noviembre 29, 2010

De la sartén al fuego

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Lo peor de la Revolución es que triunfaron los ánimos reaccionarios dirigidos contra la Constitución liberal de 1857, que costó otra guerra civil y siempre olvidan a propósito los agoreros de levantamientos populares de cien en cien. Triunfaron los afanes agrarios que repartieron tierra hasta que dejó de medirse en hectáreas y se midió en surcos: tres pa’ mí, dos pa’ ti. No logramos armonizar que el ejido sea el mayor fracaso económico, pero un triunfo de la Revolución.

El presidente Cárdenas acabó por atar en un estado corporativo las fuerzas obreras, campesinas y populares. El sindicalismo se impuso como obligación del obrero, sin poder de elección: entra por el sindicato (que le vende la plaza) y sale por el sindicato si le aplica la cláusula de exclusión. La empresa se obliga a descontar las cuotas y entregarlas a los variados Napitos, Elba Estheres y Romero Deschamps que no son sino los hoyos más pestilentes de la pudrición sindical. Nada los obliga a dar cuentas y con salario de maestra, de minero o de operario de pronto tienen fortunas y riquezas más que muy explicables.

El 17 de febrero de 1915 se firmó el pacto entre la Casa del Obrero Mundial, que integraría sus famosos Batallones Rojos al carrancismo. “¿Cuáles fueron las motivaciones que impulsaron a los dirigentes obreros a realizar el salto fatal que iba a colocar el sindicalismo mexicano bajo la tutela del gobierno hasta nuestros días?”, Jean Meyer, La Revolución mexicana, p.114.

Los Batallones Rojos, que tanta ilusión nos hacían en la izquierda sesentera, se aliaron con el carrancismo para combatir a Zapata. Y “el ejército carrancista era más detestado que los otros: según los habitantes de Morelos, hizo tres veces más mal que el de Victoriano Huerta”, Ídem. p. 90. El pueblo acuñó el verbo “carrancear” para robar sin pudor alguno.

El fracaso del ejido no fue sólo agrícola y económico: tuvo una expresión trágica en el aspecto humano. Señala Meyer que la mentalidad rural no entendió nunca el sistema ejidal, muchos campesinos recibieron tierra sin haberla pedido ni deseado. “Este rechazo de los campesinos sorprendió de tal manera (al gobierno) que se quiso encontrar una explicación inmediata y judicial al misterio: el clero”, p. 283.

Por ideología se impulsaba la posesión comunitaria de la tierra porque eso decían los libros acerca del comunismo primitivo: una edad de oro en la que no había propiedad privada… ni propiedad de nada porque la humanidad de entonces, como los chimpancés de hoy, estaba formada por cazadores-recolectores.

Señala Katz (en Schettino, p. 34) que debemos disipar la idea de que tuvimos una revolución de peones en la que pelearon los que más sufrían: “Los hechos históricos no confirman esta apreciación. La Revolución no fue impulsada principalmente por peones”. Los zapatistas eran “campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución”, afirma Womack (op. cit.).

La Revolución de Emiliano Zapata, antes de ser un grupo de rock, fue un alzamiento armado contra Madero y contra Carranza. Díaz ya se había ido murmurando, quizá: “A’i les dejo su tiradero”.

Entonces, ¿de dónde sacamos todo ese relato épico, la saga de la Revolución? Del presidente Cárdenas. Es una construcción cultural que le da sentido a los hechos, es Lázaro Cárdenas quien crea un régimen político nuevo para sustituir el liberalismo autoritario de Juárez, Díaz, Obregón y Calles, remarca Schettino, y peor: El régimen revolucionario es un retroceso frente al liberalismo, reproduce el régimen colonial con “el ropaje nuevo del corporativismo”, p. 14.

Que el peor fracaso se diera en el campo es paradoja terrible en una revolución “campesina” guiada por clases medias. Creó “tiranuelos bastante más temibles que los hacendados porfiristas, porque no desdeñan atracar a los miserables”, Meyer, p. 282.

Y recoge una anécdota espeluznante: “Los comités administrativos se apropian de los ejidos, los ejidatarios de cantina, los que no trabajan, derriban a los comités para hacerse elegir y esto explica el gran número de homicidios perpetrados en los ejidos. Entre 1930 y 1940 los ejidatarios se matan entre sí en Zacatecas (…) El ejido de Auchén ganó el nombre de “ejido de las viudas” porque allí todos los hombres murieron [se mataron entre sí], salvo uno que se convirtió en propietario y explotó el ejido entero. Ídem, p. 278. Dije en otra parte y lo repito: ser hombre es malo para la salud.

Más en Las mentiras de mis maestros, Cal y Arena.

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