septiembre 12, 2010

Festejos

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

El momento del máximo esplendor del régimen de Díaz, fueron las fiestas de celebración del centenario de la Independencia. La parte visible de la ciudad de México fue embellecida y engalanada. Se derrocharon 20 millones de pesos para agasajar y atender a invitados extranjeros y nacionales que asistieron a comidas, recepciones, inauguraciones de obras públicas y monumentos, conciertos y actos culturales, desfiles, cenas y bailes.

Los festejos duraron todo el mes de septiembre: se abrieron el día primero con la inauguración del Manicomio General de La Castañeda a la que asistieron los miembros del gabinete y el cuerpo diplomático en pleno, además de unas tres mil personas. Ese mismo día la colonia italiana obsequió a la ciudad una estatua de Garibaldi, que por cierto enojó a quienes veían al prócer como enemigo de la religión católica. Al día siguiente llegó a la capital la pila bautismal de don Miguel Hidalgo que recibió honores militares antes de quedar colocada en un museo. El día 3 puso Díaz la primera piedra de la nueva cárcel de Lecumberri; el 4 hubo desfile de carros alegóricos; el 5 entrega solemnísima de cartas credenciales de los embajadores especiales que venían a las fiestas; el 8 homenaje a los Niños Héroes y el inicio de un Congreso de Americanistas; el 9 exposición de arte español; el 11 colocación de la primera piedra del monumento a Pasteur que los franceses obsequiaban a México y desfile de trajes típicos; el 12 inauguración de la Escuela Normal para Maestros; el 13 se develó en la Biblioteca Nacional un busto de Humboldt, regalo del káiser alemán; el 14 homenaje en la Catedral a los héroes de la patria y desfile, y por fin el 15 (la fecha original del levantamiento se adelantó un día para hacerla coincidir con el cumpleaños del caudillo) el grito “en la más suntuosa ceremonia que haya registrado nuestra historia”, según escribió Antonio Garza Ruiz.

Multitudes aplaudieron al presidente cuando salió al balcón central y le gritaron vivas cuando tocó la histórica campana de Dolores, traída especialmente para la ocasión.

Posteriormente en Palacio Nacional se efectuó una recepción a la que siguieron cena y baile que se celebraron en el patio central al que se había cubierto con un hermoso emplomado mandado a hacer para esa noche. Cientos de invitados asistieron engalanados con levitas, elegantes vestidos y ricas joyas. En el convivio degustaron platillos de la comida francesa que, como escribió Salvador Novo, vino a sustituir a la comida española. El menú de esa noche de gran gala fue: “Consomé de res y ternera, sopa de tortuga, trucha salmonada, filete de res, pollo y pavo con espárragos y legumbres varias, trufas y hongos y patés, todo regado con excelentes vinos, agua mineral y al final cognac”. También corrió el champagne que, como escribiría Mariano Azuela, “ebulle burbujas donde se descomponen la luz y los candiles”.

Para esa que fue la fiesta más importante de la temporada, la señora Carmelita de Díaz llevaba un vestido de seda bordado con oro, broche y al cuello varios hilos de perlas del mejor oriente. Cual si fuera reina, completaba el atuendo una espléndida diadema de brillantes. Y don Porfirio, con todas sus condecoraciones al pecho (como se ve en un óleo pintado por Cusachs) aparecía como “la majestad de la República”, según escribió Juan A. Mateos.

En el Zócalo y en las calles de la ciudad, profusamente iluminadas, había bailes populares. Cuentan las crónicas de la época que la alegría se prolongó durante toda la noche, con las luces de bengala, las campanas al vuelo en las iglesias, la música.

Y al día siguiente, como cierre magnífico de las festividades, se inauguró la columna de la Independencia, monumento diseñado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, en el cual la victoria alada se elevaba sobre la ciudad desde un altísimo pedestal de casi 40 metros, levantado en el elegante y afrancesado Paseo de la Reforma. El señor diputado Salvador Díaz Mirón, “el primero de los poetas nacionales” declamó las palabras: “Salve a Nuestra Señora/La Virgen Democracia”.

De ese festejo ya han pasado cien años. En unos días podremos hacer el balance y la comparación.

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