noviembre 15, 2010

De bola a Revolución social

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

El peor daño que nos produjo “la bola” de 1910 a 1929 fue el de convencernos de que las diferencias se arreglan a balazos. Fidel Velásquez (eterno líder sindical para los lectores muy jóvenes) lo dijo con claridad insuperable: “A balazos llegamos y a balazos nos sacarán”. Pues no los sacamos a balazos, sino con una votación ejemplarmente democrática con la que el PRI perdió la Presidencia, lo cual parecía imposible poco antes.

No hubo tal Revolución de 1910, sino una serie de alzamientos armados, como las decenas que tuvimos durante todo el siglo XIX y que nos llevaron a perder más de la mitad de territorio y a sumirnos en una depresión de la que aún no parecemos salir. Hay un terminajo que tiene aplicación perfecta para los cantos a Revolución y es ex post facto: el acomodo de los hechos pasados desde el presente.

Los hechos son sencillos: una dictadura de 30 años con un crecimiento industrial del 12 por ciento anual (Jean Meyer: La Revolución mexicana), construcción del 90 por ciento de los ferrocarriles que hoy tenemos, un país exportador y atractivo para la inversión extranjera, desigualdad económica como siempre, pero con vías de ascenso social, transformado ex post facto en una mazmorra repleta de esclavos que es la Historia oficial para justificar las masacres cometidas durante la bola.

No hay mejor ejemplo, con perdón de los creyentes, que los Evangelios. Los cristianos de las primeras décadas, todos ellos judíos, como Jesús, conocían desde su infancia los avisos que señalarían al Mesías. Así que, con el paso de las décadas, el relato oral fue añadiendo a la vida del Nazareno los atributos del Mesías. Cuando 80 años después se comenzaron a escribir los primeros relatos, ya cumplía el personaje los rasgos señalados por los profetas al Mesías.

Así fue también como nos construyeron una Revolución social donde no hubo tal y un alzamiento del pueblo mexicano que siguió, en su inmensa mayoría, trabajando pacíficamente y sufriendo las rapiñas de los diversos grupos. Así como la Iglesia rechaza evangelios que no van con la figura del Mesías, así nuestra historia olvida hechos tan bochornosos para la Primera Revolución Social del Siglo, como la matanza de 250 chinos en Torreón a manos de los “revolucionarios”. Tipifica sin duda el delito que hoy llamamos genocidio porque no los mataron por pertenecer al bando contrario, sino por ser chinos.

Desde San Antonio, Texas, Madero llamó a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910. Nadie lo siguió. Pero a partir de diciembre hubo escaramuzas en diversos lugares. Cuando Pascual Orozco y Villa toman Ciudad Juárez, contra las órdenes expresas de Madero, “un poblacho miserable y terroso perdido en la frontera, a miles de kilómetros de la capital, dejando intacto al pequeño ejército federal ¿eso bastaba para explicar la partida de Díaz a Francia el 25 de mayo de 1911?”, se pregunta Meyer.

Con el dictador embarcado en el buque Ipiranga, la Revolución debía haber terminado, ¿o no? Pues no, porque los levantados en armas, los Figueroa en Guerrero, Villa, Luis Moya, Zapata, pelearon entre sí el botín. “El campo permanecía notablemente en calma y las ciudades no se movían. En diciembre Madero estaba de tal manera desesperado con la apatía nacional que pensó en licenciar a sus partidarios dándoles 20 dólares a cada uno”. Op. cit. p. 54.

El caso es que Díaz se va en mayo de 1911, Madero llama a elecciones, se celebran sin sombra de fraude, voto por voto y casilla por casilla. Gana Madero con Pino Suárez de vicepresidente. Pero a Zapata no le parece nada bien esa vicepresidencia y antes del mes se alza en armas con su Plan de Ayala contra Madero porque éste no ha cumplido… en tres semanas. Otro mito, porque el Plan de Ayala sólo exige expropiar, previa indemnización, la tercera parte de la superficie de las haciendas.

“Ciertos grupos se precipitaron dentro de la Revolución para defenderse del choque modernizador del Porfiriato, otros porque el progreso político no seguía al progreso económico. Todo esto explica la magnífica decepción de 1911”.

Disuelto el ejército en 1914, federales y guerrilleros se dedican a hacer fortuna: “Reciben directamente dinero para sus tropas y son libres de disponer de él; cobran el sueldo de fantasmas, se embolsan el presupuesto para forraje de la caballería y mandan las bestias a pastar en terrenos particulares. Así se forma una casta de generales y de coroneles que saquea a México”, op. cit.

Más en Las mentiras de mis maestros (Cal y Arena).

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