octubre 18, 2010

El carro presidencial

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Estuve el viernes en el muy hospitalario Congreso mexiquense para dar una charla sobre Un futuro para México, el ensayo, ahora pequeño libro, que escribimos Jorge Castañeda y yo.

La nota de MILENIO Diario del sábado reportó en su cabeza que, según yo: Los panistas “no han sabido manejar el carro presidencial”.

No. Lo que dije es que el carro presidencial no sirve y por eso nadie puede manejarlo bien. El problema de nuestra parálisis política nace del diseño institucional, no sólo de la torpeza de los políticos.

Para ejemplificar esto, suelo decir que el problema no son los choferes, sino el coche, o que el problema de la casa presidencial no es el inquilino, sino la casa, que tiene goteras.

De por sí es mala la fórmula de un sistema presidencial como el de México, con tres partidos fuertes, donde ninguno de los tres puede ganar la mayoría absoluta en el Congreso (50+1). Un presidente sin posibilidad de mayoría absoluta en el Congreso es un presidente paralítico. Está siempre bloqueado por el Congreso.

La reforma del 96 agravó las cosas, porque en lugar de corregir esa debilidad la institucionalizó. Desde las elecciones intermedias de 1997 la oposición es siempre mayoría absoluta en el Congreso, pero no es una mayoría que decide, pues está dividida a su vez: la forman los dos partidos que perdieron la elección presidencial.

De esa mayoría dividida salen bloqueos pero no acuerdos de mayoría —salvo el acuerdo de bloquear al partido en el poder para limitar sus éxitos, con miras a las próximas elecciones.

La reforma del 96 venía huyendo, con toda razón, de las mayorías abusivas del PRI y de sus presidentes sin rienda. La reforma de aquel año se hizo pensando en que nadie tuviera la mayoría absoluta, para que to-
dos tuvieran que ponerse de acuerdo.

La primera parte de la fórmula se cumplió, la segunda no: desde entonces nadie tiene mayoría absoluta pero nadie se pone de acuerdo. Desde entonces, en la búsqueda de acuerdos serios con el Congreso, han fracasado todos los presidentes: Zedillo, Fox y Calderón.

Si no cambia el diseño fracasarán también los que vengan. Porque lo que no sirve es el diseño institucional del presidencialismo.

Los presidentes mexicanos manejan un coche que no tiene volante y viven en una casa con goteras. Por eso se estrellan a cada rato y se mojan con cualquier chubasco.

Hay quienes dicen que así está mejor, que de eso se trata la democracia. Otros pensamos que la parálisis acaba desprestigiando a la democracia y enajenando la confianza de los ciudadanos en la vida pública.

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