septiembre 26, 2010

Iturbide y la confianza nacional

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

De la lucha inicial entre federalistas y centralistas nos llegan como héroes o villanos, los que vencieron o perdieron.

Es muy oportuna la iniciativa presentada por del Senador Máximo García Valdivia, del PRD, con motivo de los festejos del Bicentenario, de restituir en el muro de honor de la Cámara de Diputados el nombre de Agustín de Iturbide. La exposición de motivos expresa que es sensato “hacer un esfuerzo de comprensión desapasionado y objetivo en torno a la figura del consumador de nuestra Independencia, fundador del Estado Mexicano, del creador de nuestra bandera y de nuestro Ejército…”

Una de los aspectos más lamentables de nuestra historia oficial es encontrarse secuestrada en las tenazas de la rígida dicotomía heredada del siglo XIX, que congela en bandos opuestos e irreconciliables los personajes que determinaron el devenir nacional.

De la lucha inicial entre federalistas y centralistas nos llegan como héroes o villanos, los que vencieron o perdieron al intentar imponer sus visiones alternativas de la nueva república. Más tarde la lucha entre liberales y conservadores la historia ofrece un país nuevamente maniqueo.

Hoy seguimos divididos por el pasado: los que admiran los progresos del porfiriato y el orden que impuso en una República herida de mutilaciones e invasiones. Otros ven inequidad social que reventó en 1910.

Para el siglo XX, el juicio oficial exalta hombres que instigaron luchas fratricidas desde el poder, mientras otros, sufrieron muerte, ostracismo o el silencio oficial.

Agustín de Iturbide viene a cuento. En 1820, una España en ruina y confusión general, pieza plegadiza en el ajedrez napoleónico. Sus reinos de ultramar en abandono y anarquía. Ni España podía retener sus posesiones, ni frenar los rescoldos guerrilleros del estallido insurgente inicial confinados a las sierras. La lucha era interminable.

Iturbide se propone convencer a las dos partes de la realidad. El abrazo de Acatempan, el 10 de febrero de 1821, entre Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, produce el Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de 1821, hoy Día de la Bandera. Vienen los Tratados de Córdoba. Las Tres Garantías: Unión, Igualdad y Religión, destraban el impasse. El 24 de agosto Iturbide convence a O’Donojú de que la Independencia de México es ya un hecho que sólo resta confirmar. El virrey entiende. Nace el México independiente.

El 27 de septiembre entra Iturbide a la Capital con su Ejército Trigarante. Coronado emperador el 18 de mayo de 1822, sus enemigos en sintonía con el interés norteamericano, antimonárquico y antiespañol, de inmediato socavan el nuevo régimen. Abdicación y destierro. En mayo de 1824, en un acto atrabiliario, el Congreso ordena la inmediata captura y ejecución de Iturbide si regresaba, lo que sucedió el 18 julio de ese año, al día siguiente fue fusilado.

Contrario a otros países, aplicamos el más feroz desprestigio precisamente al que realizó la meta de la insurgencia. Sólo se registran los hechos reprobables de Iturbide: traición, corrupción y crueldades. Y si de abusos se trata, haría falta entonces recordar las horrendas sarracinas en la Alhóndiga de Granaditas y en Valladolid ordenadas por Hidalgo y los saqueos a su paso que sembraron terror general.

Mal principio para México. Con la contundente condena a Iturbide se inicia la obsesión nacional de no reconocer los méritos del contrario. El mexicano ve la comunidad sembrada de desconfianza y descalificación irreconciliables. A lo largo de 200 años levantamos a ciencia y conciencia las divisiones que nos impiden entendernos, ni para llegar a acuerdos que nos beneficien.

Esta enfermiza sique, la que nos priva del legítimo orgullo de honrar en su exacta dimensión a aquél al que México debe su independencia, es la que hay que curar lo antes posible para realmente vernos a nosotros mismos con madurez.

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