octubre 24, 2010

Despenalización de drogas que funciona

Glenn Greenwald (@GGreenwald)
Autor del estudio “Despenalización de las drogas en Portugal: Lecciones para crear una política de drogas justa y exitosa”
El Universal

El 2 de noviembre los californianos votarán la Proposición 19, una iniciativa que busca legalizar la mariguana. Ya que ningún estado jamás ha tomado una medida similar, los votantes están siendo sometidos a una avalancha de aseveraciones que busca infundir temor —y que no se encuentra respaldada por evidencias— sobre lo que sucedería si se aboliera la prohibición de las drogas. No debería ser así.

Hace diez años Portugal se convirtió en la primera nación occidental en aprobar una despenalización completa a nivel nacional. La ley, aprobada el 1 de octubre del 2000, abolió las sanciones criminales para todas los estupefacientes —no sólo la mariguana, sino también “drogas duras” como la heroína y la cocaína. Esto aplica sólo a las drogas para consumo personal; el narco continúa siendo una ofensa criminal. Hoy contamos con una década de evidencia empírica sobre lo que en realidad sucede —y lo que no ocurre— cuando se eliminan las sanciones criminales contra la posesión de drogas.

Los individuos que son detectados con drogas en Portugal ya no son arrestados o tratados como criminales. Se les envía en cambio a un tribunal de profesionales de salud donde se les ofrece la oportunidad, pero no se les obliga, a recibir un tratamiento brindado por el gobierno.

De acuerdo a cualquier indicador, la experiencia de Portugal con la despenalización de las drogas ha sido exitosa. El consumo de drogas en muchas categorías ha disminuido en términos absolutos, incluyendo grupos demográficos como el de personas entre los 15 y 19 años. Donde las tasas de consumo han subido, los aumentos han sido modestos —mucho menor a los registrados en otras naciones de la Unión Europea, las cuales insisten en una política de penalización.

Portugal, que tenía uno de los problemas de drogas más graves en Europa, ahora tiene la tasa de consumo de mariguana más baja del continente. Todas las otras patologías relacionadas con las drogas, incluso el contagio de HIV, hepatitis y las muertes por sobredosis, han disminuido considerablemente.

Más allá de la evidencia, el éxito de Portugal con la despenalización queda patente por la ausencia de iniciativas políticas tendientes a reinstaurar la penalización. Muchos políticos vaticinaron consecuencias terribles, incluyendo aumentos masivos en el consumo de drogas entre los jóvenes y la transformación de Lisboa en un “paraíso de drogas para los turistas”.

Pero, ninguno de esos temibles escenarios tuvo lugar. Los portugueses, capaces de comparar los serios problemas de drogas que tenían en los años noventa con la muy mejorada situación de ahora, no tienen deseos de volver a los tiempos de la penalización. Tampoco hay políticos influyentes que lo estén proponiendo. Podría parecer contra-intuitivo que la despenalización pudiera mejorar los problemas de drogas. Pero los funcionarios de narcóticos portugueses, con una década de experiencia con esta política, entienden las razones por las que se da esta relación causal.

Primero, cuando un gobierno amenaza con convertir a los consumidores de drogas en criminales, una barrera de miedo se erige entre los funcionarios y ciudadanía, lo cual da al traste con un tratamiento efectivo y socava las campañas de educación. Segundo, tratar una adicción a las drogas como un problema de salud y no como un crimen significa que se pueden encontrar soluciones adecuadas. Si el objetivo es que los adictos dejen de consumir drogas, la terapia es una estrategia más efectiva que el encarcelamiento. Tercero, cuando el Estado ya no gasta exorbitantes cantidades de dinero en arrestar, enjuiciar y encarcelar a los consumidores de drogas, ese dinero puede usarse en programas de tratamiento efectivos o en servicios como clínicas de metadona para limitar los daños relacionados con las drogas.

Cualquiera que sean las opiniones sobre liberalizar las leyes de drogas, el debate debe basarse en la evidencia empírica —no en la especulación y en aseveraciones que pretenden infundir miedo.

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