octubre 25, 2010

El IFE

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

El Instituto Federal Electoral es la institución crucial de la democracia mexicana. Tuvo su momento de esplendor en el año 2000, cuando arbitró la alternancia con pulcritud e inteligencia. Costó y sigue costando mucho, en términos económicos y políticos, y su desempeño ya dejó de aprobar el análisis de costo-beneficio.

Si bien la democracia perfecta no existe en ninguna parte del mundo, los países desarrollados han cruzado un umbral de madurez democrática que México apenas vislumbra. Tienen libertades que nosotros ejercemos hasta el exceso -la de expresión, por ejemplo, que desgraciadamente no tiene aquí las restricciones de protección a la reputación de las personas que sí tiene en el primer mundo- pero también salvaguardas de inclusión a todas las expresiones sociales y de limpieza y equidad en las contiendas que en estas tierras son precarias. No olvidemos que cuatro años después de la elección del 2006 una tercera parte de los mexicanos sigue sin creer que el voto se haya respetado. Se trata de lo que yo llamo el dato duro más terco en este país y es, a no dudarlo, el síntoma de que algo anda mal en nuestro principal órgano comicial.

El Instituto Federal Electoral es la institución crucial de la democracia mexicana. Nació envuelto en grandes expectativas y las cumplió en su primera etapa, pero luego sufrió una regresión. Tuvo su momento de esplendor en el año 2000, cuando arbitró la alternancia con pulcritud e inteligencia, y seis años más tarde perdió una parte considerable de la confiabilidad que había ganado por su mal manejo de aquellos comicios tan cerrados. El asunto trasciende el ámbito de la opinabilidad y de las filias y fobias partidistas: la credibilidad se mide en encuestas y los resultados están a la vista. El hecho es que construir y operar el IFE costó y sigue costando mucho, en términos económicos y políticos, y su desempeño ya dejó de aprobar el análisis de costo-beneficio.

Nuestra democracia es la más cara del mundo. La inversión y el gasto en ese Instituto fueron y son cuantiosos porque aquí nadie cree en nadie y fue necesario idear una serie de instrumentos muy complejos que dieran la seguridad a los ciudadanos de que, en cumplimiento de una de las asignaturas pendientes de la Revolución de 1910, su sufragio sería al fin efectivo. Van algunos ejemplos. La credencial de elector es de una sofisticación que asombra a los norteamericanos y a los europeos, acostumbrados a votar con simples identificaciones de cartón. Producir más de setenta millones de tarjetas de plástico con fotografía, holograma y candados contra la falsificación que casi emulan una película de James Bond, más muchas copias de un padrón con las fotos de los electores, provoca perplejidad afuera y nos cuesta muchísimo dinero adentro. Y qué decir de los onerosos subsidios a los partidos políticos y de la gran infraestructura y de la enorme burocracia que tiene que costear ese monstruo en que se ha convertido el IFE. Si en los momentos críticos de la transición se consideró, con cierta razón, que el desembolso valía la pena porque se estaba comprando uno de los bienes más escasos en México -la confianza-, creo que ahora que nos cuesta más y que es menos creíble que antes urge replantear muchas cosas.

El reciente debate en torno al IFE se ha concentrado en la reforma electoral del 2007-2008. Partidarios y detractores discuten lo que debe permanecer y lo que debe cambiar en la legislación para que el órgano que la aplica funcione mejor, algo sin duda pertinente, pero unos y otros dejan de lado lo cuestionable de su estructura y su operación y soslayan el problema de la integración de su Consejo General. ¿Su gigantismo garantiza eficacia y eficiencia? ¿La complejidad de sus procedimientos y herramientas es proporcional a sus resultados? Y lo más importante, esto sí producto de disposiciones constitucionales, ¿qué método de designación puede asegurar la imparcialidad de cada consejero, o al menos impedir que deba su cargo a un partido? Porque es evidente que el actual refuerza la partidocracia y propicia que los árbitros salgan a pitar los juegos con sus lealtades partidarias a cuestas.

Ahora que la Cámara de Diputados procesa los nombramientos de las tres personas que ocuparán las tres inminentes vacantes en el Consejo del IFE, conviene observar de cerca el proceso. Particularmente, hay que vigilar las negociaciones entre el PRI, el PAN y el PRD, y hay que tomar nota de quién es quién en la baraja. Será necesario legislar para corregir el sesgo de las cuotas, pero mientras se acumula la suficiente presión social para empujar a los legisladores a hacerlo es imperativo poner los reflectores sobre ellos para que tengan que pagar un precio si ignoran la capacidad de algunos aspirantes en aras de premiar a los que ofrezcan subordinación a sus consignas. Pase lo que pase de cara a la próxima elección presidencial, sean quienes sean los candidatos, ese proceso electoral estará preñado de rispideces y crispaciones. Cuidado. Sin consejeros con la preparación y la fuerza para actuar con independencia, 2012 se volverá inmanejable. Si aun y cuando los tres nuevos relevistas en el Instituto cumplan con ese perfil su trabajo será sumamente difícil, imaginemos lo que pasará si resultan incompetentes y partidócratas. Dios nos agarre confesados.

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