noviembre 05, 2010

Democracia electrónica

Antulio Sánchez (@tulios41)
Internet
tulios41@yahoo.com.mx
Milenio

Desde el origen de internet se difundió la fantástica idea de que daría vida a una nueva era democrática. Se consideró ideal para generar calidad democrática, ejemplo de eso fue la primera red electrónica civil, Ressource one, creada en los años setenta en San Francisco.

La promesa democrática se basaba en que la red multiplicaría el conocimiento y la libre circulación de datos de la mano del anonimato y la creatividad. Además, al inicio la red funcionaba con base en el acuerdo que se daba entre sus usuarios y se pensaba que con el autogobierno la censura no tendría oportunidad de darse. Pero la libertad total era sólo factible en el ciberespacio.

Para Stewart Brand y los creadores de The Well, la comunidad virtual era un nuevo exilio para experimentar en línea formas de vida que habían fracasado en el “mundo real”, era una manera de retirarse del mismo para construir en el ciberespacio uno mejor. Esa cultura del exilio siempre ha acompañado a internet: en vez de cambiar la dirección del sistema político, de desplazarlo, de tomar el poder, se optará por buscar nuevas experiencias de convivencia.

Detrás de ese espíritu libertario está tratar de emanciparse del Estado y de las sujeciones reguladoras que conlleva la democracia representativa, en favor de un espacio que los individuos pueden definir a su antojo. De allí la desconfianza frente a la representación y la participación fuera de la red.

Así se creó internet, bajo un sistema de valores y prácticas provenientes de un grupo social muy particular. ¿Cómo preservarlo cuando el universo de usuarios se transforma y no se parece a lo que sus fundadores vivieron e imaginaron? ¿Cómo evitar la sensación o idea de que todo “era mejor antes”, cuando éramos pocos y la turba no usaba internet?

Hay que encontrar los medios para mantener vivos esos ideales, sin dejar de abrirse a las prácticas de las personas que no tienen en su horizonte tales afanes de autonomía o emancipación. Y el primer paso sería superar la idea de que internet o las redes sociales revolucionarán la representación política y desprendernos del enfoque obsesivo de la centralidad de la política representativa que soslaya la importancia de múltiples formas de expresión democráticas.

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