octubre 26, 2010

Un país que espanta

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

Secuencia infernal.— La noche del viernes se registró una matanza en Ciudad Juárez y el domingo hubo otra en Tijuana. Casi 30 jóvenes mexicanos masacrados en menos de 48 horas. Los reporteros todavía no terminan de recopilar los datos para contar una historia cuando otro episodio de terror irrumpe en las redacciones. Los violentos no dan tregua. No quitan el dedo del gatillo. Una perpetua orgía de sangre se está llevando a cabo en el país. Es innegable que atravesamos por una crisis de seguridad, pero detrás de ella hay algo todavía más grave: una crisis de valores que nos está transformando en una sociedad deforme, monstruosa, horripilante. Un país que espanta.

Nos estamos convirtiendo en una sociedad donde se desvanece el respeto a la dignidad humana. En la que jóvenes gatilleros por dos o tres mil pesos pueden asesinar a jóvenes indefensos, desarmados, a quienes no conocían, con quienes no tenían pleitos personales. Pueden disparar sobre señoras y niños cuyo único delito fue estar frente a la boca de los fusiles de asalto. Pueden eliminarlos, dejarlos tirados ahí e irse tan campantes a tomar unas cervezas, hasta que reciben una nueva encomienda, o son ellos las víctimas.

Es muy importante que las matanzas nos cimbren. Es indispensable que las mantengamos en primera plana, porque si llegan, por reiteradas, a perder su carácter noticioso, estaremos fritos. En este caso, mientras haya dolor hay esperanza. Cuando las matanzas de jóvenes dejen de importarnos, nos diluiremos como nación independiente, entre otras cosas porque no mereceremos tener un lugar relevante en el concierto internacional. Seremos parias. No se trata de fomentar la nota roja, sino mantener viva la indignación.

Esa imagen.— La foto principal de la edición de ayer de Crónica nos pone cara a cara con nuestro fracaso. Chicos y chicas adolescentes jalándose los cabellos, desgarrándose las vestiduras, ante el cadáver de su amigo asesinado. Un vuelco imperdonable al orden natural. ¿No tenemos temor de Dios? Hay que ir a lo básico, a los cimientos de la condición humana: los jóvenes no deben morir antes que sus padres y abuelos. Las notas relatan que varios de los jóvenes asesinados en Ciudad Juárez formaban parte de un grupo de danza autóctona, otros eran catequistas. No digo que hayan sido ángeles, digo que no dieron ningún motivo parta terminar sus vidas a tan temprana hora.

Esto no quiere decir que los jóvenes asesinados en Tijuana, que fueron fusilados dentro de las instalaciones de un centro de rehabilitación del consumo de estupefacientes, debieron morir. Por supuesto que no. Son otro tipo de jóvenes, de un perfil distinto, pero que estaban buscando una oportunidad. No fue, por cierto, la primera masacre en un establecimiento de este tipo. Si ya se han perpetrado matanzas en centros de rehabilitación, ¿por qué no tienen seguridad?, ¿ por qué no hay en las inmediaciones patrullas, aunque sea de los municipales? Son sitios de alto riesgo que requieren vigilancia especial.

Hoy más que nunca hay que ser exigentes con las fuerzas del orden. Hay que llamar a cuentas a soldados, agentes federales y policías estatales. Cabe ser exigentes, desde luego que sí. Pero también hay que juzgar a los políticos que están en la nómina de los capos y que se burlan de nosotros con el fuero y también hay que ser auto críticos como ciudadanos y personas. Preguntarnos qué hemos dejado de hacer, o qué hicimos mal para que México comience a identificarse a nivel internacional como el país de las masacres.

Consumidores.— El narcomenudeo genera la violencia que enluta a las familias mexicanas. Los pandilleros se disputan el control de las narcotienditas en calles y barrios. Quieren para ellos el dinero que gasta la gente que consume drogas. Los consumidores, adictos u ocasionales, de mariguana, cocaína y metanfetaminas son los patrocinadores de los comandos asesinos. El dinero que reciben los gatilleros por matar sale, en primera instancia, del bolsillo de la gente común y corriente que consume drogas, de ahí pasa a los capos que pagan los servicios de los matones. El consumo de drogas tiene que tener un costo social acorde con el daño que provoca, con el dolor que causa. Si a los consumidores no les cae el veinte de que son parte de una cadena criminal, simplemente no tendremos remedio.

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