octubre 14, 2010

Chile, mineros... y Napo

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

En México no lo hemos comprendido y la política partidaria de cortísimo plazo termina actuando como un freno para todo.

El rescate de los 33 mineros en Chile ha emocionado y asombrado al mundo. Se trata de una verdadera gesta tecnológica, pero también política y social. Chile ha demostrado a todos que pudo realizar una labor de rescate envidiable, con orden y organización, ha utilizado tecnologías propias y ha sabido sumar y buscar apoyo externo. Y luego del catastrófico terremoto de hace unos meses ha logrado, con la operación de rescate, recuperar la confianza de la gente en el futuro del país. Y eso es invaluable.

Chile ha dado ejemplo en muchas oportunidades de lo que se debe hacer para ser una nación más competitiva, eficiente, bien administrada y que logre mejorar la calidad de vida de la gente. Su clase política no se ha apartado, gobierne la coalición de centro izquierda o como hoy una fuerza de centro derecha, de una línea de trabajo basada en poner al país al día en forma constante, para no perder el camino del desarrollo. Pareciera que todos saben con bastante claridad que, para no regresar a los tiempos terribles del pinochetismo, la vía es el crecimiento económico, una estrategia clara de inserción internacional y el alejamiento de las aventuras político partidistas, sobre todo de los populismos de cualquier signo. Y de eso han dado muestras desde Eduardo Frei hasta Ricardo Lagos, lo hizo Michelle Bachelet y ahora Sebastián Piñera, con todas las diferencias políticas e ideológicas que pudieran existir entre ellos. Son enseñanzas que comienzan a tomar otros países (Colombia, Perú, Brasil) al ver el fracaso y la polarización que las vías cortas de los Chávez o los Morales, incluso de los Kichner, generan en la sociedad.

En México no lo hemos comprendido y la política partidaria de cortísimo plazo termina actuando como un freno para todo. Hace 17 años ya que no tenemos un proceso real de reformas, la economía sigue rezagándose, la competitividad también, en unos pocos años pasaremos de ser un exportador de petróleo a importadores ya no sólo de gasolinas sino también de crudo y nadie quiere darse por enterado. Un grupo de diputados quiere vengar las derrotas electorales en algunas entidades reduciendo el IVA; la gran mayoría sabe que requerimos verdaderas reformas fiscales y energéticas de fondo, pero ninguno quiere impulsarlas porque están especulando con sus repercusiones electorales; muchos más quieren frenar la transición de la televisión analógica a la digital porque creen que ese salto tecnológico, imprescindible en muchos sentidos, puede ser utilizado electoralmente (y con esa lógica han logrado durante tres sexenios frenar cualquier tipo de reforma estructural). Tenemos ya varios precandidatos destapados para 2012, pero ninguno nos quiere decir, realmente, qué se proponen hacer en caso de llegar al gobierno, y eso está valiendo tanto para un Peña como para un López Obrador, con todos los matices intermedios, mientras que seguimos discutiendo la viabilidad o no de las alianzas PAN-PRD sin que esos partidos nos digan para qué quieren derrotar al PRI y el tricolor no nos dice cuál es su opción de futuro.

Estamos dejando todo librado a la voluntad, al carisma, a los personalismos. Simplemente no hay proyectos de largo plazo y cuando los hay no se pueden sacar adelante porque siempre se cruzan los calendarios políticos y la mezquindad partidaria aflora. Eso sí, todos hacen llamados a la unidad nacional, a la búsqueda de consensos, pero ninguno se pone a trabajar en forma clara y transparente para buscarlos.

Y en el camino todo se vale: ¿qué mejor demostración de ello que las declaraciones de Napoleón Gómez Urrutia, ostentándose aún como líder de los mineros, tratando de explotar la tragedia de Pasta de Conchos y equiparándola con la de la mina de San José, en Chile, cuando resulta evidente que ambos casos no tienen paralelo, más que la tragedia en sí misma? El desprecio por la justicia y su politización es una norma que abona constantemente a nuestro deterioro: Gómez Urrutia tendría que equiparar su poder y sus recursos con los de cualquier sindicalista chileno, si de lo que se trata es de hacer comparaciones; debería dar la cara y afrontar la justicia en nuestro país, en vez de estar protegido por una empresa canadiense que quiere, a través suyo, ingresar al mercado mexicano. Debería dejar que los miembros de su sindicato, como es el caso de los mineros chilenos, tuvieran libertad de contratarse y de afiliarse; debería rendir cuentas de los recursos del sindicato.

Las comparaciones, decían las abuelas, siempre son odiosas, pero no si las hacemos que sirvan, por lo menos, para mirar al frente y no constantemente para atrás.

Emulemos lo mejor de Chile y de sus mineros. Los líderes de los nuestros son la antítesis de ello.

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