octubre 28, 2010

Lo que Kirchner se llevó

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Néstor Kirchner estaba doblemente enfermo. Padecía del corazón y padecía de la enfermedad del poder. Para su desgracia, los síntomas del segundo afectaron seriamente a su delicada salud y aceleraron su muerte prematura (60 años no son nada). Es fácil imaginarse a sus médicos rogándole que combatiera al estrés y redujera al mínimo su carga de trabajo y preocupaciones. Fue una batalla que no quiso combatir y la perdió.

El ex presidente argentino murió con una ambición truncada bruscamente: la de volver a ser presidente al término del mandato de su esposa, Cristina Fernández, con la que había forjado una dinastía política matrimonial, rara en el mundo, aunque no en Argentina, donde triunfó la pareja presidencial formada por su admirado Juan Domingo Perón y Evita. Muertos ambos, primera ella (también prematuramente), el tirón popular de ambos lo aprovechó Isabelita, la viuda del general, cuya desastrosa gestión abrió las puertas a la dictadura militar.

Fue precisamente la decisión de Kirchner de entregar a la justicia a los criminales de esos terribles años de represión (1976-1983), con miles de torturados y desaparecidos, por la que el ex mandatario fallecido será recordado para la historia y será eternamente agradecido por el pueblo. Ninguno de sus antecesores tuvo el valor de enfrentarse a los represores militares, que durante más de veinte años, ya con la democracia restaurada, se pasearon impunemente gracias a leyes como la de Punto Final y Obediencia Debida, promulgadas y ratificadas por Raúl Alfonsín y Carlos Menem, respectivamente.

Este valiente compromiso de Kirchner de reparar una deuda histórica largamente reclamada por las víctimas de la represión y sus familiares, así como el mérito de haber sabido cortar la hemorragia que desangraba la economía argentina y que puso al país no sólo al borde de la bancarrota sino de una guerra social que derribó tres gobiernos en apenas tres años, devolvieron la confianza de los argentinos en el gobierno.

La victoria de su esposa Cristina Fernández en 2007 es fruto de estos dos logros. Se consolidaba así el kirchnerismo como fórmula de alternancia política.

Sin embargo, el mandato de su esposa está siendo más bien deprimente, con una economía opacada por Brasil; con numerosos casos de corrupción, empezando por los del propio matrimonio presidencial, cuya fortuna se ha disparado descaradamente desde que detentan el poder; con un encariñamiento de ambos con Hugo Chávez, lo que resulta escandaloso para muchos argentinos y cuyas consecuencias son una vuelta del lenguaje populista y una preocupante persecución de la prensa que no simpatiza con el kirchnerismo.

Con la repentina muerte de Kirchner el proyecto kirchnerista está prácticamente condenado a morir. Si bien el mandato de su esposa podía perjudicar las aspiraciones de su marido, su férreo control del partido peronista, del que era líder, y, sobre todo, el tirón popular que aún conservaba lo convertían en el candidato favorito a ganar las elecciones.

Lo que Kirchner se llevó, por tanto, es estabilidad política, y lo que su ausencia deja es una duda, la de si la presidenta-viuda se presentará a la reelección, lo que de todos modos probablemente no impedirá una batalla de las diferentes familias peronistas por imponer a su candidato. Ocurra lo que ocurra, Argentina entra así en una nueva etapa de incertidumbre.

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