noviembre 05, 2010

Cáliz amargo con sabor a té

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Después de la soberana paliza recibida, al pobre de Obama sólo le falta que alguien le recuerde que las cosas quizá habrían ido mucho mejor para los demócratas si hubiera sido presidenta Hillary Clinton. Pero no hagamos leña del árbol caído.

Como el boxeador que se sienta en la esquina del ring, el magullado presidente de EU necesita sorbitos de agua fresca y algunas palabras de consuelo, como, por ejemplo, que también Bill Clinton recibió una golpiza a mitad de su mandato, cuando la revolución conservadora arrasó en las elecciones legislativas y los republicanos se hicieron con la mayoría de las dos cámaras; o el mismísimo Ronald Reagan, que también salió derrotado en las elecciones de medio término y tuvo que cohabitar con los congresistas demócratas. ¿Y qué pasó luego, dos años después de ambas derrotas? Que tanto Clinton como Reagan fueron reelectos.

Dudo mucho que estos dos sorbitos de agua endulcen estos días el sabor amargo que le ha dejado la derrota a Obama, y el empacho que tendrá con tanto Tea Party, auténtico combustible de la fabulosa movilización del voto republicano, que los demócratas no supieron contrarrestar a tiempo. El presidente tendrá, por tanto, que digerir más temprano que tarde estos resultados adversos y curarse de esta dolorosa derrota si quiere aspirar a una segunda reelección.

Su primer paso ha sido reconocer que estaba enfermo de ese mal que se conoce como “síndrome de la Casa Blanca”, que consiste en vivir en una burbuja, ajeno a las quejas de los ciudadanos, casi todas por lo mal que ha marchado la economía estos dos años que lleva gobernando.

Entonado ya este mea culpa el siguiente paso de Obama ha sido tender la mano a los republicanos y transmitirles el mensaje que dejaron el martes los ciudadanos en las urnas.

Pero ¿cuál ha sido el mensaje del electorado estadunidense, no sólo el que fue a votar, sino el que protestó quedándose en casa? Básicamente uno: que dejen a un lado los intereses partidistas y arreglen juntos la principal preocupación, la economía en franco declive, con una tasa de desempleo que no baja del 10 por ciento y con un gobierno incapaz de acelerar el motor. En otras palabras, que el votante de la primera potencia del planeta no soporta la idea de tener que vivir peor que sus padres o abuelos.

Esta es la madre de todas las frustraciones para los estadunidenses y al mismo tiempo la doble tragedia de Obama: ya que ni ha podido corregir en sus dos primeros años de mandato esta anomalía ni ha sabido comunicar a la opinión pública que la crisis ha sido una pesada herencia que le dejó George W. Bush.

En cualquier caso, la enorme ilusión que generó Obama cuando ganó la presidencia —como la de los hispanos, que votaron en masa por él con la esperanza de ser premiados con una justa reforma migratoria— se ha dilapidado en estos dos años, que podríamos resumirlos con el lema de su campaña y un añadido nada simpático: “Yes, we can… pero no en dos años”.

¿Y qué podemos decir de los ganadores? Que también deben escuchar el mensaje y aceptar la mano que le tiende Obama, en vez de cortársela. O de lo contrario, les puede pasar como a sus colegas republicanos cuando arrebataron el Congreso a Clinton, en 1994, y entendieron equivocadamente que el deseo de los estadunidenses era hundir al presidente que habían elegido dos años antes.

Nada más tender Obama la mano a los republicanos la primera reacción de éstos ha sido preocupante. El líder de la minoría en el Senado, Mitch McConnell, respondió que la estrategia de su partido es vetar las reformas del mandatario, obligarlo a que acepte las medidas republicanas y, como guinda, evitar a toda costa que se presente a la reelección.

Está claro que los dirigentes más cercanos al Tea Party están dispuestos a amargarle la vida a Obama en los dos años que le queda de mandato, pero aún no sabemos si ésta es la estrategia del Great Old Party y, desde luego, no es el mensaje que han querido dar los votantes estadunidenses.

Si finalmente los republicanos acaban adoptando el lenguaje radical de los legisladores del Tea Party y declaran la guerra a Obama, estarían cometiendo el mismo grave error de estrategia que en su día le aplicaron a Clinton y que, para el anterior mandatario, en vez de té amargo fue como agua bendita, ya que le sirvió para presentarse como un presidente acorralado por legisladores conservadores que bloqueaban todas las iniciativas del gobierno. La reacción del votante ante semejante agravio en un sistema tan presidencialista como el estadunidense fue una ola de simpatía hacia Clinton, que arrasó en las urnas en su segunda elección.

Así que, de momento ese cáliz con sabor a té lo está bebiendo Obama, pero quién sabe si acabarán atragantándose con tanta hoja amarga los republicanos.

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