octubre 23, 2010

La esquizofrenia mexicana

Carlos Puig
masalla@gmail.com
Historias del Más Acá
Milenio

El Partido de la Revolución Democrática dio el primer paso, tardío y tímido, para deslindarse del diputado Julio César Godoy Toscano. En la mejor tradición mexicana en que no se sanciona a nadie, no se atrevió a correrlo pero le pidió que renunciara, para luego insinuar que la verdad lo habían corrido.

El diputado sigue sin negar que él sea el de la voz —sólo es similar, se puede editar, etcétera— y ha insistido, con su particular lenguaje, en que la “la prueba fue deshechada” y que ganará el pleito legal. Esto mientras nuevas revelaciones periodísticas le van acumulando acusaciones del Ministerio Público que ahora incluyen relación con la muerte de policías federales.

Algunos respiraron y todos celebraron públicamente para una vez más invocar esa frase tan nuestra que Cuauhtémoc Cárdenas resumió el miércoles: “Quien tenga responsabilidades, que reciba las sanciones que corresponda, y quienes no las tengan, que lo dejen de estar acosando”.

“Un viajero francés del siglo XIX escribió que en ninguna parte del mundo había escuchado hablar de la ley con tanta reverencia como en nuestra América, donde la ley se viola cotidiana y sistemáticamente”. La frase está en el primer capítulo de Mexicanidad y esquizofrenia, de Agustín Basave. Un ensayo, una provocación, un espejo frente a nuestros ojos que hiere por certero, y que, por una buena coincidencia, me tocó leer esta semana en que la clase política se enreda frente a la probable comprobación de un caso de narcopolítica.

El ensayo de Basave nace, sin que lo diga, de sus incursiones en la política —prominente colosista, diputado priista, miembro de la campaña de López Obrador, embajador, funcionario en la secretaría de Gobernación—. Hoy dice que la política lo ha decepcionado tanto como la política se ha decepcionado de él y se dedica a la academia.

En Mexicanidad y esquizofrenia, Basave intenta explorar desde una multitud de disciplinas —de la psicología a la ciencia política pasando por la antropología— qué hace, qué motiva, qué nos mueve a los mexicanos para ser como somos. Y en el centro de esa exploración está la corrupción. ¿Por qué en todas las mediciones, las sociedades latinoamericanas, en particular la mexicana es más corrupta que las sociedades desarrolladas? ¿De eso que llamamos primer mundo? Corrupción, aclara Basave, en el sentido que da el diccionario: “Echar a perder, depravar, dañar, pudrir”.

Sería injusto intentar resumir el viaje, rico, complicado, que traza Basave en el libro en este corto espacio. Cito mejor algunas de sus conclusiones con el afán de invitarlo, querido lector, a que corra a comprar el libro: “Durante demasiado tiempo ha sido más rentable vivir en algún tipo de ilegalidad que en la legalidad, y en consecuencia se ha incubado un cambio subrepticio de nuestra escala real de valores. Ese y no otro es el cáncer de este país.

“Pero nuestra aflicción es más grave. No es solamente la metástasis de tumor cancerígeno que ha corrompido todos los órganos de nuestra sociedad, sino la falta de capacidad para combatir el mal. No estamos equipados para hacerlo. Brincamos de los primeros auxilios a la terapia intensiva; no tenemos medicina preventiva ni quirófano, sólo sala de urgencias y un pabellón para resucitar al moribundo. Y es que el paciente es muy paciente. Se trata de México que es, de hecho, lo único generoso y noble que hay en México, pese a estar lleno de mexicanos sin piedad por la patria. Si reparamos en la cantidad de veces que lo hemos zaherido nos sorprenderemos que esté vivo. Pero sobrevivir desgarrado por la corrupción no es un destino aceptable para nadie, excepto para aquellos instalados en la pequeñez. Es, tristemente, nuestro caso: hemos desarrollado una vocación por la mezquindad y una obstinación de seguir la estela de los poderosos. Una turba de avaricias y de imitaciones extralógicas se disputa jirones de nadería. Y luego hay quienes se preguntan por qué los únicos acuerdos que podemos lograr son los que administran la mediocridad. No hemos comprendido que la suma de pequeñeces no da como resultado la grandeza, y que mientras cada quien se aferre a su trozo de sordidez y sumisión no podremos sublimarnos como una nueva versión de lo humano.

“No estamos conscientes de nuestra inconciencia. No hay cognición colectiva de la dimensión del problema, no hay una propuesta de solución holística y radical, no hay una visión de nación grande. Nuestra crisis identitaria nos mantiene rotos, perdidos en el individualismo ramplón y egocéntrico”.

Mexicanidad y Esquizofrenia, los dos rostros del mexicano es un puñetazo al estómago. Desagradable, doloroso. Quita el aire.

Buena lectura para estos tiempos de la generación del fracaso, del no, del nada. Del “estancamiento estabilizador”, la medianía permanente.

No hay comentarios.: