septiembre 13, 2010

La mitología de la violencia

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Nuestra Independencia fue la guerra más violenta y cruda de la América hispana.

En nuestras celebraciones de la Independencia y la Revolución siempre existe una suerte de apología de las grandes o pequeñas gestas militares, de los caudillos, de la violencia aunque se considere justa, por encima de la política en sí, de la posibilidad de acuerdos, de la creación de instituciones. Y en estos días es anticlimático y políticamente incorrecto recordarlo, pero la violencia en la Independencia y la Revolución tuvo costos altísimos. La nuestra fue la guerra de Independencia más violenta y cruda de la América hispana. La Revolución, uno de los eventos más cruentos de la historia. Los costos de ambos procesos resultaron altísimos.

La violencia ha estado presente a lo largo de toda la historia de México. Desde la Conquista, la colonización y las epidemias que las acompañaron, hasta la guerra de Independencia y la Revolución, su secuela de muerte, destrucción y atraso ha sido una constante. Y en estos días, en los que nuevamente estamos viviendo una etapa marcada por la violencia, aunque tenga orígenes y razones muy diferentes a las de entonces, debemos recordarlo. Lo cierto es que la Independencia y la Revolución son dos de los momentos más violentos, con mayor número de víctimas, de la historia contemporánea, no de México, sino del mundo.

El evento que provocó mayor número de muertos en la historia fue la Segunda Guerra Mundial: en total murieron en esa conflagración unos 70 millones de personas. La Independencia de México, en las luchas que se libraron entre 1810 y 1821, generó unas 600 mil víctimas, y la Revolución cerca de un millón de muertos aunque algunos historiadores elevan la cifra hasta los tres millones.

En la Independencia, como ocurriría después con la Revolución, la mayor parte de las muertes no se dieron en grandes batallas, porque sencillamente no las hubo. Existieron innumerables luchas regionales, guerra de guerrillas y bajas de todo tipo, pero la mayoría correspondieron a la población civil, sea por actos de represión o simplemente a causa de hambruna o enfermedades. Lo mismo ocurrió, pero en un contexto mucho más grave, durante la Revolución.

Si se consideran las 25 guerras con mayor cantidad de bajas de la historia moderna, la Revolución Mexicana, con todas sus secuelas, más aún si se suma a ella la guerra cristera, ocupa el noveno lugar en la historia, con el mismo número de bajas que la guerra civil española y sólo superada por las dos mundiales, la Revolución Rusa, la guerra de Corea y la de Vietnam, las napoleónicas, la guerra chino-japonesa y la invasión rusa a Afganistán.

Y, sin embargo, quizá por la mitología oficial que a lo largo de décadas se construyó en torno a la Revolución, no se termina de explicar cómo se dieron esas bajas ni los costos que tuvo esa violencia para la historia del país. No hubo en la Revolución grandes batallas: las dos más importantes fueron la toma de Ciudad Juárez y, sobre todo, la de Celaya. En la primera se estima que hubo cerca de 11 mil muertos, en la segunda se dice que unos 35 mil. Pero, entonces, ¿cómo explicar que hayan perdido la vida entre un millón y tres millones de personas?.

Si nos quedamos con la cifra del millón de víctimas en la Revolución, eso implica que murieron ocho de cada cien mexicanos de aquella época. Pero la mayor parte de las muertes se dieron por hambre, desnutrición y enfermedades, no en los campos de batalla. Lo que sucedió es que la Revolución desarticuló por completo el esquema productivo del país, que no se comenzó a recuperar sino hasta bien entrados los años 40. La Revolución tuvo un costo económico y social elevadísimo, superior al de los eminentemente militares.

Independientemente de la gesta política, el costo social que generó la Revolución Mexicana se puede medir en cifras. La violencia no deja progreso, sino rezago y pobreza. Al inicio de la Revolución, el ingreso promedio de un estadunidense era el doble del de un mexicano. Actualmente es unas seis veces superior. Y no es porque Estados Unidos no haya estado en guerras o haya escapado de la violencia. En la Primera Guerra Mundial y en la Segunda tuvieron cientos de miles de muertos, lo mismo que en Corea y Vietnam o ahora en Irak o Afganistán. La diferencia básica es que su sistema productivo y su sociedad no terminaron, como con la Revolución o la Independencia, desarticulados. Las guerras no fueron en su territorio y tampoco se generaron, desde la de secesión de 1861, guerras civiles tan prolongadas y sangrientas como las nuestras.

Y ahí reside precisamente el peligro de la violencia que enfrentamos ahora, un siglo o dos siglos después de aquellos hechos históricos. No tiene paralelo la actual con aquélla, pero el hecho es que la violencia vuelve a estar entre nosotros como un enemigo interior, provoca miles de víctimasy afecta, una vez más, la calidad de vida.

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