septiembre 01, 2010

Los capos

Sergio Sarmiento
Jaque Mate
Reforma

"Una vez que escuchas los detalles de la victoria, es difícil distinguirla de la derrota".
Jean-Paul Sartre

El gobierno de la República ha asestado en estos últimos meses una serie de golpes contundentes contra líderes relevantes del narcotráfico. La detención de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, el 30 de agosto, es importante, como lo han sido también las muertes de Nacho Coronel y Arturo Beltrán Leyva en los meses pasados. No pueden regateársele al gobierno federal estos triunfos.

Si los avances en la lucha contra el crimen organizado se midieran por el número de capos muertos o capturados, México podría estar levantando ya las banderas de la victoria. El problema es que ésta es una guerra que no se gana simplemente con la muerte o captura de dirigentes de bandas. De hecho, si la experiencia de estos últimos años nos dice algo es que cada muerte o captura de un capo abrirá las puertas a una nueva explosión de violencia.

Es natural. Las desapariciones de líderes no eliminan ni la demanda por la droga ni su producción. Simplemente generan vacíos de poder que, en un negocio tan rentable como éste, producen violentas batallas entre las nuevas generaciones de narcotraficantes.

Para los ciudadanos comunes y corrientes, que son las principales víctimas en la oleada de violencia de nuestro país, la captura de La Barbie no es por ello un triunfo. Si este hombre es realmente tan poderoso en el negocio del narco como se ha dicho, el éxito de las autoridades no puede ser más que el principio de una nueva pesadilla de violencia.

Entiendo que el gobierno no puede simplemente lavarse las manos y dejar operar en el país a los cárteles de la droga. La función de las autoridades es hacer cumplir la ley; y la ley vigente, deseable o no, prohíbe el tráfico de estupefacientes. No es posible que permitamos que grupos de delincuentes dicten las reglas que debe seguir la sociedad.

Por otra parte, La Barbie -como otros dirigentes de los cárteles de la droga- ha acumulado un buen número de homicidios y de otros crímenes a lo largo de los años. No es un simple vendedor de drogas, un negocio en que las víctimas quieren ser víctimas.

El que sea inevitable actuar contra los grandes capos no significa, sin embargo, que su captura o muerte vaya a eliminar la violencia o el comercio de drogas. En este sentido, la victoria para el gobierno es muy distinta de la que quisiéramos tener los ciudadanos que deseamos vivir en tranquilidad y seguridad. El Presidente puede estar orgulloso de haber capturado o matado en los últimos meses a tres de los capos más importantes del país, pero esa victoria se reflejará seguramente en un mayor sufrimiento para los ciudadanos.

De hecho, el gobierno parece haber saltado a una de esas guerras en que la victoria es realmente imposible. Las fuerzas del Estado no tienen otra forma de pelear que capturar o matar a los capos del crimen organizado. Reducir la demanda o eliminar la producción de drogas es virtualmente imposible. La consecuencia es que cada victoria lleva dentro de sí las semillas de reacomodos violentos en un mercado cuyos factores esenciales no se han modificado.

Si somos realistas, debemos reconocer que el gobierno está peleando una guerra que quizá sea importante pero en la que es imposible alcanzar la victoria, porque cada triunfo fortalece al enemigo.

SIN PRESIDENTE

Hemos pasado del día del Presidente al Informe sin Presidente. No podemos echarle la culpa al primer mandatario. No fue él quien impidió el ingreso de Vicente Fox al Palacio Legislativo en 2006, ni quien le pidió a Felipe Calderón que se presentara a entregar su informe escrito en el 2008 pero sin pronunciar palabra. Tampoco fue el Ejecutivo quien enmendó el artículo 69 de la Constitución para eliminar la presencia del Presidente en el Congreso. No tengo duda, sin embargo, de que como ciudadanos hemos perdido algo importante al permitir la creación de este Informe sin Presidente.

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