noviembre 24, 2010

Desagregando al elefante

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Las revoluciones son sus hechos y son su mitología: son lo que sucedió y lo que sus herederos hicieron en su nombre. Lo mismo en la Revolución francesa que en la rusa que en la mexicana: no hay una, sino muchas revoluciones.

Vale la pena desagregar los legados vivos de la Revolución mexicana, fechar sus años de origen, sus responsables históricos.

Por ejemplo:

El precepto constitucional que impide a Pemex hacer contratos privados como cualquier empresa normal, no viene de la Constitución de 1917, ni de la ley de expropiación cardenista. Viene del “perfeccionamiento del monopolio petrolero” a que se dedicó el gobierno de López Mateos hasta reformar la Constitución en 1960.

No es una equivocación histórica de “La Revolución” lo que hay que enmendar, sino la decisión política de un gobierno que no quería desmerecer ante la popularidad de la Revolución cubana. Para lucir más revolucionario, se hizo más estatista.

Habría que preguntarse en qué momento empezó cada uno de los legados que nos estorban, que nos hacen presos del impresentable elefante que obstruye al país, ése que nadie sabe cómo sacar de la sala y de cuya presencia nadie se hace responsable histórico.

¿En qué momento se pudrió la Reforma Agraria? ¿Cuándo dejó de ser un instrumento de redistribución de las oportunidades en el campo y se volvió un expediente de corrupción, abuso y destrucción de la riqueza agrícola y forestal del país?

¿En qué momento se pudrió el sindicalismo? ¿Cuándo dejó de ser una forma creativa de organizar y proteger a los trabajadores y se volvió un orden clientelar, antidemocrático, que premia la improductividad del trabajo a cambio de la sumisión política del trabajador?

¿En qué momento se pudrió la voluntad de los gobiernos de aplicar la ley? ¿En qué momento el inteligente y pragmático espíritu de negociar las cosas, más que de imponerlas, dejó de ser un talento para volverse una debilidad del orden político?

¿En qué momento se pudrió el Estado como fuente de acción creativa y soluciones prácticas? ¿En qué momento empezó a ser surtidor por excelencia de ineficacia y corrupción?

¿En qué momento se pudrió la capacidad de arbitrar sobre los beneficiarios de bienes públicos hasta volverlos un archipiélago de poderes fácticos que no se pueden desafiar?

No hay fechas fijas, seguramente, sino procesos, pero hay que desagregar los engranajes del elefante para entender sus mensajes y poderlo desmontar.

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