, cazadores de hispanos y provocadores islamofóbicos, y que podría acarrear consecuencias dramáticas. Mañana, 11 de septiembre, vamos a recordar el derribo de las Torres Gemelas como símbolo de lo que debemos evitar que vuelva a suceder y, desde luego, la quema del Corán habría sido la vía más rápida para que esa tragedia de la humanidad volviera a repetirse. Como ya escribiera en el siglo XIX el poeta judío-alemán Heinrich Heine: “Allí donde se queman los libros se acaba por quemar a los hombres”. No lo olvidemos nunca.

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