septiembre 01, 2010

Ley y realidad

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Perseguir la violencia asociada al narcotráfico más que al narcotráfico mismo, como he sostenido en columnas anteriores, puede sonar cínico, pues se trata de ofrecer un pacto tácito de tolerancia al tráfico ilegal si no afecta con violencia y crímenes colaterales la seguridad de ciudades y ciudadanos.

El cinismo deja de serlo cuando quien lo propone propone también legalizar lo que hoy perseguimos. La legalización tendría menos costos para México de los que tiene la persecución.

Pero ya que la legalización cabal es imposible sin la anuencia estadunidense, no así el debate sobre el tema, fundamental para pensarlo con amplitud, lo que propongo en el fondo es un ejercicio de humildad y realismo, y un cambio de rumbo hacia la homologación paulatina de las prácticas mexicanas con las estadunidenses.

Nuestra fortaleza institucional no sólo no alcanza para ejecutar la prohibición vigente del tráfico de drogas, sino que se llena de nuevos agujeros cada vez que intentamos hacerla efectiva.

Hemos fracasado una y otra vez: en los 70 con la Operación Cóndor, en los 80 con la limpia de Guadalajara que dio lugar a la primera gran proliferación de la hidra del narco, en los 90 con un zar antidrogas que resultó ser el zar de las drogas, en los últimos años con la estrategia de lucha contra el narco.

No, no podemos frenar el paso de drogas prohibidas al gran mercado del vecino del norte. Tampoco pueden hacerlo Estados Unidos, que ejerce en la práctica una política de tolerancia controlada al tráfico y el consumo.

La diferencia es que el tráfico y el consumo de drogas no representa para EU una amenaza de seguridad pública, violencia intolerable ni destrucción institucional. Para nosotros sí.

Tenemos que encontrar la fórmula estadunidense de lidiar con este problema, ya que partimos de la irracionalidad común de prohibir con leyes y perseguir con policías una ley inexorable del mercado, diría Leo Zuckermann, que es la de la oferta y la demanda.

Lo mismo puede decirse del tráfico de trabajadores ilegales mexicanos, centro y sudamericanos.

México no puede detener el flujo ilegal de drogas ni el flujo ilegal de trabajadores que corren a los grandes mercados de ambas cosas que hay del otro lado de la frontera.

Estados Unidos tampoco. Vive con millones de trabajadores ilegales en su territorio y con el mayor mercado de drogas prohibidas del mundo, evidencias suficientes, multitudinarias, de que no puede aplicar sus leyes en la materia.

Debemos homologar nuestras prácticas de administración de esos mercados más que nuestras prácticas, hasta hoy infructuosas, de combatirlos.

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