octubre 23, 2010

Reformando a los sicarios

Ivonne Melgar
Retrovisor
Excélsior

Es un careo frente al público, integrado por sus familias, y frente a un muro que recuerda que por ahora están proscritos purgando una sentencia.

Para mi hijo
Sebastián Beltrán,
el quinceañero que despeja mis miedos.


" Yo te renuevo en nombre del pasado que se jodió, del presente que no quiero y el futuro que anhelo", grita Santiago desde lo que simula ser la proa de un barco montado en el patio del Centro de Atención Especial Alfonso Quiroz Cuarón.

Su alarido cierra la presentación previa, en video, de un mea culpa que se ha proyectado segundos antes en las paredes de esa cárcel de alta seguridad.

Es un careo frente al público, integrado mayoritariamente por sus familias, y frente a un muro que recuerda que por ahora están proscritos, purgando una sentencia.

La escena se repite con Jonathan. Nuevamente el grito y la confesión. Va el turno de Alejandro. Y otra vez el relato que estremece. Porque al oírlos, el miedo toca frontera con la esperanza.

Después es la vozde Andrés, enseguida la de Irvin y la de Hugo, haciendo temblar a otros, a los espectadores, esta vez de emoción y no de pánico, como antes lo hicieron sus víctimas.

"Yo te renuevo en nombre del pasado que se jodió.", claman en su oportunidad Elvis y José Eduardo, cada uno con su correspondiente autobiografía delictiva.

Son las mismas palabras que suenan nueve veces y que buscan conjurar el dolor y el daño ahí confesados: Yo secuestré, yo torturé, yo fui sicario de La Barbie, yo maté.

Ellos son los actores principales de la obra De la forma que tiene el mundo, bajo la dirección de Ricardo Esquerra, proyecto abrazado con el talento y la creatividad de Daniel Giménez Cacho, cuya luminosidad de primer actor se agiganta cuando, como ciudadano consciente y generoso, deja el confort del glamour para invitarnos a reflexionar con "La cultura humaniza y la violencia deshumaniza".

Ellos son los actores de sus propias vidas fracturadas desde la adolescencia, acaso desde la infancia. Por eso están ahí, en ese centro tutelar de menores que ha sido noticia siempre de motines, de problemas, de sangre.

Y que sin embargo ahora se ha convertido en el espacio experimental de un intento por romper la marca de que para ellos ya no hay remedio.

Porque la obra no es sólo una pieza teatral bien lograda, por la capacidad dramática de los protagonistas, sino sobre todo una apuesta para abrirles un camino de auténtica rehabilitación en la vida laboral y social de un país que no atina a saber qué hacer con sus miles y miles de jóvenes infractores de la ley.

La idea de sus promotores -Guillermina Pilgram, de la Fundación CIE; Fundación Telmex, Secretaría de Cultura del GDF y Fundación Porvenir, de Xóchitl Gálvez-es conseguir el cobijo y la confianza, sobre todo eso, la confianza de muchos, de que sí es posible que, una vez fuera del penal, los ex convictos serán parte de la patria y de una sociedad de la que antes no se sintieron parte y que lo hagan con una ruta sin regreso al asalto, al robo, a la extorsión, al daño.

Aunque el alcance de la obra artística en sí resulta limitado, por el mero hecho de que no se puede entrar al Centro Quiroz Cuarón como al auditorio de un centro cultural, la fuerza con la que sus integrantes transmiten el deseo de cambio sentará, sin duda, precedente y abrirá surcos a la expectativa de que a la violencia no se le puede combatir con violencia.

Privilegiada como asistente a la presentación del gran ensayo general, el domingo anterior, pude llorar, sufrir y aplaudir el conmovedor ejercicio personal y colectivo de esos nueve jóvenes que han reflexionado sobre el pasado que se jodió.

Y que no sólo es "su pasado", sino desgraciadamente nuestro incierto presente, después de más de 28 mil muertes violentas que, según el parte oficial, responden en 90% a personas enroladas en el crimen organizado, menores de 30 años principalmente y, peor aún, de acuerdo con ese mismo reporte, en su mayoría nunca reclamados por nadie, perdidos en una fosa común.

Acaso sus impulsores consigan convocar, como espectadores, a los funcionarios de seguridad federal, estatal y municipal que ahora buscan, mejorar la inteligencia policiaca y el armamento.

No pretendo abonar en la exaltación de los antihéroes. Tampoco busco amnistías.

Sólo quisiera que los administradores de la fuerza del Estado tuvieran la oportunidad de escuchar cómo y por qué los actores del Centro Quiroz Cuarón en la obra de sus vidas balbucean, gruñen y sentencian cosas como: "Siempre hay alguien más cabrón que te jode", "De fe está llena la bodega, lo que falta es pan", "el secreto en la vida es que no te tomen preso", "la regla es atacar", "siempre he sido invisible", "un ejército victorioso planea su triunfo", "te chingué, te chingué".

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