noviembre 29, 2010

Chamaqueada colosal

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Como recordó Vargas Llosa cuando se repuso de la sorpresa que le dieron con su nobelazo, las llamadas de madrugada suelen ser para las malas noticias.

Poco antes de las cinco de la mañana del sábado, el sobresalto causado por los timbrazos telefónicos no llegó a volverse pesar ni dolor, pero sí algo parecido… a masticar chamoy.

Un ex reportero de MILENIO, tan excitado como exaltado, me preguntaba si sabía ya que “Diego fue liberado y está pasando la primera noche en su casa…”.

La modorra no me inhibió para decirle que “sí”, colgué y me descubrí aterrado: ¿Será cierto…? ¿Perdimos una extraordinaria nota?

Escéptico que soy (para empezar de lo que pienso), recordé una de las máximas que aprendí hace casi 40 años de otro reportero, René Arteaga: “Cuando te mienten la madre, checa la fuente porque puede ser volada…”.

La desventura de Diego Fernández de Cevallos me ha importado, pero no sólo por implicar factores de interés periodístico tan atractivos como el conflicto (secuestro) y la prominencia del personaje, sino por ser él un muy querido y respetado amigo.

No era, pues, una llamada para informarme de alguna desgracia, pero fue de las que dejan el agridulce sabor de la duda.

En eso estaba cuando me llama Ciro Gómez Leyva (le inquieta más que a mí el aprovechamiento de las nuevas y luciferinas tecnologías), para decirme que El Universal tenía desplegada esa noticia desde antes de las cuatro de la mañana en su portal, y que también Pepe Cárdenas, por Twitter, la estaba propalando. Mientras hablábamos pensaba yo en cuántos medios del mundo estarían, por vía electrónica, replicando el notonón. Colgamos con mi compromiso de hacer algo cuando saliera el sol.

Ring, ring, ¡chin!: Carlos Loret de Mola con un “tocayo, ¿qué sabes de lo de Diego…?”.

Al empezar a clarear me armé de valor para, no sin cierta mortificación, hacer una primera de las que me imaginé serían varias llamadas. Hubo respuesta y de inmediato supe que Diego seguía secuestrado.

Recogí los diarios a que estoy suscrito y me sorprendió El Universal con su principal: Diego está libre y sano: familia (suponía que el desatino había sido sólo cibernético).

Llamé a Ciro (que a su vez había estado hablando con el director de milenio.com, Héctor Zamarrón), y a las 7:17 subimos unas cuantas palabras con la novedad (qué pena) de que la liberación era una falsedad. Y hacia las ocho una breve nota sostenida en lo mejor a que podemos aspirar los periodistas: “fuentes irreprochables”.

Y llamé a Loret (quien a su vez tenía corroborado que en las fuerzas armadas, la Secretaría federal de Seguridad Pública, la PGR y en los mismísimos Pinos ignoraban la vacilada de que Diego estuviera en su casa) para responder su pregunta.

También en su primera plana, El Universal publicó ayer un intento de explicación y un editorial bajo el encabezado: ¿Dónde está Diego?, que remata con la respuesta: “…en el aire…”.

Pero cuando no se sabe dónde se encuentra alguien, conviene tomar en cuenta, reporteando cuando menos dónde ¡no! está…

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