septiembre 15, 2010

La celebración de la tolerancia

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Somos una sociedad que ha comenzado a asumir que las diferencias deben salvarse a través de la política y de la negociación.

Detesto los estereotipos. México no es lo que hoy es, lo que hoy celebramos, por muchas de las razones que la publicidad oficial y privada nos quiere vender. No somos este país por las tradiciones, que cambian con tanta facilidad en estas épocas; no lo somos ni siquiera por muchos de los héroes de la historiografía tradicional que se nos presentan siempre como personajes impolutos, enfrentados a malvados absolutos. Buenos y malos, entremezclados en una enorme maraña de grises, ha habido siempre, entre los partidarios de la Colonia y los independentistas; entre los liberales y los conservadores; entre los porfiristas y los revolucionarios; entre éstos y los cristeros; entre los priistas y sus opositores de izquierda y derecha; hoy conviven en todo nuestro sistema de partidos, entre creyentes de las distintas religiones y los que no creen, entre pobres y ricos, entre los que vivimos en el centro, en el norte o en el sur.

Esa es la verdadera grandeza de México y lo que debemos festejar hoy: nuestra gente y a partir de ella nuestra diversidad y creciente tolerancia. El lunes hablábamos de la violencia de las luchas de la Independencia y la Revolución, con su secuela de cientos de miles, millones, de muertos. La mayoría de ellos producto no de acciones militares sino de bandolerismo, represión, del hambre y la pobreza que generaron, también, esos movimientos sociales. No sé si hoy tenemos miles de veces más kilómetros de carreteras que hace 200 años (sería ridículo no tenerlos), pero sí sé que hoy, en la enorme mayoría de los casos, las diferencias políticas, económicas, sociales, se pueden solucionar en los tribunales, en el Congreso, en el debate, en la negociación, no con las armas en la mano. Es verdad que nos amenaza la violencia del narcotráfico y de otros grupos criminales, pero no deja de ser una violencia acotada y de la cual la sociedad no participa. En nuestra vida cotidiana cada vez más podemos acercarnos a un ámbito donde la convivencia social se puede dar por normas y reglas del juego claramente definidas.

A 200 años de la Independencia y 100 de la Revolución deberíamos celebrar la posibilidad, aún no es un hecho, del triunfo de la tolerancia. Por supuesto, hay violentos, existen quienes siguen pensando que los cambios futuros se deben realizar con las armas en la mano, quienes ven ese futuro en cualquiera de las dictaduras de derecha o de izquierda que pululan por el mundo. Hay quienes siguen pensando que la violencia y la intolerancia deben ser la norma a seguir, que sólo agrediendo, difamando y presionando se pueden conseguir los objetivos propuestos y eso vale lo mismo para algún cardenal que para los Gómez Urrutia o los Esparza. Mas la tolerancia, con enorme esfuerzo, se ha ido abriendo paso en la sociedad.

Hoy somos una sociedad más tolerante que hace 100 o 200 años; una sociedad que ha comenzado a asumir que las diferencias deben salvarse a través de la política y de la negociación. Seguimos pensando, en demasiadas ocasiones, que la misma, si se realiza en privado, resulta de acuerdos en lo oscurito que están malogrados desde un inicio; seguimos pensando en las grandes conspiraciones en casi todo y olvidamos que, como diría Bioy Casares, "el mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez". Pero nada de eso ha podido evitar que la tolerancia se vaya colando cada vez más en nuestra vida cotidiana e incluso en nuestras leyes.

Es esa tolerancia y no la democracia o la alternancia lo que nos define y definirá en el futuro: las sociedades más tolerantes son las más prósperas y las de mejor calidad de vida. Muchos piensan que nuestro futuro está en ser una potencia como China. Prefiero verlo en la tolerancia de muchas democracias occidentales, aunque sus economías no siempre estén boyantes ni alcancen dos dígitos de crecimiento anual. La calidad de vida va de la mano con el crecimiento económico, pero ambos no son sinónimos, como no lo son ni el pluralismo ni la alternancia. Los tres son necesarios para alcanzarla, pero ello debe trascenderlos y se define, en mucho, por esa palabra tan sencilla, tolerancia.

Decía Octavio Paz que "los especialistas en las llamadas ciencias políticas (que es, agregaba, una denominación errada porque la política es un arte) hablan normalmente de fuerzas económicas y clases sociales; pero casi nunca se refieren al interior de los hombres, que son seres mucho más complejos que las formas económicas: atesoran pasiones, sienten miedo, ocultan amor y odio". Hoy debemos celebrar a nuestros hombres y mujeres. Debemos celebrarnos a nosotros mismos.

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