septiembre 14, 2010

El Grande, el ocaso de los sicarios

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

La estrategia que se está desarrollando en la lucha contra el crimen organizado no sólo es la correcta sino también la única posible.

La captura de Sergio Villarreal Barragán, apodado El Grande, es un nuevo golpe contra el narcotráfico e implica una profunda desarticulación de lo que resta del cártel de los Beltrán Leyva, todavía comandado por Héctor Beltrán Leyva, pero sin contar ya con sus principales colaboradores, comenzando por Villarreal, que se había embarcado en una brutal guerra con Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, por el control de esa organización.

Se ha dicho que ese enfrentamiento devenía de la muerte de Arturo Beltrán Leyva en diciembre pasado, mas en realidad la historia fue diferente. La ruptura comenzó cuando los Beltrán establecieron una alianza con Los Zetas, cuyo líder, Heriberto Lazcano, tenía un enfrentamiento personal con La Barbie de años atrás. Desde entonces, las relaciones entre el líder del cártel y su jefe de sicarios comenzaron a ser distantes. Buena parte de las tareas de La Barbie las comenzó a asumir Villarreal Barragán y, desde la muerte de Arturo, comenzó una guerra abierta entre los dos grupos para apoderarse del control operativo de ese cártel. En ese proceso, El Grande se acercó a Los Zetas y La Barbie al cártel de El Chapo Guzmán.

Ahora, con una diferencia de escasas dos semanas, ambos están detenidos. Independientemente de las versiones que se han suscitado en ambos casos, lo importante es precisamente eso: que están a disposición de las autoridades. Si La Barbie se entregó o no, si delató la ubicación o no de El Grande (algo bastante inverosímil, pues si aquél hubiera sabido dónde vivía su enemigo simplemente lo hubiera eliminado desde antes de ser detenido), es secundario, lo importante es que ese cártel, el de los Beltrán Leyva, que hasta diciembre aparecía como uno de los dos o tres más poderosos del país, hoy prácticamente ha sido desarticulado.

El punto sirve para insistir en un tema: la estrategia que se desarrolla en la lucha contra el crimen organizado no sólo es la correcta sino también la única posible y sus resultados se tendrán que demostrar con el paso del tiempo. Por lo pronto un cártel, uno de los más violentos y que generó buena parte de todas las muertes que hemos visto en los últimos meses, ha quedado prácticamente aniquilado: los grupos que restan se tendrán, necesariamente, que asociar a otras organizaciones para poder sobrevivir e incluso así esa posibilidad es incierta. La violencia va a continuar, pero estas detenciones también provocarán una disminución de la misma (o por lo menos una diferencia cualitativa), porque dos de los principales grupos de sicarios enfrentados han perdido a sus jefes.

En la medida en que se pueden obtener los hilos que manejan estas organizaciones y la labor de las autoridades puede agudizar sus contradicciones internas, las mismas van perdiendo capacidad de operación, caen en luchas interiores cruentas y se convierten cada vez más en pandillas, con alto poder de fuego, eso nadie lo duda, y cada vez menos en cárteles organizados, pero que también utilizan una violencia cada vez más generalizada. Hay que insistir en un punto: para el crimen organizado, para los grandes cárteles, la violencia extrema y tan amplia como la que se ha vivido es un problema grave: para realizar su negocio necesitan una cierta tranquilidad en sus plazas. En una situación de guerra entre cárteles, no sólo sus recursos se tienen que destinar a esa batalla y no al que es su negocio original sino que, además, como suele suceder en estos procesos tan violentos, los que terminan haciéndose cargo del negocio son los sicarios, como La Barbie o El Grande, que alimentan aún más la violencia generalizada porque sólo de esa forma se pueden mantener en una situación de preeminencia.

El problema que se deriva de ello es que caen cada día más en una suerte de delincuencia común organizada: en actividades de secuestros, robos y extorsiones. Y esos delitos deben ser asumidos por las autoridades locales que no están en condiciones de hacerlo con su actual estructura policial, profundamente permeada por estos grupos, aun en estado de decadencia. Por eso, entre otras cosas, es imprescindible avanzar en el esquema de policías centralizadas; por eso es imprescindible mantener la participación de las fuerzas militares, del Ejército y la Armada, en este proceso; por eso es imprescindible que los estados y los municipios participen en el mismo. Y que desde la sociedad política y los medios tengamos, también, una visión de más largo plazo. A veces, unos u otros, consciente o inconscientemente, acaban siendo manipulados por los grupos criminales, mientras que las autoridades no terminan de construir una narrativa que realmente refleje la magnitud de esta lucha ni tampoco sus complejidades y contradicciones. Pero esas son tareas de la política, no de la seguridad.

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