octubre 29, 2010

Adiós al periodismo

Salvador Camarena (@SalCamarena)
Tronera
El Universal

Un señor que no ha ocupado puesto público en la última década es remitido al Torito por haber sobrepasado en cuatro décimas el límite del alcoholímetro. O sea, algo que podría pasar a usted o a mí cualquier noche. Por lo que se sabe, el sujeto mantuvo la dignidad que múltiples medios y periodistas ya no reconocemos ni aunque nos la deletreen. Un ciudadano común fue convertido en objeto de escarnio por una falta administrativa. No fueron los tabloides sensacionalistas los que aullaban de regocijo por pillar a un notable en un trance ordinario. Fueron medios “serios” los que al decidir que esa nota merecía notoriedad en sus portales, primeras planas y tiempos estelares, azuzaron a audiencias que mastican todo retazo que lancemos por la sed de venganza de ver a un poderoso humillado. Salvo que aquí yo no vi ningún “poderoso”, y para colmo el susodicho sobrellevó el trance con propiedad e incluso algo de humor.

Si en casos triviales como el anterior, los comunicadores perdemos la dimensión de lo que debería ser publicado y lo que no, a nadie debería extrañar que los periodistas nos entreguemos sin pudor a la difusión de un material propagandístico criminal en donde una persona, encañonada por cinco delincuentes, hace señalamientos de supuestos ilícitos, varios de ellos auto-incriminadores. Al cobijo de la falaz justificación de que si nosotros no lo emitimos, las audiencias de cualquier manera se enterarán —gracias a internet y sus redes sociales—, hemos renunciado al privilegio que nos había encargado la sociedad: ya no queremos decidir entre lo que debe y lo que no debe ser publicado. Éramos un filtro, debíamos separar la sustancia de la morralla, el grano de la paja, nos pidieron desde siempre que comunicáramos lo verificable, lo relevante; no sólo lo novedoso, sino la noticia con valor para el colectivo, las historias que fueran construyendo día a día una identidad, un discurso social para el futuro. Éramos cocinero; hoy somos, con perdón para ellos, tablajeros: presentamos las piezas crudas. ¿Para qué preocuparse por las toxinas que antes la cocción eliminaba, si la gente se come por igual los pedazos sanguinolentos? ¿Por qué aspirar a preparar algo bueno, nutritivo para cada día, si de lo único que se trata hoy es de hartarse?

Los comunicadores recurrimos a otro preocupante argumento para perdonarnos la falta de contención. Participamos en la humillación de una persona con cañones a 15 centímetros de su cabeza porque desconfiamos de las instituciones. En vez de presionar a los gobiernos para que procedan a investigar primero y a informar después, en lugar de eso, ponemos nuestra suspicacia en más alto valor que la vida y la dignidad de un ser humano, y procedemos a difundir algo que debería ser siempre impublicable. Y perdonen el ejemplo: no fuera un video de un perro siendo martirizado, porque entonces las redes sociales —y algunos medios— no cabrían de tanto indignado reclamo.

La prensa de Estados Unidos jugó un papel crucial para sostener en pie a su país tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. Decidieron no repetir algunas imágenes y fueron cuidadosos para que tragedias como la del periodista Daniel Pearl, decapitado en Paquistán en 2002, no alimentara el morbo, sino la indignación frente al terrorismo, mientras reforzaba los ideales de esa nación. En esta semana que termina ¿qué fue lo que fomentamos los medios mexicanos?

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