septiembre 06, 2010

Un país de mentiras

Gabriel Guerra Castellanos (@gguerrac)
Internacionalista
gguerra@gcya.net
El Universal

Hace apenas unos años, los mexicanos creíamos que nuestra nacionalidad nos confería atributos y cualidades que nos hacían muy diferentes de los demás, que el nacionalismo que llevábamos dentro nos permitía sentirnos, como en el corrido, superiores a cualquiera, o por lo menos inmunes a los riesgos de la globalización o a la pérdida de valores que observábamos, no sin cierta vanidad, en nuestros vecinos o rivales históricos.

Sucesivos gobiernos se dieron a la tarea de fomentar este nacionalismo con todas las herramientas a su alcance: glorificando y maquillando la historia nacional, fomentando la adoración de santos laicos que supuestamente inculcarían en adultos, jóvenes y niños valores de una mexicanidad que nadie alcanzaba bien a bien a definir pero que todos buscaban avanzar. El “ser mexicano” era una cualidad que iba mucho más allá del folclor, que se presentaba como una virtud innata, a la que sólo se accedía por la terrestre vía del nacimiento, a la que ningún otro podía llegar por más tiempo que hubiese vivido en el país, por más que renunciara a otra nacionalidad, a otra patria, a sus orígenes.

Así construimos una serie de fetiches alrededor de lo hecho en México y de los nacidos en México, una de las muchas paradojas que hoy somos: un país de xenófobos que reclama buen trato a sus migrantes; de intolerantes que exige tolerancia a sus peculiares hábitos y costumbres; de racistas que condenan la discriminación en otras partes del mundo… Una nación de hipócritas que proclaman su patriotismo a los cuatro vientos mientras que lo minan todos los días desobedeciendo las más mínimas y elementales normas de conducta ciudadana.

Esta patria de doble moral y simulación perfeccionó las fórmulas de autoengaño que tanto nos gustan: la dictadura que no lo era; la censura que lo mismo pagaba que pegaba; la prosperidad que empobrecía a millones; las políticas sociales que enriquecían a unos pocos; la libertad de expresión que se cuidaba de sí misma; la vocación religiosa de los pecadores; la mojigatería de los libertinos; los sermones moralistas de los más corruptos; las quejas contra los impuestos de los evasores; la voluntad democrática de los autoritarios…

La hipocresía del viejo régimen permeó todas las estructuras sociales y también muchas de las individuales, aunque tal vez fue al revés: ¿será posible que no haya sido el antiguo sistema el que pervirtió a los mexicanos, sino que más bien somos los mexicanos mismos los que pervertimos a cualquier sistema que se nos pone enfrente?

A 10 años de la llegada de la alternancia en el poder no se observan demasiadas diferencias ni en la vida pública ni en la privada, ni en la política ni en la sociedad. Hay honrosas excepciones, claro, y avances que son más producto de la natural evolución que de algún cambio dramático y radical en el ADN de los mexicanos, pero sigue siendo el nuestro un país de simulaciones, de caciques, de actitudes y actos antidemocráticos, de corrupción, de impunidad, de ejercicio selectivo de la justicia, de favoritismos en el sector público y privado, de pretextos, de fallas individuales que conducen a fracasos colectivos, de absoluta falta de responsables.

Porque nadie es culpable de nada: en México vivimos en un universo paralelo en el que no hay consecuencias: ni para el funcionario público que es omiso en sus labores ni para el empresario que defrauda a proveedores y usuarios ni para el legislador que no cumple su tarea ni para el impartidor de justicia que es selectivo en su trato, ni para el pastor religioso que convoca y provoca divisiones y heridas en vez de buscar la unión y la hermandad espiritual.

¿Por qué es así? Como siempre, buscamos respuestas que no lo son, que sólo alimentan el engaño que procuramos porque nos permite evadir nuestras responsabilidades individuales y atribuirle nuestros males al destino, a la religión, al viejo o nuevo sistema, al partido político que sea el villano del momento.

Hace unos días, en una reunión, alguien se atrevió a preguntar si alguno de los presentes no había violado ninguna ley, norma o reglamento en los últimos 30 días. Ninguna mano se levantó, lo cual habla de la sinceridad de los asistentes más que de sus fallas. Ahí, en ese espejo, nos vemos todos, todos los días. Mientras no podamos, algún día, levantar la mano, seguiremos siendo lo que somos hoy: un país de mentiras con ciudadanos de mentiras…

No hay comentarios.: