septiembre 18, 2010

Recordando septiembre

Andrés Pascoe Rippey (@Andrespascoe)
apascoe@cronica.com.mx
Invasión retrofutura
La Crónica de Hoy

Nos distraemos con facilidad. Rápidamente nos sumergimos en lo trivial y entretenido, perdiendo perspectiva de qué nos ha arrastrado hasta el lugar en el que estamos. Nos olvidamos de demasiado y demasiado fácilmente.

Hoy quiero recordar. Quiero recordar que septiembre es un mes trágico. Quiero recordar que el primero de septiembre de 1939 las tropas de Adolf Hitler invadieron Polonia, iniciando la Segunda Guerra Mundial, la más desastrosa conflagración que nuestro planeta ha visto. Cerca de 70 millones de personas perdieron la vida en esa guerra, y si bien la máquina genocida nazi fue inigualable, los aliados incurrieron en gravísimos crímenes de guerra. Al final ganaron, pero no salieron limpios.

Quiero recordar que hace 37 años, el 11 de septiembre de 1973, se dio el más sanguinario golpe contra la democracia en la historia de Chile, y uno de los peores en la historia de Latinoamérica. La dictadura chilena mató a más de tres mil personas (según los cálculos más conservadores) y torturó a cerca de 50 mil —seis mil de los cuales eran niños y niñas, atormentados frente a sus padres para hacerlos confesar (otra vez, según los cálculos oficiales).

Ese día de septiembre comenzó a construirse un sistema de mentiras que, incluso hoy, 20 años después de concluida la dictadura, se mantiene. Las mentiras respecto a que el “Golpe” era “inevitable”; falsedades respecto al supuesto “éxito” económico de los Chicago Boys; mitos respecto al Plan Z, a la restauración del orden. En esencia, lo que pasó el 11 de septiembre es que la oligarquía chilena y los Estados Unidos usaron a los militares como sus lacayos para darle una lección a la sociedad. Los lacayos resultaron, sin embargo, revoltosos. Augusto Pinochet gobernó con mano de hierro y, aunque siguió obedeciendo a los poderes fácticos, también les hizo sentir su fuerza.

Hoy, los pinochetistas que quedan —pocos pero radicales— se sienten discriminados y marginados. Los partidos de ultra derecha se han borrado las suásticas, tratando de dar la imagen de demócratas; los prohombres del régimen militar son hoy senadores y diputados y miran en otra dirección cuando la familia de Pinochet les exige que les paguen los favores.

Quiero recordar los ataques terroristas del 2001 en Manhattan. Justo el día de ayer se cumplieron 400 años de que un holandés, Henry Hudson, le compró la isla entera a los indios nativos por 24 dólares, y fundó la Nueva Ámsterdam. Pronto los británicos se apoderarían del territorio y la bautizarían con el nombre que hasta hoy tiene: Nueva York. Fue ahí, en el corazón de esa isla, que dos aviones se estrellaron matando a unas tres mil personas, y marcando un hito en la historia de la guerra asimétrica.

Las teorías de complot abundan — algunas bastante creíbles—, pero lo que me importa son las personas. Aquellos que fueron a trabajar esa mañana y terminaron enterrados en el concreto o quemados en el incendio son los que deben ser recordados. Son las víctimas lo que merece ser recordado. Son los muertos.

Quiero recordar el 13 de septiembre de 1847, cuando tropas de Estados Unidos atacaron y tomaron el Castillo de Chapultepec, dando fin en los hechos a la guerra entre estos dos países. Ese día se marcó el fin de nuestra posesión de Texas, California, Arizona y demás. Una gran pérdida para nuestra nación, pero considerando lo que hemos hecho con el resto de nuestro país, ¿habríamos aprovechado ese territorio?

Quiero recordar el 19 de septiembre de 1985 en la ciudad de México y el terremoto que le costó la vida a unas diez mil personas. El temblor fue salvaje, pero tuvo un efecto positivo: desnudó al gobierno priista de Miguel de la Madrid —hoy loco confeso— como un reino de ineptitud, corrupción y torpeza. La gran prueba de aquel presidente fue proteger a su gente de la naturaleza y fracasó. Ahí nació, en realidad, la transición política mexicana. Todavía nos tardaría 15 años sacar al PRI del poder, pero su suerte estaba echada.

Septiembre es el mes patrio —y del Bicentenario— en México y en otros países de Latinoamérica. Es el mes en que comenzamos a liberarnos del yugo español y a independizarnos. Son fechas que celebramos —y con razón—, pero olvidamos que son sólo símbolos. Fue en esos días que nos declaramos independientes, pero aún tomaría mucha sangre y fuego lograr ser naciones soberanas.

Septiembre tiene sus cosas buenas. Nació Tolstoi (1828); nació Marco Polo (1254); nacieron Sophía Loren (1934) y Marcelo Mastroianni (1924); nacieron Cervantes (1547) y Mafalda de Quino (1964); se estrenó La Flauta Mágica de Mozart (1791).

Nos distraemos con facilidad y nos dejamos llevar por lo inmediato. Pero hay que saber recordar. Así sea porque la verdadera historia es la que recordamos. Así sea para no olvidar el sufrimiento de quienes dieron forma a nuestro mundo. Así sea por los muertos. Recordemos septiembre.

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