noviembre 07, 2010

Brasil: el legado de Lula

Isabel Turrent
editorial@reforma.com
Reforma

Lo notable no es que Brasil haya experimentado desde mediados de los noventa un alto crecimiento que puede colocarlo en unas décadas entre las cinco economías más poderosas del mundo. Lo sorprendente es que el país haya atravesado casi todo el siglo XX brincando de una crisis económica a otra, hundido en la hiperinflación y la miseria, y padeciendo regímenes autoritarios o dictatoriales. Brasil ha sido siempre un país potencialmente riquísimo: su inmenso territorio goza de una posición geopolítica privilegiada, alberga una cornucopia de minerales, tierras tan ricas que pueden recogerse hasta tres cosechas en un año. Tiene las reservas acuíferas más grandes del mundo y la selva tropical más vasta. Una población numerosa y joven, y una cultura profunda y diversa. Por si eso fuera poco, los recientes descubrimientos de yacimientos de hidrocarburos en las profundidades del mar auguran que Brasil pasará pronto a ser un exportador de petróleo.

El estancamiento económico y político brasileño en el siglo XIX y parte del XX demuestra lo que malos políticos, sin un proyecto claro de país, y con modelos económicos equivocados, pueden (des)hacer aun en una nación con los recursos de Brasil. Su historia reciente es un ejemplo de lo contrario: Fernando Henrique Cardoso, primero, y Luiz Inácio Lula da Silva, después, rompieron con el modelo estatista, proteccionista y subsidiador, financiado con deuda externa, que mantenía una economía cerrada marcada por la inflación (que entre 1990 y 1995 alcanzó la increíble tasa de 764% al año).

Todo empezó con la introducción de una nueva moneda -el real- en 1994, bajo la batuta de Cardoso, entonces ministro de finanzas. En un año, la inflación bajó: 5 después, el gobierno dejó flotar al real. El resto de la receta incluyó aplicar disciplina fiscal, una política monetaria inteligente y una serie de medidas (véase, The Economist, noviembre 12, 2009) que sanearon los bancos, y establecieron reglas de transparencia y regulaciones en el sistema financiero. En Brasil, nadie se atreve a promover públicamente la privatización. Pero el presidente Cardoso y Lula, su sucesor de izquierda, privatizaron compañías estatales -o parte de ellas- que son ahora empresas eficientes, exitosas y globalizadas. La compañía aeronáutica Embraer y Petrobras son los mejores botones de muestra.

Además de mantener sabiamente en su lugar las reformas de Cardoso, y apuntalar la naciente democracia brasileña, Lula agregó al modelo programas sociales como Bolsa Familia -que ayuda a 12 millones de familias a cambio de que mantengan a sus hijos en la escuela y los vacunen-. Estos programas y una tasa de crecimiento alta y sostenida (7% en 2009), han sacado en los últimos 7 años a 20 millones de brasileños de la pobreza, sentado las bases sociales para el surgimiento de una clase media pujante y un creciente mercado interior. Además, Lula tuvo mucha suerte. Durante sus dos periodos de gobierno, Brasil se benefició de la explosiva demanda china y entró con paso firme al exclusivo club de los BRIC -las cuatro potencias emergentes del siglo XXI-. China consume cantidades considerables de hierro, carne, soya y otros productos brasileños.

El progreso apuntaló la posición geopolítica de Brasil y una política exterior más activa. Lula trastabilló al apoyar al presidente iraní Ajmadineyad y mantener lazos estrechos con la Cuba de los Castros, pero, lejos de los reflectores, consolidó la influencia brasileña en las planicies del Río de la Plata -una esfera de influencia que Brasil le ha disputado a Argentina desde el siglo XIX-. El país tiene una creciente presencia en Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Tocará a Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los Trabajadores ungida por Lula, que ganó las elecciones presidenciales el 31 de octubre, consolidar la herencia de Cardoso y Lula. Sin el carisma y la experiencia de Lula, tendrá que construirse una imagen propia y vencer las pulsiones de izquierda que mancharon la política exterior de Lula. Es difícil saber si Rousseff representa a la izquierda pragmática o a la dogmática, pero su promesa de mantener la disciplina fiscal es un buen augurio. Tendrá también que luchar contra la corrupción, modernizar la educación, limitar la intervención estatal en la economía, emprender obras de infraestructura para fortalecer las exportaciones, promover el crecimiento protegiendo la ecología y continuar el programa de reformas que Lula dejó inconcluso. En la esfera económica, tendrá que lidiar también con la cara negativa del intercambio con China y del flujo de capital externo. El real se ha apreciado 35% frente al dólar -y en consecuencia, al yuan chino- en un año. La apreciación del real ha afectado ya a los exportadores e inundado el mercado del país con productos chinos baratos que pueden poner al borde de la bancarrota a pequeños y medianos empresarios. La nueva presidenta de Brasil no tendrá un trabajo fácil en los próximos años, pero el legado de Lula le allanará el camino para resolver los problemas pendientes en Brasil.

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