octubre 12, 2010

Palabra política

Federico Reyes Heroles
Reforma

¿Qué habrá pensado Alfred Nobel cuando creó los premios que llevan su nombre? ¿Impulsar disciplinas científicas en beneficio de la humanidad, destacar méritos perdidos, individualizar las aventuras del pensamiento humano, ponerles nombre y apellido? Algo queda claro: lo que en abstracto parece sencillo y diáfano, resulta complicado en su aplicación concreta. ¿Deben los premios que llevan su nombre cruzar la evaluación del impacto político de un descubrimiento científico o de las convicciones de un literato? ¿En qué dirección, progresista o conservadora? ¿Pueden los premios ser asépticos? Una técnica, como la procreación in vitro que para millones de familias significa esperanza, es también una afrenta para el Vaticano, es el caso de R. Edwards. Premiar al disidente y preso de conciencia chino Liu Xiaobo es un acto político con la anunciada furia del gobierno autoritario de ese país. Y, ¿qué decir de la literatura, de la palabra? ¿Puede la literatura ser siempre pura? ¿Debe serlo?

Lo recuerdo, la única ocasión en que crucé palabras con él. Fue en los años setenta. Era muy alto, barbado, de embrujantes ojos claros y manos enormes. Estaba sentado en un sillón permitiendo que un grupo de adolescentes le lanzáramos preguntas. La literatura de compromiso era moda e imposición. Él estaba del lado de la izquierda, en ese momento apoyaba con todo a la revolución que tiró a Somoza en Nicaragua, practicaba el compromiso pero... Me reservo el derecho a hacer literatura pura, respondió Julio Cortázar ante la presión de una pregunta. El mundo era al revés, se exigía una postura política en la literatura, la literatura sin posición era considerada vacua y cobarde. Una línea, un verso pueden portar una posición política: Incitación al Nixonicidio fue el título de uno de los últimos libros de Neruda. Del compromiso el péndulo se fue al otro extremo, la asepsia. La discusión no acaba.

Porque también existe el argumento contrario, un escritor que no asume el valor transformador de la palabra está desperdiciando espacio de reflexión, capacidad argumentativa, poder. Hay riesgos en esa ruta, la literatura no debe convertirse en panfleto por mejor escrita que esté. Hay valores propios de la literatura -estéticos, de forma, etcétera- que no pueden sojuzgarse a la posición política. Para algunos quien escribe un poema o un cuento o una novela con el afán de promocionar una postura política ya no es un escritor honesto. Para eso mejor que se afilie a un partido. Porque ese escritor podría tener otras prioridades que no sitúan a la creación en la cúspide. El equilibrio es difícil. Si la posición política desplaza al valor literario podríamos terminar leyendo por afinidad más que por gozo o emoción. Pero las líneas que se convierten en un simple juego formalista y estético suponen una ignorancia voluntaria de la política que es parte de la vida.

La literatura es un terreno minado para quien asigna premios, peor aún el Nobel. ¿Por qué han quedado fuera nombres como Joyce, Kafka o, más recientemente, Carpentier o Borges en una larga lista? Difícil saberlo. Su calidad literaria no está en duda. Pero y cómo explicar el caso de Saramago, cuya visión política iba de la mano de la calidad literaria. El enredo es mayor. El premio Nobel a Mario Vargas Llosa es una bocanada de aire fresco frente a premiaciones recientes, más fáciles, más cómodas, pero menores. En Vargas Llosa se premió la notable calidad literaria del novelista y la inmensa cultura del ensayista, pero el peso libertario de sus posiciones políticas es ineludible. Vargas Llosa no ha sido una línea recta en política. ¿Quién puede serlo, debemos serlo? Pero su perfil liberal sella los años maduros de su producción y de su vida. De ahí lo destacado del caso.

Vargas Llosa pudo haber pertenecido al largo listado de aquellos con merecimientos literarios que nunca recibieron el Nobel. Pero también está la lista de aquellos que parecieran haber sido premiados por su corrección política más que por su calidad literaria. Vargas Llosa reúne los dos mundos: gran calidad y una postura política crítica y que molesta. Politizarse podría ser riesgoso frente a los puristas, pero Vargas Llosa asumió el riesgo. La Academia decidió entonces a favor de un escritor notable, pero también de un hombre que ha usado -en el buen sentido de la expresión- su prestigio para ejercer una influencia claramente liberal: ya sea en Perú, donde buscó la Presidencia, o en otros escenarios de su fantásticas novelas como Brasil o República Dominicana por citar sólo dos. ¿Cómo ignorar al Vargas Llosa periodista haciendo reportajes desgarradores sobre la pobreza en África o incursionando críticamente en el imperio del señor Chávez en Venezuela?

Ni en química, ni en física, ni en economía, ni en la evaluación de la paz hay posiciones neutrales, asépticas. Ha sido premiado un gran literato y un gran liberal. El Nobel recayó en un hombre que conoce el valor de la palabra, de la palabra política.

No hay comentarios.: